Candyman y el trauma colectivo detrás del racismo

Este mes se estrena en numerosos cines alrededor del mundo el remake de Candyman, dirigido por Nia DaCosta y producida por un peso pesado en la exploración del racismo a través de la cinematografía, Jordan Peele. Por tanto, es de esperarse que las expectativas con esta película sean altas, tanto en calidad de película de terror -no olvidemos que detrás de proyectos como US y Get Out está Peele- como de una avenida para discutir sobre racismo. Para nuestra fortuna Candyman no falla. Este remake, que deben ir a ver con urgencia, traerá un tema que atraviesa a la diáspora africana en todos los rincones de la Tierra: el trauma colectivo. Esta obra plantea unas preguntas alrededor del miedo que nos corroen desde adentro y cómo ese mismo miedo construye nuestra identidad. El miedo puede llegar a otorgarnos un poder inigualable, bien que puede elevarnos o destruirnos. 

La idea no es que con este texto ustedes obvien la película, así que limitiré los spoilers lo más que pueda; en cambio, quiero traer a la conversación la importancia de entender el trauma colectivo detrás del racismo y cómo la película aborda este tema que tanto nos sacude a las personas negras, afrodescendientes y racializadas. 

1. Triggers y espejos

Puede que ustedes como personas negras o racializadas hayan tenido una vida libre de asedios o que la discriminación que hayan sufrido sea mínima, bien sea porque viven en un lugar con una gran mayoría de afrodescendientes o en un lugar que esté culturizado sobre bases multiculturales. No obstante, registran, entienden y sienten que el racismo -aún cuando se presente sobre otras personas o en otros lugares- como un ataque personal. Esto, por supuesto, responde al trauma colectivo de entender que el concepto de otredad es peligroso y amenazante, tanto como por las lecciones que hemos aprendido en la Historia de las negritudes como por las noticias que tanto apremian la “comunicación” en la posmodernidad.

Candyman perfectamente captura esos temores que vemos en otras personas, esas alertas que se dan cuando la supremacía blanca actúa en contra de las vidas negras, sin importar que no sea una acción que atente directamente en nuestra contra. Ver a otra persona sufrir por actos de violencia y discriminación racial tiene un efecto inmediato en el colectivo de personas que hermanadas por la etnia, la cultura o la raza se identifican con la victima; donde quiera que esta se encuentre. Puede ser un evento al otro lado del mundo, el trauma colectivo igual hace eco en nuestres corazones. 

2. La inevitable pregunta: ¿hasta cuándo?

Esta película trae una pregunta que hemos cargados las personas negras, afro y racializadas por siglos: ¿hasta cuándo? El eco del sufrimiento de nuestres hermanes sigue vivo, porque seguimos viendo en las calles de diversos rincones del mundo la misma raiz de la violencia que padecieron les negres traídos de África, les negres que lucharon por sus Derechos y la no segregación hasta les negres que hoy por hoy luchan por erradicar a la policía y sus políticas arraigadas en el racismo institucional. 

Cuando vean a este hombre atemorizando barrios y pesadillas, entenderán que los verdaderos monstruos no siempre lo parecen. Con esta idea del monstruo recordé a una grande, Toni Morrison, quien hablaba de que las personas blancas veían en las miradas de las personas negras selvas indómitas, cuando en realidad quienes plantaban esas selvas eran las mismas personas blancas. Los blancos, en la metáfora de Morrison, cosechan una violencia de la que nunca se hacen responsables y, justamente, este es el mensaje que también quiere proponernos la figura del asesino que podemos llamar a través del espejo. ¿Cómo conjuramos a Candyman?, ¿cómo llegó él a ser esta criatura sedienta de muerte?, ¿hasta cuándo seguirá siendo alimentada?

3. El refugio que nos ofrece el Mito

Desde el canto incesante en las plantaciones de personas esclavizadas hasta el Afrofuturismo, el crear historias propias nos ha servido como refugio para seguir viéndonxs como seres humanos. Para nadie es un secreto que la humanidad de las personas negras, afrodescendientes y racializadas ha sido negada y fue negada más veces de las que podríamos contar. Vemos en los mitos, las historias, la música, una herramienta idónea para capturar dolores, pesares, actos heróicos. Candyman comienza a revelarse como una historia que se cuenta en los barrios negros para que las personas no salgan de sus casas en las noches. ¿Fue acaso mejor inventar un monstruo que desaparece niñes que admitir que se es asediade por la policía? En efecto, creamos narrativas que también nos permitan hacer más llevadero un mundo donde el racismo puede ser el pan de cada día. Creamos futuros alternativos donde ser negre no signifique sufrir o morir joven. Nos inventamos que afuera, en la oscuridad se esconde una criatura colmilluda que nos obliga a quedarnos en casa, para no admitir que existen lugares que cercan la movilidad de las personas racializadas como viejos guetos Nazis. Ejemplos encontramos en lugares que se abanderan de la palabra progre como Los Ángeles, que no solo por sesgo racial sino de clase restringe la movilidad de ciertxs ciudadanes dentro de la ciudad, todo para resguardar ideales eugenésicos y neoliberales. 

No obstante, es el mito el que también nos depura, nos salva, nos recuerda que estamos aquí. Al final, Candyman no es más que otra narrativa que viene a recordarnos que el racismo existe, no es un invento de unas cuantas personas con experiencias desafortunadas. No, es real. El racismo nos atraviesa y nos lastima. Sanar radica en ver que lo que nos ha pasado no es nuestra culpa, sanar es entendernos legión, sanar viene con la clara mirada de que también que bajo nuestras pieles el poder respira y se levanta. Sin querer adelantarles más de una película que les dará mucho en que pensar, quiero dejarles la siguiente propuesta: sigamos sanando, busquémonxs cimarrones. 


Carolina Rodríguez Mayo

Egresada de Literatura con opción en Filosófia de la Universidad de los Andes. Especialista en Comunicación Multimedia de la Universidad Sergio Arboleda. Colombiana de Bogotá.  Feminista interseccional y defensora de las preguntas como primer paso al conocimiento. Escribir poesía es lo único que me reconforta. Todo lo demás que escribo es una invitación al diálogo. Viajera, fashionista, cinéfila y amante de la buena comida. 


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