La fetichización de la mujer negra

©Michael Brandt ’17

La cotidianidad de una persona al margen de lo considerado “normal” puede ser radicalmente distinta a la que es retratada en películas del sueño americano o incluso de la vida pacífica y tranquila en pueblos de España, Italia o Francia. En el contexto latinoamericano hablar de desigualdad es tan común que ya se ha convertido en un fenómeno normalizado por la sociedad. Se proponen discusiones en torno al tema pero termina convirtiéndose en una borda de personas a quienes les parece que los grupos marginados  siempre “están muy enfadados” o peor, que estos “se lo buscaron”.

Cuando se habla de la comunidad negra en Latinoamérica y específicamente en Colombia, se encuentra un panorama triste; las percepciones europeas consideran atractivo el continente Suramericano por su variedad de colores, sabores, olores y por supuesto por su diversidad racial. Esto claro tiene su mirada positiva y otra negativa, pero el punto focal aquí es comprender cómo otros parecen apreciar lo que los mismos Latinoamericanos se han encargado de borrar, tachar y pretender que no es “de ellos”. Hablo por supuesto de la falta de representación errónea de la comunidad negra, una imagen sobre-producida a base de mediocres estereotipos y por supuesto, llena de fetiches.

Esta caracterización fetichista de la raza negra y en especial de la mujer negra (gracias a la latente discriminación de género la cual es vigente y entre minorías y comunidades étnicas está tan presente), tiene su origen desde la época de la colonización. Cuando la ideología católica llegó al continente africano hubo una primera impresión de una comunidad llena de hombres y mujeres “calientes”, excitados en el sentido sexual de la palabra; y ¿por qué? La razón radica en la poca cantidad de ropa utilizada por los nativos debido a las altas temperaturas y por supuesto, a la mirada tan distinta que tenía los colonos ingleses y franceses sobre el cuerpo, comparada con la de los nativos africanos. Los africanos eran espirituales, su cotidianidad estaba regida bajo rituales, conexión con la naturaleza y su entorno; estas características por supuesto no son reconocidas por la comunidad blanca, ni mucho menos por la blanco-mestiza; se considera aún que las tribus africanas son violentas, caníbales e ignorantes. La ironía radica en donde se encontraba la verdadera ignorancia…

“Cómo baila de bien la negrita”

La raza negra siempre ha sido relacionada a la música, el baile y la celebración, esto por el contexto cultural y religioso por el cual la cultura africana se expresa. En Colombia pasa algo muy similar; los y las negras son vinculadas a la música y al baile como parte de su identidad, al ser una expresión genuina de cada persona negra. Desde la percepción externa y específicamente blanco-mestiza en Colombia, las personas atribuyen a las mujeres negras como buenas bailarinas, con buen cuerpo y buen ritmo; esto puede aludir a una característica favorecedora si así se le puede llamar, pero también actúa como una generalización que termina convirtiéndose en un fetiche. Si la mujer es negra pero no baila bien, entonces no es negra, diría un(a) blanco(a) mestizo(a). La otra percepción es directamente relacionada a la de la superioridad mencionada anteriormente. Y es que para la sociedad blanca, el “mundo negro” es considerado primitivo y subdesarrollado. Es decir como una muy común frase que escuché alguna vez en donde vilmente afirmaban: “Es que la negrita es buena para bailar y que rica se ve, pero nada más… esa gente no estudia pa’ eso”.

Wade (1997) no sólo plantea el baile y la música como índoles que conforman la identidad negra, sino también desde el punto político y económico, como una forma de resistencia frente a la dominación blanca. Este es un aspecto importante de resaltar: la resistencia de las minorías frente a las corrientes del poder social que intentan controlarlos. Un ejemplo interesante radica en el feminismo. Cuando las mujeres comenzaron a alzar su voz y destacar lo erróneo que estaba (o está) la sociedad en cuanto al rol de las mujeres y de los propios hombres, hablaron un poco desde su perspectiva blanca y desde sus contextos sociales, dejando un poco al margen a las mujeres de otras etnias que no se posicionaban con las mismas problemáticas pero sí buscaban una solución. Frente a esto surgió una corriente de mujeres que vale la pena resaltar como Rosa Parks, Maya Angelou, la mismísima Nina Simone y por supuesto Chimamanda Ngozi Adichie quien dice en su libro  Todos deberíamos ser feministas: «Los estereotipos limitan nuestro pensamiento y le dan forma, particularmente los estereotipos sobre África. Me da la impresión que la palabra “feminista” y la idea en si del feminismo, también se ven constreñidas por los estereotipos.»

