
La primera vez que entendí que el sector del desarrollo no cree lo que dice sobre el conocimiento generado sobre el terreno, estaba en una sala en Harare observando a un consultor presentar un marco de sostenibilidad financiera a una responsable de programa que llevaba siete años dirigiendo uno. Al consultor se le había encargado diseñar lo que la responsable de programa ya había construido. Ella intentó explicarlo. Él le agradeció su perspectiva y siguió adelante.
Vale la pena detenerse en la palabra perspectiva. Reconoce sin legitimar. Perspectiva es lo que tienes cuando no has producido conocimiento; es lo que te otorga un asiento en la sala y garantiza que no hables desde el frente. Ese intercambio, y cientos como él en todo el continente, es lo que el filósofo beninés Paulin Hountondji denominó extraversión, la producción intelectual africana orientada hacia fuera, hacia marcos y sistemas de validación situados en otro lugar, mientras el conocimiento que existe realmente en las instituciones africanas viaja hacia fuera como materia prima y regresa, si regresa, como experiencia producida por alguien con las credenciales adecuadas.
Las consecuencias prácticas de este arreglo son concretas. Tres organizaciones que trabajaban de manera independiente en Kenia, Zambia y Nigeria desarrollaron cada una la misma solución al mismo problema, las mujeres no podían participar en los programas si la participación les costaba tiempo generador de ingresos. Las tres diseñaron sistemas rotativos donde se compensaba a las mujeres por asistir. Las tres tenían evidencia. Ninguna había oído hablar de las otras. Cuando profesionales de tres países llegan a la misma respuesta mediante el mismo razonamiento sin ningún contacto entre ellas, están ejerciendo una práctica metódica, observan condiciones, prueban respuestas y documentan qué funciona y qué no. Como son profesionales, en su mayoría mujeres que trabajan en organizaciones con pocos recursos y sin afiliaciones institucionales, lo que producen se archiva como experiencia en lugar de conocimiento. Esa distinción importa enormemente porque determina qué se financia, qué se cita y sobre qué se construye.
El trabajo académico de la nigeriana Prof. Oyeronke Oyewumi sobre cómo la epistemología occidental se organizó alrededor de la visión, de lo que puede verse, medirse y codificarse, ayuda a explicar por qué esto ocurre con tanta consistencia. Un sistema de conocimiento que reconoce el conocimiento por su forma no puede ver el conocimiento que existe en la práctica, en la relación, en la inteligencia acumulada de organizaciones que han pasado años descifrando qué funciona realmente en comunidades específicas bajo condiciones específicas. No es que el conocimiento de las profesionales sea invisible. Es que los instrumentos para reconocer el conocimiento no fueron diseñados para encontrarlo.

El sector de la equidad de género representa el reconocimiento con entusiasmo. Las conferencias incluyen una voz del terreno. Las solicitudes de financiación exigen participación comunitaria. Los proyectos de investigación prometen centrar las voces marginadas. Luego el dinero va hacia las personas que centran esas voces, no hacia las personas cuyas voces son centradas. La Prof. Amina Mama, destacada académica, investigadora y activista feminista nigeriano-británica, al escribir sobre las condiciones en las que se produce y circula la erudición feminista africana, observó que el conocimiento situado, relacional y específico al contexto se trata como menos riguroso precisamente por esas cualidades, las mismas cualidades que lo hacen útil. El sector ha absorbido esa lógica por completo, razón por la cual financia de manera constante la extracción y el análisis del conocimiento de las profesionales en lugar de los sistemas que las profesionales necesitan para documentarlo y desarrollarlo ellas mismas.
El año pasado, diecinueve organizaciones de siete países africanos participaron en un proceso de documentación entre pares a través de la red con la que trabajo. Escribieron sobre lo que funcionaba en su programación para compartirlo entre ellas, no para financiadores ni evaluadoras, dirigido a colegas que enfrentaban problemas idénticos en contextos similares. Cuando escribes para alguien que comparte tus condiciones, las preguntas cambian. Dejas de describir qué funcionó y empiezas a explicar por qué funcionó en esta comunidad y no en aquella, qué intentaste que falló, y qué tiene que ser ya cierto para que un enfoque particular arraigue.
Lo que resultó fueron marcos elaborados por profesionales con una profundidad analítica genuina. Un patrón emergió de manera consistente, la apropiación comunitaria predice la supervivencia organizacional mejor que los niveles de financiación. Las organizaciones que siguen funcionando diez años después no son las mejor financiadas. Son aquellas que las comunidades tratan como propias, algo que se manifiesta en estructuras de gobernanza que otorgan a los miembros de la comunidad poder real de decisión, en modelos financieros donde las comunidades aportan recursos, y en transiciones de liderazgo que funcionan porque las fundadoras han construido sistemas en lugar de seguidores personales. Ese es un hallazgo. Surgió de una observación rigurosa entre contextos con especificidad sobre mecanismos y condiciones. No será citado en la literatura que da forma a las decisiones de los financiadores, porque fue producido por profesionales en lugar de procesado por una institución que sabe cómo volver legible el conocimiento para las personas que controlan los recursos.

La académica sudafricana Pumla Gqola ha escrito sobre cómo el conocimiento de las mujeres negras se posiciona como suplementario, como el contexto para el argumento de otra persona, la textura que vuelve legible la investigación, nunca el argumento en sí mismo. El sector de la equidad de género ha institucionalizado ese posicionamiento. Ha construido toda una arquitectura de financiación alrededor de él, con un linaje tan largo que Hountondji ya lo diagnosticaba en los años setenta y Arjun Appadurai nombraba su lógica estructural en los años noventa. La crítica no es nueva. Lo notable es cuán completamente el sector representa el desacuerdo con ella mientras la reproduce en cada ciclo de financiación.
Los cambios prácticos no son técnicamente complicados. Financiar a las profesionales para que documenten su propio trabajo. Desarrollar procesos de revisión que evalúen la escritura de las profesionales en sus propios términos, no por su proximidad a instituciones académicas. Encargar la investigación a organizaciones insertadas en las comunidades, no a instituciones que visitan esas comunidades para recolectar su material. Nada de eso ocurrirá solo con deseo, porque cada uno de esos cambios exige que las instituciones cuya autoridad descansa en controlar qué cuenta como conocimiento acepten una redistribución de esa autoridad. Esa es la pregunta estructural que el sector no ha encontrado la manera de formular con honestidad, no cómo incluir más voces sobre el terreno, la pregunta real es quién se beneficia de asegurar que esas voces nunca produzcan nada tratado como autoritativo, y qué le costaría realmente a ese sector dejar de hacerlo.
Este texto fue publicado originalmente en African Feminism (AF).

Vimbai Lole
dirige asuntos públicos y comunicación en la Alliance for Women and Girls (AFWAG), donde dedica buena parte de su tiempo a pensar qué se pierde cuando el conocimiento permanece informal y qué se vuelve posible cuando se trata a las profesionales como las expertas que ya son. Para ella, el feminismo trata de quién tiene permiso para saber las cosas y de qué saber cuenta como conocimiento. Vive en Harare.

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