
Hay nombres que hacen historia antes de pronunciarse. Zohran Kwame Mamdani es uno de ellos. El pasado 1 de enero de 2026, este neoyorquino de 34 años nacido en Kampala se convirtió en el alcalde número 112 de la ciudad de Nueva York. Primer alcalde musulmán. Primer alcalde de ascendencia sudasiática. El más joven en ocupar el cargo en más de un siglo. Y, sobre todo, hijo de uno de los pensadores africanos más importantes de las últimas décadas.
Su padre, Mahmood Mamdani, es profesor en la Universidad de Columbia y una referencia ineludible en los estudios poscoloniales. Sus libros han redefinido cómo entendemos el colonialismo en África y sus consecuencias contemporáneas. Su madre, Mira Nair, es la cineasta india ganadora del Globo de Oro por Monsoon Wedding. Zohran creció entre continentes, entre exilios, entre conversaciones sobre justicia, descolonización y resistencia. En una entrevista con City & State, él mismo reconoció que lo que otros niños recuerdan como tardes de juego, él lo recuerda como marchas y mítines junto a sus padres.
Mahmood Mamdani fue expulsado de Uganda en 1972, cuando Idi Amin ordenó la salida de la población de origen asiático del país. Esa experiencia de desplazamiento, de ser extranjero permanente, de cargar con una identidad que no cabe en las casillas burocráticas, marcó profundamente su obra académica. Y marcó también a su hijo. En su libro más reciente, Slow Poison, publicado por Harvard University Press, el padre analiza cómo los Estados poscoloniales africanos heredaron estructuras diseñadas para fragmentar y controlar. Es difícil no ver en la trayectoria política de Zohran una respuesta práctica a esas preguntas teóricas.

El camino de Mamdani hacia la alcaldía no comenzó en los despachos. Comenzó en la calle, junto a los trabajadores más precarizados de Nueva York. En octubre de 2021, cuando los taxistas de la ciudad llevaban semanas acampados frente al Ayuntamiento reclamando alivio para las deudas aplastantes que habían acumulado tras el colapso del sistema de medallones, Zohran se unió a su huelga de hambre. Durante 15 días no comió. Lo arrestaron por bloquear el tráfico en Broadway. Y ganaron. La ciudad acabó negociando más de 450 millones de dólares en alivio de deuda para los conductores, muchos de ellos inmigrantes del sur de Asia y África occidental. Richard Chow, uno de los taxistas que hizo huelga junto a él y cuyo hermano se suicidó por las deudas, fue quien condujo a Mamdani hasta el Ayuntamiento el día de su toma de posesión. «El hombre puso su vida en la línea por nosotros», declaró Chow a Documented NY. «Yo voy a poner mi vida en la línea por él».
Esa huelga de hambre reveló algo que después definiría su campaña. Mamdani entiende que las luchas de los trabajadores inmigrantes son inseparables de las luchas por la vivienda, el transporte, la sanidad. Su programa electoral lo reflejaba con claridad. Congelación de alquileres para el millón de inquilinos con viviendas de renta estabilizada. Autobuses urbanos gratuitos. Supermercados gestionados por la ciudad para reducir los precios de los alimentos. Cuidado infantil universal. Salario mínimo de 30 dólares para 2030. Todo financiado con subidas de impuestos a las grandes corporaciones y a quienes ganan más de un millón de dólares al año.
Las críticas no tardaron en llegar. Desde sectores del establishment demócrata lo acusaron de radical, de ingenuo, de proponer políticas imposibles de implementar. Andrew Cuomo, el exgobernador que intentó un regreso político presentándose contra él, advirtió de que Nueva York se dirigía por «un camino peligroso». Donald Trump llegó a decir que cualquier judío que votara por Mamdani era «estúpido». Las campañas de desprestigio incluyeron ataques islamófobos que lo calificaban de «terrorista» y cuestionaban su ciudadanía estadounidense.
Mamdani respondió con más de un millón de votos. Ningún candidato a la alcaldía de Nueva York había conseguido tantos desde 1969. La participación juvenil batió récords. Y en su discurso de victoria, citando a Eugene Debs, el histórico líder socialista estadounidense, declaró ante una multitud eufórica en Brooklyn algo que resonó en toda la izquierda del país. «Para aquellos cuyas manos están magulladas de cargar cajas en los almacenes, cuyas palmas están encallecidas por los manillares de las bicicletas de reparto, cuyos nudillos están quemados en las cocinas… estas no son manos a las que se les ha permitido sostener el poder. Hasta ahora».
Hay otro aspecto de Mamdani que resulta especialmente significativo para quienes seguimos las luchas antirracistas desde una perspectiva internacionalista. Su posición sobre Palestina. Mientras la inmensa mayoría de políticos estadounidenses guarda silencio cómplice o repite los argumentos del gobierno israelí, Mamdani ha sido inequívoco. En noviembre de 2023, lanzó otra huelga de hambre, esta vez frente a la Casa Blanca, exigiendo a Biden un alto el fuego en Gaza. Ha calificado las acciones de Israel como «genocidio». Ha declarado públicamente que arrestaría a Benjamin Netanyahu si pisara Nueva York, en cumplimiento de la orden de detención de la Corte Penal Internacional. Y ha revocado las órdenes ejecutivas de su predecesor que prohibían a las agencias municipales criticar a Israel.