Siendo de una ancestralidad africana y reconociéndome orgullosamente como negra y afrobogotana, he percibido cómo la comunidad puede abordar los estereotipos de dos maneras: la primera, apropiándose de ellos e ignorando los comentarios molestos y sin ninguna base teórica fundamental; como diría Beyoncé, “Bow down, bitches”. La segunda es tomarlo un poco más personal, sentirse ofendido y expresarlo, o elegir no hacerlo; la cuestión radica en que el sujeto se presenta mucho más incómodo e impreciso. Los estereotipos y los que caen en la estereotipización fetichista como se habla en este caso, pueden rozar la deshumanización. Las negras podemos sentirnos como un amuleto sexual más, uno que sólo sirve para una cosa: el sexo.

Esta situación también se habla desde los discursos expresados por muchas activistas negras, especialmente en EEUU. Comentan cómo se les ha dificultado establecer una relación amorosa real, afectiva y retrolimentativa gracias a la percepción de hombres blancos, blanco-mestizos y hasta de mismos negros quienes solo las ven como “la del ratico y ya”. Esto es una connotación muy fuerte; la mujer negra se ha presentado desde los medios y hasta en la industria cinematográfica como una presencia “exótica” que brindará un asombroso desempeño sexual pero no es adecuada para establecer un lazo formal porque los comentarios exteriores no lo aprobarán. Esto se puede ejemplificar fácilmente cuando  un reggeatonero, muy reconocido a nivel mundial, dijo sobre la cantante de Barbados, Rihanna que: “No es una mujer para casarse, solo para pasar un buen rato”.

La superioridad blanca frente a la “exótica” negra

En el libro Le prochain et le Lointain (Lo siguiente y lo lejano) del sociólogo y antropólogo francés Roger Bastide, se presentan las relaciones de poder explícitas en el encuentro del colono blanco con la mujer negra; “Bastide sugiere que los encuentros sexuales interrelaciales no se dan a menudo dentro del respeto y la igualdad de los sexos sino a partir de estereotipos sobre las mujeres negras como objetos de placer y presas fáciles para los hombres blancos y de los varones negros como virilmente superiores a los blancos.” (Citado por Viveros, M, 2000). Este análisis expone el fenómeno de superioridad que siempre ha mostrado la raza blanca frente a las demás.

También lo expresa muy bien Viveros (2000) cuando habla de la relación de los hombres con las mujeres del interior vs con mujeres de otras etnicidades:Para muchos, el proceso de movilidad social ascendente pasa por distintas estrategias individuales que incluyen las alianzas matrimoniales con cónyuges que aporten una situación superior, ya sea monetaria o de prestigio, por tener por ejemplo una coloración de piel más clara.” Después del testimonio de un entrevistado blanco mestizo en donde afirma que “piensa en la familia”, la autora reflexiona diciendo: “Aunque en este comentario nunca se habla de color de la piel, la referencia a las mujeres “de acá de Bogotá”, lleva implícita la alusión a su color blanco o blancomestizo. Esta declaración suscitó en los otros entrevistados una fuerte reacción pues consideraban que el único móvil para unirse con alguien era la posibilidad de ser felices y no la situación económica o el estatus del cónyuge.”

