
Durante años guardé silencio. Observé, escuché y procesé antes de atreverme a poner en palabras algo que incomoda, algo que muchos prefieren evitar o simplificar con etiquetas rápidas.
En el pasado, cuando señalé que dentro de ciertas comunidades —como las afrodescendientes o norteafricanas— existen realidades de discriminación hacia las mujeres, la respuesta no fue diálogo. Vino la acusación de racismo, traición, de «pensar como una blanca». Es más fácil desacreditar a quien habla que enfrentar lo que se está diciendo.
Siento que es momento de hablar. Desde la responsabilidad, no desde el ataque. Desde la preocupación por quienes muchas veces no tienen voz o cuya voz es constantemente cuestionada, no desde el prejuicio.
Es importante hablar de las niñas que sueñan más allá de los límites que se les imponen, de las jóvenes que cuestionan normas que las encorsetan, de las mujeres que deciden marcharse y dejarlo todo atrás en busca de libertad, autonomía y reconocimiento como individuos plenos.
También es importante enunciar algo incómodo y real. No conozco ni un solo caso de una mujer que haya roto lazos con su familia o desligado de su religión y haya recibido apoyo de su propia comunidad. Esto revela que el coste de elegir la libertad puede ser el aislamiento, el rechazo o la incomprensión.
En ese camino, muchas enfrentan silencio impuesto, presión social, miedo a ser señaladas e incluso hostilidad de quienes intentan desacreditarlas o reducir sus experiencias a «excepciones» o «malentendidos».
Quiero dejar algo claro. No hablo desde la derecha ni desde prejuicios ideológicos. Sé que España es un país donde el racismo existe y atraviesa muchas estructuras, y que ciertos sectores políticos podrían intentar usar este discurso para reforzar narrativas de exclusión.
Por eso es vital matizar, incomodar y sostener una mirada compleja. Denunciar injusticias dentro de una comunidad debe servir para fortalecer la dignidad desde dentro, nunca para alimentar racismo desde fuera. Defender a las mujeres no puede silenciarse por miedo a malinterpretaciones.
Y hay silencios que duelen. Desde ciertos espacios que se reivindican antirracistas en España, estas cuestiones rara vez reciben la atención que merecen. La izquierda tampoco ha hablado con suficiente claridad ni valentía sobre estas realidades.
- Mujeres bajo control, presión o miedo constante.
- Quienes son retenidas, vigiladas o limitadas en sus decisiones más íntimas.
- Mujeres migrantes y racializadas atrapadas en redes de prostitución o empujadas a ellas por falta de alternativas.
Nombrar estas realidades no es traicionar una lucha colectiva, es ampliarla. Es negarse a aceptar que algunas violencias sean invisibles porque incomodan o rompen ciertos relatos. Defender la dignidad requiere coherencia, incluso cuando implica mirar hacia dentro.

Omnia Nur
Feminista norteafricana, sitúa actualmente su preocupación en las mujeres racializadas, norteafricanas y afrodescendientes, velando por su dignidad y libertad. Su compromiso se refleja también en el ámbito social, donde acompaña a personas en situación de vulnerabilidad desde una mirada comprometida y empoderadora.

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