El silencio de Australia ante la violencia contra las mujeres indígenas

Según los datos aportados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en la actualidad un tercio de las mujeres del planeta es víctima de violencia de género, tanto física, como psicológica o sexual. Lo más alarmante de este dato es que el fenómeno no ha disminuido en los últimos diez años. Más allá de eso, se ha exacerbado durante la pandemia. 

Pie de foto de portada: Manifestantes indígenas en una protesta a favor del Black Lives Matter. Foto: James Gourley

De esta situación se han derivado continuas protestas en las calles, alimentadas por la indignación contra esta vejación de derechos contra las féminas. Las mujeres indígenas y las pertenecientes al colectivo LGTBI también han marchado y expresado su condena a estas situaciones alrededor de todo el mundo, ya que empatizan con otras. Pero tal empatía no existe en el caso contrario: frente a las abultadas estadísticas de violencia contra las mujeres aborígenes y sus hijos. 

En Australia, las estadísticas presentadas por el Australian Institute of Health and Welfare (AIHW) exponen que en el país, las mujeres indígenas presentan mayores tasas de violencia familiar que el resto. Sin embargo, esta situación está siendo silenciada. Latoya Aroha Rule, aborigen, maorí y takatāpui –término maorí que se utiliza para designar a las personas que pertenecen al colectivo LGTBI– invita a reflexionar sobre por qué no existe el mismo apoyo para las féminas de otra raza, frente a las blancas: “Imagine si las mujeres blancas rodeasen el Parlamento pidiendo justicia para las negras muertas”.

Raíces coloniales

Esta violencia contra las indígenas viene arraigada desde la historia colonial de Australia, donde se toleraban asesinatos, violaciones y abusos. Las acusaciones, el encubrimiento y el silencio sobre estas cuestiones de género en la actualidad son parte del mismo sistema y la misma falta de consecuencias legales y políticas que ya existía en la antigüedad. 

Antoinette Braybrook, directora ejecutiva de Kuku Yalanji de Djirra, una organización dirigida por indígenas que asiste a mujeres, también indígenas, que han sufrido violencia doméstica comenta que estas tienen 32 veces más probabilidades de ser hospitalizadas como resultado de los abusos en el núcleo familiar. Asimismo, según Better Health, las indígenas tienen cinco veces más probabilidades de morir por homicidio que el resto de las féminas.

Pese a esto, la realidad es que cuando las mujeres aborígenes del Estrecho de Torres –zona australiana donde se asientan– buscan ayuda de las autoridades, a menudo se encuentran con una atención negligente o incluso, más violencia. La académica Chelsea Watego ha alertado, a través de su cuenta de Twitter, sobre la existencia de una multitud de ejemplos de este tipo. 

Además de esta falta de atención pública ante agresiones o incluso, asesinatos, cuando son denunciados por parte del pueblo indígena, la discriminación se extiende a otros ámbitos que afectan tanto a mujeres como a sus familias. Por ejemplo, existen unas altas tasas de encarcelamiento de mujeres: las reclusas índigenas en el estado de Nueva Gales del Sur comprenden casi un tercio del total, pese a que la población perteneciente a esta etnia representa solo un 3% de los habitantes australianos

Necesidad de una respuesta contundente

En el caso de la violencia contra las mujeres indígenas no solo las instituciones gubernamentales hacen oídos sordos, sino también los medios de comunicación. Más allá de denunciar estos actos, han colocado a estas mujeres, en algunas ocasiones, como “merecedoras” de tal abuso. Por ejemplo, la Señora Daley – de origen indígena–, murió desangrada en 2011 en una playa, tras ser sexualmente agredida por dos hombres –no indígenas–. En un titular publicado por el Daily Telegraph rezaba que “el sexo salvaje” la había llevado a la muerte.

Ante este hecho no hubo indignación pública, ni marchas, ni protestas generales. Los pueblos aborígenes tuvieron que limitarse a expresar su dolor a través de las redes sociales. 

Las académicas indígenas Hannah McGlade, Yuin Marlene Longbottom y Bronwyn Carlson –autora del texto original– han publicado una carta abierta en redes sociales denunciando toda esta situación y reclamando la creación nacional de un plan específico sobre la violencia contra las mujeres de esta etnia. Además, piden que exista un consejo nacional aborigen, ya que este tipo de problemas requieren el liderazgo de quienes lo sufren. En palabras de McGlade: “Es hora de que Australia se tome en serio este tema, se quite la venda de los ojos y comience a valorar la vida de las mujeres y niñas aborígenes de este país”.

El cuarto plan de acción del gobierno australiano para reducir la violencia contra las mujeres y sus hijos (2010-2022) afirma que una de sus prioridades es “apoyar a las aborígenes del Estrecho de Torres y a sus descendientes”. Sin embargo, esta priorización sigue sin generar un cambio real. Las indígenas declaran estar agotadas por los esfuerzos para garantizar su propia seguridad y reclaman el apoyo del gobierno para que se hable de violencia de género sin dejarlas fuera de la conversación.


* Este texto está basado en un artículo publicado por Bronwyn Carlson en The Conversation bajo el título: ‘No public outrage, no vigils: Australia’s silence at violence against Indigenous women’


Nerea De Ara


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