Retomando un poco las temáticas de relaciones de poder, el discurso de “tener a la mujer negra” es muy fuerte. “En ciertas ocasiones la voluntad de “poseer” una mujer no es sólo la manifestación de una atracción sexual sino también el deseo de expresar su superioridad sobre ella, máxime cuando por razones raciales o de clase social es una mujer “prohibida”; como lo dice uno de los entrevistados justificando por qué los hombres se jactan entre ellos de sus conquistas amorosas” (Viveros, M, 2000)

La educación, siempre la salida

Otro reconocimiento muy importante debe ser para Mara Viveros (2000) con su libro Dionisios negros: Estereotipos sexuales y orden racial en Colombia, en donde a través de una serie de entrevistas, demuestra cómo para muchas jóvenes negras la educación es la salida a los estereotipos, el desmérito y una entrada al progreso y posteriormente a un reconocimiento social que vaya más allá que una buena bailarina. Una de las entrevistadas dice: “La parte sexual no creo que le dé prestigio a una persona porque yo creo que la persona se da su prestigio y se hace respetar es por su personalidad y por su capacidad intelectual. En la vida eso [de la sexualidad y el baile] no es tan positivo. En la parte de la recreación, en el folklore eso puede ser bueno, pero en la parte de formación, que necesito formarme como un buen ciudadano, buscar un buen estatus, mirándolo desde ese punto de vista, el sexo no da prestigio para nada, porque no deja de ser simple folklore. […] uno tiene que prepararse intelectualmente para conseguir un buen estatus y buen prestigio”

Estas panópticas provienen de un contexto social de regiones aisladas del país. En ellas la percepción cambia muy poco; de pronto el cuento del afrofeminismo no es tan importante porque les importa más averiguar con qué van a comer o cómo van a irse a la escuela que les queda a más de 5 kilómetros y no tienen medio de trasporte.  Es importante resaltar cómo estas personas también reconocen una brecha de desigualdad y unas construcciones de estereotipos que, directa o indirectamente, les han afectado.

Una reflexión

Manipular el estereotipo fetichista de orden socio-racial hacia la mujer negra puede resultar favorecedor, se puede adoptar la postura indiferente o “importaculista”, pero no es la invitación de este texto. Las corrientes filosóficas desde las que se funda el feminismo invitan a repensar nuestros roles sociales; la mujer blanca siempre ha sido sinónimo de vulnerabilidad, en cambio, la mujer negra es la fuerte, la brava, la que está buena y puede llegar a ser considerada “linda para ser negra”; es ahí donde surgen las acciones de resistencia y rechazo desde los gremios afrofeministas hacia toda comunidad que represente esas prácticas violentas.

El problema no es la música, el baile o el erotismo inmerso en él, porque de por sí, el cuerpo es erótico. La cuestión va más allá. En Colombia, regiones del interior del país deben repensar el contexto desde el que se está abordando a las mujeres negras, los fetiches sólo deshumanizan, condenan y enfadan a quienes los padecen. La sociedad llena de estigmatización es un veneno que mueve las políticas del poder social sin darnos cuenta, solo maleables y manipulables desde ellas. Para crearnos un progreso real es importante abrir la mesa de discusión pero aceptando la violencia hacia las mujeres negras como un crimen de alta gravedad. Desde las instituciones, colegios, universidades, escuelas, empresas, etc; la forma de expresión hacia mi comunidad debe cambiarse.


Samara Hudgson Llanos

Escritora y artista. Apasionada por la música y el arte. Bogotá, Colombia

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Un comentario

  1. Hola Samara!
    He vivido en mi gran mayoría en un entorno de raza blanca no por elección, me ha tocado vivir todo eso que describes…no me gusta el baile ni mucha de la música de “negra” no porque rechace mi raza sino porque no fue el entorno en donde crecí; entonces llegan los cuestionamientos de que por ser negra debo bailar “rico” salsa o por ser negra soy “mal hablada” o “mal vestida” o debo vivir en barrios populares, etc eso sin añadir que fui usada por un hombre para calmar su fetiche de “acostado con una negra”. También tuve un novio rolo y nunca supe si mi raza lo limitaba a no tomarme en serio o simplemente se sentía como el macho por “dominar” a una negra.
    No sé, he creado un cerco de silencio con respecto a estos temas, primero por lo que dices optó por: “ignorando los comentarios molestos y sin ninguna base teórica fundamental…” también por el mismo hecho de que a pocos les importa escucharte expresar lo que has vivido por ser vista como fetiche. Para terminar una vez hablé con un socióloga en Bogotá profesora de una Universidad y ella me decía que ya no había racismo en Colombia, el querer negar una realidad es querer invisibilizar nuestro origen.
    Un abrazo desde Cali!

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