Salvadores y salvados: La cooperación como perpetuación del colonialismo

“El único modo de salvar el planeta es devolviendo sus tierras a las personas indígenas”, leí el otro día.

Es en este sentido que es necesario cuestionarse de qué manera, desde los países históricamente colonizadores, estamos perpetuando esa explotación y generando relaciones de dependencia y subordinación desde los países del norte global.

La cooperación al desarrollo es esa fábula cuya moraleja final nadie sabe bien cómo interpretar. A estas alturas, pocos seríamos capaces de afirmar que las personas verdaderamente generosas son aquellas que eligen pertencer a organizaciones cuyos integrantes actúan como misioneros en países empobrecidos a causa de ellos mismos.

Y es por esto que se abre un gran debate (un debate que, personalmente, lleva persiguiéndome toda mi vida) y es el de si la cooperación al desarrollo es una forma más de colonización enmascarada en el “altruismo” que contribuye a perpetuar comportamientos de deshumanización y subordinación hacia los países históricamente colonizados.

Siempre supe que quería dedicarme a la cooperación incluso antes de saber qué era exactamente la cooperación. Crecí convencida de que había un lugar en el mundo en el que las personas necesitaban ser salvadas y desde que empecé a tener uso de razón, casi sin darme cuenta, las empecé a deshumanizar.

Desgraciadamente, a lo largo de mi (corta) experiencia en la Ayuda Humanitaria y la Cooperación me he cruzado con muchas personas que precisamente se alimentan de esa condición y situación de vulnerabilidad de muchas personas para alimentar su propio ego.

He visto como muchas organizaciones presumen de diversidad, incluyendo en sus campañas personas no-blancas o no-europeas, las mismas que después se encuentran con un muro invisible a la hora de, simplemente, acceder a la posibilidad de tener un puesto de trabajo dentro de esas mismas entidades.

He conocido a niños ricos que viajan a campos de refugiades cuando les apetece desconectar de sus ostentosos lujos y “encontrarse a sí mismos” o “valorar lo que tienen”; influencers (véase María Pombo o Daniel Illescas) que se calzan sus mejores outfits colonialistas en tonos tierra y con sombreros de exploradores para utilizar a niños como atrezzo y así hacer más atractivo su feed de Instagram; he visto a personas voluntarias en organizaciones que no son capaces siquiera de ayudar a su vecina a subir la compra.

También he observado como en muchas ocasiones se habla “en nombre” de personas vulnerabilizadas y se utilizan imágenes de estas para elaborar un discurso basado en el asistencialismo y el paternalismo, como se romantiza la pobreza y la miseria de muchas personas y como se identifican, diseñan y ejecutan proyectos de ayuda humanitaria desde Europa sin haber incluído a las personas, supuestamente, “beneficiarias” en el proceso de identificación de los mismos.

No hay duda alguna de que el tan conocido Síndrome del Salvador Blanco (White Saviour Complex en inglés) alimenta esta errónea e injusta construcción del mundo basado en las desigualdades y el racismo, a través de la perpetuación de estereotipos y roles en los cuales la persona blanca se coloca en la posición de generosa, humana y caritativa hacia países empobrecidos a causa de la explotación occidental.

Citando a Desirée Bela, “el salvador blanco es el bueno de la peli” algo que, tal y como la comunicadora explica en su artículo “La cooperación convertida en postureo” para Público.es, “provoca la infantilización de las comunidades racializadas y da a entender que estas son incapaces de resolver sus propios problemas, elevando a las personas blancas a una posición de bondad y legitimidad para “rescatar” a esas personas de su situación.”

Es por esto que la manera de “ayudar” y de, en este caso, cooperar, puede ser un arma de doble filo en tanto en cuanto puede ayudar a la perpetuación del racismo en su máxima potencia.

En este sentido, la organización No White Saviours denuncia en sus redes como “El síndrome del salvador blanco convierte a las personas en proyectos; los Traumas e historias personales en campañas para captar fondos; y a las Communidades y grupos marginados en motivos lucrativos.” 

Así, tal y como añaden “El salvadorismo blanco sostiene sistemas de opresión abordando el SÍNTOMA, en lugar de la raíz del problema. Continúa aprovechando los beneficios de su no-merecido privilegio, poder y protección mientras recibe elogios por el mero hecho de ayudar a personas no-blancas”.

Es por todos estos motivos que resulta indispensable, desde el punto de vista de la cooperación para el desarrollo y de las entidades del tercer sector, realizar un verdadero análisis sobre el por qué y desde dónde actúan y cuál es la finalidad última de estas, así como qué papel juegan en la perpetuación del colonialismo y el racismo.

Cada vez ganan más sentido las propuestas que parten y se basan en la deconstrucción desde una dimensión local, a través de la eliminación de prejuicios y estereotipos y de la sensibilización sobre la importancia de los actos pequeños.

“Piensa global, actúa local”. El cambio real empieza donde termina nuestra amabilidad, nuestra responsabilidad afectiva y nuestra empatía. No podemos viajar miles de kilómetros para “ayudar” y después no hacernos cargo de nuestras propias relaciones, no sólo las que tenemos con nuestros familiares y amigos, sino también, y más importante aún, con aquellas personas que no forman parte de nuestro grupo privilegiado.

Mientras sigamos permitiendo la explotación, por ejemplo, de las mujeres que recogen la fruta en Huelva o la estigmatización de los jornaleros en Lleida durante una pandemia; mientras sigamos conmemorando actos genocidas y sosteniendo nuestros monumentos coloniales; mientras sigamos colocándonos en la posición “dar voz” a ciertos colectivos, como si éstos no la tuvieran; mientras sigamos siendo cómplices silenciosos del racismo institucional, realmente, no podremos hablar de generosidad ni presumir de ser un país desarrollado.

La cooperación me ha enseñado, y me sigue enseñando todos los días, que la búsqueda de tu propia vocación o camino en tu vida jamás debe partir, basarse ni alimentarse del sufrimiento ajeno.

Sin embargo, y en mi defensa, me acogeré a un fragmento de una de mis novelas favoritas, El Jardinero Fiel, que reza: “Es mejor estar dentro del sistema, y luchar contra él, que fuera de éste clamando contra él”.


Clara E. Mengual

Periodista especializada en Estudios Migratorios y Género. Lucho por un periodismo antirracista, interseccional y feminista. Instagram: @claraemengual /Blog https://claraemengual.com/


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