Esta postura le ha costado el apoyo de sectores importantes del establishment judío neoyorquino. Más de 1.100 rabinos firmaron una carta declarándolo «un peligro para la comunidad judía». El lobby proisraelí AIPAC invirtió millones en intentar derrotarlo. Y Mamdani no cedió. En un foro organizado por la UJA-Federation de Nueva York, afirmó que apoya el movimiento BDS porque es «consistente con el núcleo de mi política, que es la no violencia». Fundó el capítulo de Estudiantes por la Justicia en Palestina en su universidad, Bowdoin College. Y ha mantenido esa posición a pesar de las presiones, en una ciudad que alberga la mayor comunidad judía fuera de Israel.
Lo que hace diferente a Mamdani de otros políticos progresistas que han acabado absorbidos por el sistema es precisamente esa coherencia. Alexandria Ocasio-Cortez, que lo apoyó en campaña y habló en su toma de posesión, fue criticada por su tibieza sobre Gaza durante la Convención Demócrata de 2024. Bernie Sanders, a quien Mamdani cita como inspiración, acabó respaldando a candidatos del establishment. Mamdani, hasta ahora, ha mantenido la línea. «Fui elegido como socialista democrático», declaró en su discurso de investidura, «y gobernaré como socialista democrático. No abandonaré mis principios por miedo a que me llamen radical».
¿Es esto esperanza o ingenuidad? Gobernar Nueva York implica negociar con Wall Street, con los sindicatos policiales, con Albany, con una maquinaria política que lleva décadas neutralizando a los incómodos. El propio Mamdani ha tenido que hacer concesiones que han irritado a su base más izquierdista, como mantener en el cargo a la comisionada de policía Jessica Tisch, heredera multimillonaria con posiciones duras sobre seguridad. Las tensiones entre el programa transformador y las inercias del poder están ahí, visibles, y solo el tiempo dirá cómo se resuelven.
Para quienes formamos parte de la diáspora africana en contextos donde nuestra presencia política sigue siendo testimonial, la victoria de Mamdani tiene un significado que trasciende las fronteras estadounidenses. Es la demostración de que alguien con su historia, su cara, su nombre, sus posiciones, puede llegar al poder sin esconder quién es. En España, donde el debate sobre la participación política de las comunidades racializadas sigue atrapado entre el paternalismo y la invisibilización, mirar a Nueva York puede servir de algo. Quizás no como modelo a copiar, porque las realidades son muy distintas, pero sí como recordatorio de que las cosas pueden ser de otra manera.
En su juramento, Mamdani posó su mano sobre dos ejemplares del Corán. Uno pertenecía a su abuelo. El otro, un ejemplar de bolsillo del siglo XVIII o XIX, fue prestado por el Centro Schomburg para la Investigación de la Cultura Negra, el archivo más importante sobre la diáspora africana en Estados Unidos. Ese gesto, tan cargado de simbolismo, conectaba su historia personal con la historia colectiva de las comunidades negras y musulmanas que han construido Nueva York desde los márgenes. Bernie Sanders ofició la ceremonia pública. El poeta Cornelius Eady dedicó su lectura «a mis estudiantes trans, queer, extranjeros y de color en la Universidad de Tennessee, para que vean que esto es posible».
La diáspora africana lleva siglos construyendo el mundo desde los márgenes. Zohran Mamdani representa la posibilidad de empezar a gobernarlo. Con todas las contradicciones, con todos los compromisos inevitables, con todas las presiones que vendrán. Porque la política real no es un manifiesto, es una negociación permanente. Lo significativo no es que Mamdani vaya a instaurar el socialismo en Manhattan. Es que alguien con su historia haya llegado hasta ahí sin renunciar a nombrar las cosas por su nombre. Y que lo haya hecho con más de un millón de votos detrás.
Elvira Swartch Lorenzo
Colaboradora Afroféminas
Granada


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