Nuestro mayor acto de violencia es existir

©Ayana V Jackson

Hace varios meses fui invitada a participar en un encuentro feminista que llevaba por nombre “Encuentro de mujeres diversas” en  Caracas-Venezuela. Me solicitaron ser moderadora de 3 mesas. Dos de ellas sobre temática afro y la otra sobre trabajadoras sexuales. En ese espacio de mujeres diversas la historia no tardo en repetirse, en las mesas de mujeres afro, estábamos ahí al rededor de 11 mujeres todas negras, eramos solo nosotras, mujeres negras hablando sobre las cosas que no pasan a las negras. 

La verdad e que yo eso siempre lo he celebrado porque somos un sector de la población tan históricamente marginado y jodido que muchas veces hasta vergüenza nos da juntarnos entre nosotras. Recuerdo que en la escuela, mientras mas aceptación de las niñas de piel clara tuviera, mejor me sentía. También recuerdo las palabras de una militante del movimiento afrovenezolano, dijo al como así: “a la gente no le gusta ir a lugares feos, no le gusta estar relacionada con lo malo con lo feo, algo así pasa muchas veces cuando queremos juntar a la gente negra, porque para esta sociedad lo negro es todo eso y mucho más”.

Lo curioso de todo esto (por no usar una palabra terrible) es que las mujeres blancas y mestizas no vinieron. No vinieron a escuchar lo que muchas de nosotras teníamos que decir acerca de como sus feminismos nos violentan e invisibilizan una y otra vez. Fuimos alrededor de 250 y ellas simplemente eligieron otros espacios y entre pasillos se escucharon varios comentarios sobre el porque habían decidido no ir: “yo no voy a los espacios de las negras porque ellas siempre nos violentan” . Esas palabras 4 meses después siguen retumbando en mis oídos.

Es precisamente la violencia, una de las etiquetas más fuertes aplicadas sobre la población negra en el mundo. Solo toca hacer click entre las imágenes guardadas en nuestros cerebros y ver una película de Hollywood donde siempre, siempre los ladrones son los negros, los que matan, o la imagen de una mujer negra que tira de los pelos a una inocente mujer blanca. Podemos salir de la tv y el cine y encontrar escenas de la vida cotidiana, donde la policía siempre detiene primero al negro, donde la gente cruza la calle o esconde sus pertenencias ante la presencia de un amenazante y violento negro.

Yo, al hacer este ejercicio me conecto con mi historia de vida en la que la gente de la costa venezolana (población de la que provengo) siempre es referenciada con la violencia de una o otra manera. Me conecto con la cantidad de veces que he tenido que gritarle al vigilante de una farmacia o un supermercado que me sigue por todo el establecimiento porque mi sola presencia les resulta peligrosa. También recuerdo la cantidad de veces que varias de esas feministas que organizaron el evento, me dijeron cosas como esta: “si toca pelear, ponemos a la negra en el frente” “hay que resolver un problema, que hable la negra para que todo el mundo se calle”.

Ahora bien, mi intención no era girar este escrito en torno a la palabra “violencia”. Mi intención al escribir esto, un día antes del tan esperado y nombrado 8 de marzo, es poner sobre la mesa el racismo estructural consciente e inconsciente que encarna la humanidad. Intento poner entre lineas la dimensión de un problema, un mal, que padecemos millones en el mundo por el simple hecho de habitar corporalidades de piel negra.

NUESTRO MAYOR ACTO DE VIOLENCIA ES EXISTIR

Nuestras cuerpas les molestan, les perturban.

Nuestro cabello les irradia y como pueden tenerlo lo maltratan, lo niegan.

Nuestras caderas les excitan y como no pueden tenerlas se ponen prótesis y silicona para igualarlas.

Nuestros labios les parecen demasiado grandes y como no pueden tenerlos inyectan los suyos.

Nuestra pieles les parecen demasiado oscuras y al no tenerlas pues brocean las suyas.

Nuestra inteligencia les abruma y como no pueden tenerla no las roban y la hacen suya.

Nuestros bailes les llevan a otras dimensiones y por eso nos imitan, hacen Twerking jaja.

Nuestra música es magia y ustedes la imitan.

Nuestras voces les aturden e intentan silenciarnos.

Nuestras vidas les molestan y llevan mas de 500 años intentando exterminarnos.

Nuestro mayor acto de violencia es existir y es por eso que nos atacan permanentemente, el movimiento feminista negro (me sigo debatiendo si deberíamos asumirnos feministas o  simplemente dejarlas con su nombre y practicas de mierda a un lado de nuestras vidas) viene en crecimiento y las feministas blancas y otras no tan blancas que viven y se asumen como tal, parecieran estar perturbadas. Otras simplemente juegan a lo políticamente correcto y leen teorías decoloniales e invitan cada tanto a una negra a sus espacios para quedar bien.

El movimiento feminista venezolano está permeado por la teoría eurocentrista de Simone de Beauvoir y otras blancas, aun cuando somos un país ampliamente negro, las mujeres negras seguimos siendo para ellas una cuota para la foto y lo políticamente correcto, o simplemente no existimos.

Voy a terminar contando otro de los tantos actos racistas a los que me he enfrentado por parte de las feministas. Hace un par de meses, pasado el encuentro, había una discusión vía facebook, respecto al presidente de Venezuela, en dicha discusión una feminista respondía a uno de mis comentarios con la siguiente frase: “tu argumento no es legitimo, pero como eres negra lo usas para validarte”

Pregunto y me despido

¿Puede alguien ser tan ciegx, sordx, para asumir que ser negrx en una sociedad tan terriblemente racista te da algún tipo de privilegio?

¿Sera eso humanamente en la sociedad que vivimos?

En serio, ¿son incapaces de ver/sentir aunque sea un poquito lo que significa habitar estos cuerpos?


Francis Nareisy Monterola López

Soy oriunda de la costa central venezolana de un lugar maravilloso que lleva por nombre Barlovento, que en sus tierras y aguas alberga la mayor concentración de pueblo negro del país. Tengo 26 años, soy lesbiana y actualmente me debato si asumirme feminista o no. Me considero una militante de la vida, de la resistencia con mi cuerpo y con mi cabello.

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