
El pasado 10 de agosto, un terremoto con epicentro en San José del Palmar, Chocó, afectó al suroccidente colombiano. El sismo, de magnitud 7,4 y con una profundidad de 103 kilómetros, tuvo una característica que resulta importante para entender sus efectos: al tratarse de un evento profundo, la energía sísmica se propagó en una amplia extensión del territorio, pero parte de ella se disipó antes de alcanzar la superficie. Esto contribuyó a que, pese ser el sismo de mayor magnitud registrada en Colombia en el siglo XXI, sus efectos fueran diferentes a los que podría haber producido un terremoto de magnitud similar y menor profundidad.

Adicionalmente, experiencias previas como la del terremoto de Popayán (1983) o de Armenia (1999), han permitido, aún medio de toda la informalidad con la que se construye y con todas las carencias (y negligencias) del Estado para planificar adecuadamente el crecimiento de las ciudades, crear una consciencia sobre la importancia de la aplicación de las normas de sismorresistencia vigentes en el país.
Sin embargo, el terremoto, evidencia una radiografía social que hace que los efectos del sismo no se vivan de manera homogénea en las zonas que afectó. Pues, por ejemplo, pese a que la ciudad de Cali, la de mayor tamaño e importancia económica de la región, sufrió daños y pérdidas de vidas humanas, las afectaciones no se comparan con la de ciudades como Buenaventura, donde, por ejemplo, en el barrio Lleras sufrieron afectaciones más del 80% de las viviendas; o Quibdó, donde la Universidad Pública, la Tecnológica del Chocó, quedó casi inutilizable.
Adicionalmente, en los municipios más rurales del Valle del Cauca como El Cairo, Sevilla o Restrepo, también se han visto afectados de una manera más intensa. Por tanto, se podría plantear que aspectos como la ruralidad, el racismo estructural y la importancia económica son factores que dispersan de manera diferencial las capacidades de un territorio para mitigar y enfrentar desastres naturales.
Ahora bien, estos factores sociales no solo marcan diferencias al momento de enfrentar un acontecimiento natural como un terremoto, si no que se convierten en condicionantes para la atención humanitaria y las rutas de recuperación de los territorios. A continuación, presento 3 casos que podrían advertir lo complejo que es y será para las comunidades superar esta tragedia.
Distribución desigual de las Ayudas Humanitarias
Luego del sismo, la gente en Cali organizó grupos de voluntarios para llevar ayudas a las personas que perdieron sus viviendas, retirar escombros, ayudar con la búsqueda de personas atrapadas y otras labores, las cuáles, como me lo explicó Karen Sánchez, socióloga de la Universidad del Valle, son acciones que necesitan ser soportadas por el cuidado: un(a) voluntario(a) puede pasar horas retirando escombros, a la intemperie, y necesita tener alimento e hidratación cerca, pues de lo contrario, sostener tantas horas de trabajo no es posible.
De ahí que, junto con otras personas, hayan emprendido la labor de montar una Olla Comunitaria cerca de uno de los puntos afectados en la Ciudad de Cali, en el Barrio el Refugio. La Olla funcionó con los aportes y donaciones de personas, y rápidamente las necesidades fueron cubiertas de sobra, por lo que optaron por canalizar recursos hacia otros municipios o áreas de la ciudad que lo necesitaran.

