
Hace tres años, hablaba con un amigo con el que por circunstancias de la vida ya no tengo contacto, cuando me soltó un comentario, sin maldad alguna, acerca de que casi todos mis personajes favoritos eran mujeres rubias. Hablábamos de Mía Colucci (Anahí), personaje de la famosa telenovela Rebelde, pero también de Cassie Howard (Sydney Sweeney), de la serie Euphoria, Teté (Natalia Sánchez) de Los Serrano, y otras muchas de mi abanico.
Sé que no lo hizo con mala intención, pero hubo algo en aquella conversación que me dejó pensativa, casi extraña y un poco insegura. A decir verdad, nunca me había parado a pensar en ello… hasta ese momento. Recuerdo tener una mezcla de sentimientos encontrados que no supe identificar. Entre esas emociones había una culpa desmedida, así que me pregunté a mí misma si había algo mal en mí. Si estaba tratando de ser blanca, si mis gustos eran una traición a mis ancestros.
O simplemente, casualidad.
Todo esto me atravesó como un rayo fulminante, porque nadie mejor que yo sabe lo mucho que admiro a las mujeres negras: su valor, su coraje, su belleza. Empezando por mi madre, una mujer fuerte que no necesita el permiso de nadie para comerse el mundo. Precisamente, esa fortaleza fue el principio de un entendimiento que llegaría más adelante. Ya que después de darle mil vueltas a este asunto, me di cuenta de que mis personajes favoritos tenían algo en común. No era el hecho de que fueran blancas y rubias, es que todas se habían construido en base al arquetipo de mujer dulce, soñadora, enamoradiza, un poco frívola y superficial.

A partir de ahí, mi conflicto comenzó a arrojar luz y a tener un sentido que nada tenía que ver con aspirar a tener una piel más clara. A lo largo de mi vida, no había conocido ninguna ficción que tuviese entre sus protagonistas a una mujer negra (o mestiza) con esos rasgos de personalidad descritos. A excepción del personaje de Hillary Banks (Karin Parsons), de la serie El Príncipe de Bel Air, representativa de todo lo que yo me sentía.
Para quienes no hayan visto El Príncipe de Bel Air, fue una sitcom basada en una familia afroamericana de clase alta en los noventa. Por su parte, Hillary era la hermana mayor de la familia Banks y prima de Will, el protagonista (Will Smith). Y a pesar de que la serie estaba escrita desde el registro humorístico y las risas enlatadas, Hillary destacaba por algo que, visto por la Lisa adulta, y muy en parte por la Lisa de ocho años, resultaba revolucionario. Mientras la familia lidiaba con sus dilemas éticos y personales, Hillary buscaba el modelito perfecto para cada ocasión.
Podemos decir pues, que su personaje es la antítesis de ese pequeño molde narrativo que la industria cinematográfica estadounidense ha reservado para la feminidad negra. Un molde estrecho y diminuto. Un molde en el que solo caben mujeres fuertes, sensatas… o vulgares. Como si no admitiese términos neutros. O somos implacables o somos escritas para entrar en escena gritando: “Eh tú, ¡aparta tu culo blanco de aquí!”.
Lo que vengo a decir con todo esto, es que durante años, mis personajes favoritos han tenido que ser, a marchas forzadas, mujeres rubias. La ausencia de otras Hillarys como espejo donde reconocerme, me ha hecho llenar ese vacío de la única forma que sabía: buscando en otras pieles la libertad de ser torpe, coqueta, soñadora… En cualquier caso, ¿a quién puñetas le importa si llevo Una rubia muy legal en las profundidades de mi alma? El privilegio de la superficialidad y la dulzura también es negro. Y si no, siempre me quedará Hillary Banks, con su pamela en la cabeza, para recordarme que la estética soft cute no es patrimonio de nadie.

Lisa Burches
Graduada en Comunicación Audiovisual por la UOC

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