En diciembre de 1890, en pleno invierno de Dakota del Sur, un destacamento de la Séptima Caballería de los Estados Unidos rodeó un campamento de lakota siux en las orillas del arroyo Wounded Knee. Spotted Elk, el líder de una banda de aproximadamente 350 lakota siux, llevaba a su gente hacia un lugar de refugio llamado Pine Ridge cuando fueron interceptados y desviados hasta ese campamento. Al amanecer siguiente, los soldados instalaron cuatro cañones alrededor del perímetro y entraron a confiscar las armas. Un joven siux se resistió, otros guerreros se sumaron, y lo que siguió fue breve y catastrófico. Las mujeres y los niños que huyeron a lo largo del lecho helado del arroyo fueron perseguidos por jinetes de la caballería y asesinados. Murieron más de 150 personas. El Estado declaró la victoria. Y durante décadas, la historia dominante decidió que esa masacre era también el fin de la civilización nativa americana.

Esa narrativa, instalada en el imaginario colectivo estadounidense como verdad incuestionable, es exactamente lo que David Treuer se propone desmantelar en El latido de Wounded Knee. La Norteamérica indígena de 1890 al presente (Capitán Swing, 2026), un libro monumental de casi 700 páginas que acaba de publicarse en castellano con traducción de Tomás Fernández Aúz.
Treuer es escritor, crítico y académico ojibwe de la Reserva del Lago Leech, en Minnesota. Creció allí, estudió en Princeton, tiene un doctorado en Antropología y es actualmente profesor de Literatura en la Universidad del Sur de California. Treuer escribe desde la experiencia de haber vivido una historia que también es la suya. Y eso cambia todo.
El punto de partida es un libro anterior: Bury My Heart at Wounded Knee, publicado en 1970 por Dee Brown, un historiador no nativo cuya obra vendió millones de ejemplares y fijó en la conciencia popular la idea de que la cultura y la civilización indígenas fueron destruidas a finales del siglo XIX. Treuer leyó ese libro cuando estudiaba en la universidad, en los años noventa, y se quedó consternado por la imagen que ofrecía de las reservas indígenas como lugares desolados, sin esperanza ni dignidad. Concibió entonces su propio libro como una contranarración: «He intentado captarnos no en el acto de morir, sino en el acto radical de vivir».
El latido de Wounded Knee no es una historia de víctimas. Es una historia de supervivencia, adaptación, resistencia legal y política, reinvención cultural y continuidad. Treuer fusiona historia, reportaje y memoria personal para trazar las culturas tribales desde los primeros contactos con los colonizadores europeos, y explorar cómo cada era de destrucción generó también nuevas formas de sobrevivir. Las confiscaciones de tierras dieron lugar a estrategias jurídicas cada vez más sofisticadas. Los internados de asimilación forzosa —donde el Estado arrancó a miles de niños nativos de sus familias para borrarles la lengua y la identidad— produjeron, paradójicamente, una identidad nativa unificada que trascendía las fronteras tribales. La conscripción militar y la migración urbana llevaron a los indígenas al corazón de la vida norteamericana moderna, incluso mientras moldeaban las formas emergentes de autogobierno y daban forma a una nueva generación de resistencia.

Es una historia de resiliencia y renacimiento cultural, económico y político en las comunidades nativas, capaz de resultar reveladora para cualquier lector no indígena. Un retrato informado, conmovedor y caleidoscópico de la supervivencia, la adaptabilidad y el orgullo indígenos, donde pocas obras habían intentado una visión tan abarcadora de la historia nativa americana en un solo volumen. Capítulo tras capítulo, el libro desmonta un mito tras otro.
Lo que Treuer hace con rigor y con rabia —y también con belleza— es devolver complejidad a una historia que el relato dominante había reducido a cenizas. Los pueblos nativos americanos no desaparecieron en 1890. Siguieron existiendo bajo políticas sistemáticas de eliminación: despojo de tierras, prohibición de lenguas, destrucción de estructuras de gobierno propias, esterilizaciones forzosas documentadas hasta los años setenta del siglo XX. Y aun así, siguieron. El libro recorre ese siglo largo con una combinación de historia académica, crónica periodística y testimonio personal, incluyendo entrevistas con nativos contemporáneos cuyas vidas contradicen en cada página la idea del «indio desaparecido».


Un episodio que el libro recupera con especial fuerza es el de la ocupación de Wounded Knee en 1973, cuando miembros del Movimiento Indio Americano (AIM) tomaron el pueblo durante 71 días para exigir el cumplimiento de los tratados históricos y denunciar las condiciones de vida en las reservas. Fue un acto político de primer orden que la historia oficial norteamericana minimizó sistemáticamente, y que Treuer restituye como lo que fue: una demostración de que la resistencia nativa no había terminado en 1890, ni en 1934, ni en ningún otro momento en que el Estado creyó haberla extinguido.
El libro también examina fenómenos menos explorados, como el impacto de los casinos en las reservas —una fuente de ingresos que ha transformado de forma desigual la economía de algunas comunidades— o el papel de la tecnología y las redes digitales en la articulación de una identidad y una política indígena contemporánea. Treuer no romantiza. Reconoce las contradicciones, las desigualdades internas, los efectos del alcoholismo y la pobreza estructural.
La contranarración de Treuer está destinada a perdurar al menos tanto como el clásico de Brown. Y hay algo profundamente político en esa ambición. Reescribir la historia de un pueblo desde dentro, desde la pertenencia y no desde la compasión externa, es un acto que quienes trabajamos en medios antirracistas reconocemos de inmediato. Es lo que diferencia el testimonio de la representación. Es lo que separa una historia contada desde la comunidad de una historia contada sobre ella.
El latido de Wounded Knee llega al castellano en un momento en que los debates sobre memoria histórica colonial, soberanía indígena y racismo estructural atraviesan no solo los Estados Unidos sino buena parte del mundo. Leerlo es entender que la historia de los pueblos originarios de América no es un pasado cerrado. Es un presente, con voces propias, con luchas en marcha y con un latido que nadie logró detener.
Tania Castro
Historiadora
Santander (España)


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