Pablo Motos y la libertad de expresión, sólo para él


Pablo Motos está en el centro de la polémica estos días al darse por aludido por una campaña del Ministerio de Igualdad. Más allá de si el presentador es machista o no, lo que se dirime aquí está por encima de las barbaridades machistas (y racistas) en su programa, ampliamente contrastadas. La reacción de apoyo de algunos medios y profesionales al cómico, aludiendo a la libertad de expresión, esconde una batalla que se lleva librando años, y que en realidad tiene poco que ver con esa libertad.

Uno de los empleados de Pablo Motos, Juan Del Val, salió en su defensa son un artículo de El Mundo, defendiéndolo en base a dos premisas: el éxito del comunicador y la libertad de expresión.

Ver el éxito como medida de todas las cosas y patente de corso para navegar por la vida, pudiendo hacer y decir lo que uno desee, ya la habíamos oído antes a humoristas y otros comunicadores. Esa idea de que como te sigue mucha gente o van a ver tus películas, se tiene derecho a todo, se repite una y otra vez. Es una manera como otra de escurrir el bulto que tiene mucho que ver con la idea de meritocracia burguesa. Se justifica todo en base a una fortuna y una fama presuntamente construída así misma desde la nada. Una falacia.

Pero el tema preocupante de verdad es que se aluda a la libertad de expresión para defender al presentador. El propio Juan Del Val, amigo de Motos, pero también colaborador escribía: “Esto no va de Pablo, esto va de libertad de expresión, va de censura, va de señalar a quien no entra por el aro, va de destrozar al primero que se ponga por delante con toda la artillería posible”.

El propio Juan Del Val, además de Motos, pero en general muchos comunicadores y humoristas, son una contradicción andante de su propia narrativa. No dejan de quejarse de que no se les permite hablar, que no se pueden contar chistes como antes, que si ya no se puede decir esto o lo otro, pero sin embargo lo hacen. Motos hizo un monólogo de diez minutos en prime time en su programa para defenderse de la campaña y de paso criticar alguna ley del Ministerio de Igualdad y soltar el bulo de que la campaña costó un millón de euros. Todo esto lo hizo aparentemente sin libertad de expresión. En su programa y en otros del mismo corte se vienen insistiendo desde hace tiempo en que no se puede hablar de nada, pero sin embargo lo siguen haciendo, semana tras semana.

Porque la verdad es que lo que está en juego no es el derecho a la libertad de expresión de Pablo Motos y Juan Del Val, sino el derecho a la protesta y la contestación. Los más débiles, históricamente maltratados, tenemos un pequeño resquicio de poder que siempre se nos ha negado. Podemos protestar y hacer que nuestra protesta llegue a un número de gente, que puede amplificarla y generar un clima de opinión. Lo mismo que hace Motos de lunes a jueves ante millones de personas, nosotras podemos hacerlo a nivel más reducido, más modesto, pero con el mismo derecho que él, y podemos ejercer el mismo derecho a la libertad de expresión al hablar en contra de de Pablo Motos, Juan Del Val o Miguel Lago.

Cuando criminalizan nuestra protesta hablando de censura, parecen estar ignorando el hecho de que quienes los critican también tienen la libertad de expresión para hacerlo. Si quieres tener derecho a hablar de cualquier cosa, entonces “cualquier cosa” debería incluir duras críticas en tu contra, incluso llamadas al boicot a ti y la plataforma que alberga tu programa.

Ellos hablan de censura, pero en realidad están tratando de silenciar a quienes hablan en su contra. Están tratando de callarnos. El problema para ellos es que se acabó su privilegio machista y racista, y eso escuece.


Tania Castro

Asesora de imagen. Santander (España)

Tania Carabalí

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