Epigenética: otra razón más para cerrar ciclos de trauma

Entender las huellas que ha dejado el racismo en la construcción de las personas negras y racializadas es fundamental para romper ciclos de traumas. Tabitha Mpamira-Kaguri lo dice en su TedTalk (2019) de la siguiente manera: “el trauma que no se transforma es un trauma que se transfiere.” Los dolores, la ansiedad, el estrés, la depresión y hasta la búsqueda de aislamiento entre las personas de comunidades negras y racializadas son también respuestas genéticas a una serie de acciones violentas por las que ha atravesado su ascendencia más próxima, pero también sus ancestres. La epigenética, no obstante, también señala la importancia del ambiente para evitar que memorias nocivas sigan afectando el comportamiento y la salud de las personas.

Una de los mecanismos esenciales para combatir desde el racismo aversivo (aquél que discrimina por el fenotipo y la apariencia) hasta el racismo estructural (el racismo que permea todas las interacciones socioeconómicas y culturales) está en reconocer que el racismo es parte de nuestre ADN, aún sin que lo deseemos de esa manera. Hoy por hoy el racismo sigue siendo una plataforma para justificar posiciones sociales ventajosas, oportunidades diferenciadas y múltiples tipos de violencias. El gran problema de la lucha antirracista que libramos se remite a que haya una admisión masiva de que el racismo es un problema que viene de una herencia histórica que no se remite únicamente a nuestres formas de hacer las cosas, está en nuestres genes y procederes colectivos. Al hablar de racismo y de heridas ancestrales, al hablar también de quienes son responsables por todas las configuraciones que se originan de ese constructo social, las personas lo toman como un señalamiento personal. Decir que participamos de una sociedad que es, a priori, racista, es entender que la responsabilidad de que esto no siga siendo un patrón es de todes nosotres. Esa herencia genética que no cambia con el pasar de las generaciones se relaciona también con los detonantes que existen y se presentan en el ambiente. En otras palabras, el racismo heredado es la continuación de estados emocionales y mentales precarios, comportamientos nocivos y represión tanto desde nuestra configuración genética como la continuación de nuestres procesos sociales. 

Un hallazgo fascinante de la epigenética ha sido entender que el comportamiento celular de las personas es afectado por su ambiente; en otras palabras, las relaciones, los viajes, los hábitos si constituyen un factor originario de estados de salud tanto física como mental. Los cambios se pueden hacer a partir de la construcción de un tejido social más empático, más crítico. Admitir que hemos engendrado y cobijado el racismo sería un primer paso para cerrar el ciclo del trauma. Tanto las personas racializadas como las personas blancas y blanco-mestizas hacemos parte de un entramado que se ha construido desde siglos antes que nosotres. Sin embargo, la responsabilidad de que ese entramado cambie, se regenere, mejoré está en nuestras manos. Entender que al señalar el racismo no se está señalando particulares es un gran comienzo y un importante llamado a la realidad.

El ciclo se puede cerrar con diálogo. La epigenética es una clara muestra de que todo lo que nos atraviesa como seres humanos es sistémico: nos pertenecemos los unes a los otres, le pertenecemos a una naturaleza que no siempre podemos explicar y le pertenecemos también a un mundo invisible que nos jala (llámese fe o llámese energía nos afecta y nos conduce). Nuestre poder colectivo es más grande de lo que podemos admitir, es tan fantástico e hiperbólico que puede, literalmente, modificar el comportamiento de nuestres genes y células. Sumémonos a esa admisión de responsabilidad y busquemos juntes maneras de cambiar las relaciones que nos han sido heredadas con nuestres cuerpes, con otres y con el entorno que nos rodea. 


Carolina Rodríguez Mayo

Egresada de Literatura con opción en Filosófia de la Universidad de los Andes. Especialista en Comunicación Multimedia de la Universidad Sergio Arboleda. Colombiana de Bogotá.  Feminista interseccional y defensora de las preguntas como primer paso al conocimiento. Escribir poesía es lo único que me reconforta. Todo lo demás que escribo es una invitación al diálogo. Viajera, fashionista, cinéfila y amante de la buena comida. 


Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.