Entre los territorios a los que iban a dispersar insumos estaba Buenaventura. Una de las voluntarias tomó varios de los Gatorades y que habían en exceso, y los dispuso para que fueran enviados a dicha ciudad. Al notarlo, un señor que no se identificó le pidió que los éstos no los mandaran para allá, que para allá solo enviara agua por que “es mejor quedarnos con los Gatorades nosotros”. Luego de una breve discusión, la voluntaria logró dejar estas bebidas hidratantes dispuesta para el municipio en cuestión.
Sin embargo, la actitud del señor evidencia que, pese a la situación de crisis y pese a que todos los medios de cobertura nacional habían informado de lo catastrófico que había sido el sismo en Buenaventura, en la consciencia de aquel hombre persiste una diferenciación entre ellos (la gente principalmente negra bonaverense) y el nosotros (los caleños blanco-mestizos) que jerarquiza y naturaliza la idea de que “lo mejor” (la mejor hidratación) debe ser para los “blancos-mestizos”.
Es probable que así como aquel hombre haya más personas que tomen, sin que nadie les cuestione, decisiones frente a qué puede ser “mejor” para tal o cual territorio. Y esa diferenciación cuando jerarquiza, hace que los recursos y las ayudas no se distribuyan según las necesidades que se deben atender.
Las “autorizaciones” sociales
En la misma olla comunitaria, una mujer afro que conducía una camioneta y que estaba ayudando a llevar insumos a otras partes de la ciudad donde hacia faltan, como en Siloé (en la zona de ladera) y el Poblado (oriente de Cali), fue interpelada por otro sujeto quien le cuestionó sobre “la autorización” para llevarse los insumos.
Rápidamente, las coordinadoras de la olla lo interpelaron, para explicarle sobre la redistribución de los insumos. Sin embargo, como me mencionó la profesora de la Universidad del Valle, Rita Martínez y quien estaba también apoyando la Olla Comunitaria, esta actitud revela que las personas negras “tienen que ser autorizadas, tener la validación del blanco-mestizo para poder ayudar, pues de por sí, las personas negras cargan con la sospecha de su honra y su dignidad” y además se pregunta: “¿Por qué aquel hombre, quien ni siquiera se identifica, se siente con la autoridad de interpelar a la comunidad y a esta mujer sobre la legitimidad de redistribuir los insumos?”.
La pregunta es fundamental porque pone en evidencia lo suele pasar inadvertido: las emergencias no desmantelan las relaciones de poder; pues no es gratuito que pese a que esta mujer afro estaba colocando su tiempo, sus activos y su cuerpo para ayudar a otros, un hombre tiene el poder de hacerle explicar, demostrar y justificar su derecho a actuar.
Entonces, se puede plantear que el terremoto puede sacudir las paredes, derribar complejas infraestructuras, interrumpir las calles y cambiar la percepción del tiempo y de lo cotidiano, pero no necesariamente sacude las estructuras sociales que determinan quién merece confianza, quién debe ser vigilado, quién tiene que pedir permiso y quien administra dichos permisos.
Tirar balones frente reconstruir lo importante
Para este caso, nos salimos del ámbito de la olla comunitaria para situarnos en el contexto de una visita oficial del Presidente de Colombia a Buenaventura. El mandatario, quien parece más una figura de marketing y merchandising, pues a donde va viste objetos que vende a través de su página web a precios estrepitosos, abre la ventana de la camioneta que lo transporta para lanzar balones, con el lema de su campaña, la cual debió terminar el 21 de junio pasado.
Buenaventura, que actualmente tiene problemas de abastecimiento de agua, energía, que tiene cerradas decenas de instituciones educativas oficiales, entre otros retos, el Presidente que lo mejor es repartir balones. Y, aunque se puede reconocer que en los momentos de crisis, una pelota puede activar mecanismos de resiliencia, el problema también está en las formas.
No es gratuito el gesto que tiene el presidente Abelardo de ni siquiera interactuar con la gente y, desde la distancia, lanzar los balones. ¿Qué nos puede decir este gesto sobre cómo este personaje mira a Buenaventura? Frente a su permanente campaña publicitaria, el mandatario convierte la entrega de un elemento en espectáculo. No hay dialogo, no hay escucha, no hay encuentro: hay distancia, no solamente física, sino política, racial y simbólica. Hay show, hay oportunismo y hay mezquindad frente a los reclamos, no solo coyunturales sino históricos, de una vida digna.
Las tres situaciones no son hechos aislados. La distribución de unos Gatorades; la exigencia de una mujer afro a dar explicaciones; y un Presidente que lanza balones desde la camioneta que lo transporta; revelan que un terremoto puede modificar un territorio, un barrio y la vida misma, pero no necesariamente remueven los cimientos de las relaciones de poder.
De ahí, que valga la pena preguntarse no solamente cómo reconstruir las edificaciones caídas, sino, también indagar por cómo rehacemos las estructuras sociales. Porque si después de que tiemble la tierra seguimos distribuyendo los recursos, la autoridad y la dignidad de acuerdo con jerarquías socio-raciales y de género preexistentes, entonces quizá, una vez nos recuperemos del terremoto, tendremos una sociedad aún más desigual.

Alejandro Sánchez Guevara
Docente e investigador universitario

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