martes, julio 28

¡Fuego!

El Estado español arde. Empezamos julio contando 50.000 hectáreas calcinadas y terminamos el mes con más de 125.000, según los balances sucesivos del Ministerio para la Transición Ecológica. La superficie quemada se multiplicó por más de dos en cuestión de semanas, y en Los Gallardos, Almería, el fuego dejó trece personas muertas. Trece nombres que dejaron de pertenecer a la estadística para convertirse en la prueba de que esto ya no es un fenómeno natural que simplemente ocurre, es la consecuencia visible de algo mucho más profundo, la incapacidad de esta sociedad para mirar de frente sus propios problemas.

Porque el fuego, en realidad, no es más que el síntoma. Detrás de cada hectárea calcinada hay años de abandono de los sistemas de prevención forestal, una ideología que entiende lo público como gasto superfluo, un negacionismo climático instalado en el debate como si fuera una opinión legítima más entre otras. Lo que este verano deja al descubierto no se limita al monte ni a las brigadas forestales sin contratar. Deja al descubierto un patrón que se repite en casi todos los problemas urgentes que atraviesan esta sociedad, la vivienda, el reparto de la riqueza, el racismo estructural, el cuidado de quienes envejecen, la propia crisis climática en su conjunto. Frente a todos ellos, la respuesta dominante es la misma, mirar hacia otro lado y buscar un culpable que no seamos nosotras mismas.

Netflix estrenó hace unos años No mires arriba, una película que diseccionaba con humor negro la manera en que una sociedad entera decide no mirar el cometa que se dirige directo a estrellarse contra el planeta. La ficción funcionaba como espejo de la crisis climática, y funciona todavía mejor como espejo de algo más amplio, la comodidad instalada de una sociedad que prefiere no afrontar los problemas reales. El monte ardiendo es solo la versión más literal de ese cometa. Lo llevamos viendo acercarse durante años y seguimos discutiendo si existe.

Ese «no mirar arriba» tiene una fórmula sencilla y muy rentable, tanto electoral como emocionalmente. La culpa es de otros, la responsabilidad no nos alcanza a nosotras, y además no habrá que pagar nada por ello. Es el mecanismo exacto que sostiene el discurso negacionista, y también el que sostiene el discurso antiinmigración, y también el que sostiene buena parte del pensamiento conspiranoico que hoy circula con total naturalidad en conversaciones cotidianas, en programas de máxima audiencia, en las redes que consume la mayoría. Los tres relatos comparten estructura, ofrecen un enemigo externo, exigen cero autocrítica y prometen que nada de lo que nos preocupa depende en realidad de decisiones que hemos tomado o dejado de tomar como sociedad.

La extrema derecha vende el caramelo más dulce que existe para la mayoría, y ese caramelo funciona porque libera de cualquier incomodidad. Culpar a la Agenda 2030 de un incendio forestal permite no pensar en la brigada que llevaba meses de baja sin cubrir. Culpar a la inmigración de la falta de vivienda permite no preguntarse por qué los alquileres suben mientras los salarios se estancan. Culpar a un plan orquestado en la sombra por élites globales permite no asumir que el cambio climático exige renunciar a comodidades muy concretas, y que esa renuncia tiene un coste que alguien debe pagar. En los tres casos el mecanismo es idéntico, sustituir una causa estructural, incómoda y colectiva, por un enemigo simple, ajeno y fácil de señalar con el dedo.

Ese guion ha calado también en una derecha que se presenta a sí misma como tradicional, moderada, casi democristiana, y que ya es poco más que un espantajo de aquella democracia cristiana que decía representar. Entiende que radicalizarse es el camino más corto para regresar al poder, junto con otras maniobras, judiciales y mediáticas, que completan la estrategia. Ya no existe una frontera nítida entre ambas derechas, comparten diagnóstico, comparten enemigos inventados y comparten la misma resistencia a admitir que los problemas reales exigen inversión, planificación y, sobre todo, asumir una responsabilidad que llevan años esquivando.

Y ahí aparece la pulsión autodestructiva que atraviesa buena parte de la sociedad europea, y de manera muy concreta la española. Resulta más cómodo repetir que la culpa la tiene la Agenda 2030, que la tienen los extranjeros, que el calor siempre ha existido y que el verdadero problema son los reglamentos que impiden actuar con libertad sobre el monte. Ese discurso construye una fantasía en la que bastaría con dejar arder los pastos sin ningún tipo de control para solucionar el problema. Imaginemos, solo por un momento, ese escenario llevado a la práctica, el Estado español ardería por los cuatro costados, y todavía más de lo que ya arde. La misma fantasía se repite, con matices, en cada tema que este país se niega a afrontar, más cárceles en lugar de más recursos sociales, más muros en lugar de más políticas migratorias razonables, más recortes fiscales en lugar de servicios públicos capaces de sostener a la población cuando llega la emergencia.

Sostener ese relato exige un ejercicio constante de desmemoria. Cada incendio se presenta como una sorpresa, cada crisis de vivienda se presenta como algo repentino, cada síntoma del racismo institucional se presenta como un hecho puntual y sin conexión con los demás, cuando en realidad todos responden a decisiones tomadas con nombre y apellido, en consejos de gobierno, en negociaciones presupuestarias, en pactos entre partidos que prefieren mantener contento a un electorado que no quiere pagar más impuestos antes que sostener un Estado capaz de prevenir el desastre en lugar de solo gestionarlo cuando ya ha ocurrido. La ideología que reduce lo público a su mínima expresión no desaparece cuando llega la emergencia, simplemente traslada el coste a quienes menos margen tienen para asumirlo, y después exige auxilio a los mismos servicios que llevaba años intentando desmontar.

Ese coste, además, nunca se reparte igual. Quienes trabajan la tierra en los meses de más calor, muchas veces jornaleras y jornaleros migrantes contratados en condiciones precarias, están entre quienes primero sufren un territorio que arde y se vuelve inhabitable durante semanas, y son a la vez el blanco predilecto del mismo discurso que se niega a asumir su parte de responsabilidad en la crisis. La coincidencia no es casual. La sociedad que no mira arriba necesita a alguien a quien mirar en su lugar, alguien sobre quien proyectar el miedo y la frustración que produce un mundo que se le escapa de las manos, y esa función suele recaer sobre quienes ya llegan al país en la posición más vulnerable.

Desde Afroféminas creemos que hablar del fuego sin nombrar esta cadena de negación es quedarse en la superficie del problema. El monte que arde, el discurso que culpa al inmigrante, la teoría de la conspiración que circula sin freno, son la misma respuesta repetida ante realidades que exigen mirar hacia dentro, hacia las propias decisiones colectivas, hacia el modelo de sociedad que hemos aceptado sin demasiada resistencia. Mientras sigamos prefiriendo el relato cómodo al problema real, seguiremos contando hectáreas cada verano, cada vez más, y seguiremos encontrando nuevos enemigos externos a quienes culpar de lo que en realidad hemos construido entre todas.

El cometa ya no se dirige hacia el planeta, ya está aquí, ardiendo sobre el territorio que habitamos y sobre el debate público que lo explica. La pregunta que nos queda no es si vamos a mirarlo, porque el humo ya llega hasta las ciudades y ya no se puede ignorar. La pregunta es cuánto tiempo más va a preferir esta sociedad el consuelo de un culpable inventado antes que la incomodidad de asumir, por fin, sus responsabilidades reales.

Redacción Afroféminas



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