“A mí me encantaría ir a África”

Esta frase la he escuchado demasiado y siempre me ha parecido igual de ambigua, de hecho, me produce un regusto incómodo.  Cuando la dicen se me  antojan siempre las mismas preguntas:  “¿A sí? ¿Y por qué?”, “¿A sí? ¿Y a dónde?”, “Ah bueno pues, no sé, en algún lugar,  es que África debe ser muy hermosa, con esos paisajes, la sabana, su gente….”  Y poco más.  A  veces sale a relucir la idea del voluntariado, de forma mecánica, como si estuviera estrechamente  relacionado   “¿Te imaginas hacer un voluntariado allí? Debe ser una experiencia brutal”. Mis cuestiones son las mismas otra vez: “¿A sí? ¿Y por qué?”,“¿A sí? ¿Y a dónde?”. 

Esas preguntas no son aleatorias y tampoco las respuestas. Desafortunadamente denotan esa persistente  idea  reduccionista de  África en que la ambigüedad y la rareza son conceptos importantes. Observamos aquel continente del sur como una masa de territorio  donde vive gente bastante distinta a nosotros, con un estilo de vida bastante distinto e incluso algo atrasado y rudimentario.

Parte del origen de esta idea reside en la concepción que tenemos de África como si este fuera un único país. De este modo, nuestra visión se simplifica y se estereotipa basándose en una a narrativa estrechamente ligada  a la pobreza, al subdesarrollo,  al conflicto y  al exotismo. En esta línea,  rápidamente  caemos en un discurso lleno de comparaciones y expresiones que nos llevan a  la  compasión y   a la  visión  desde lo alto. Así pues,  frases como  “Deberías ver como viven los niños en África, así aprenderías a valorar cosas”o “Allí con lo poco que tienen, ya son  felices” nos llevan a ese paternalismo constante y a la vez  a una romantización  de una parte de la realidad  que convierte al continente en aquella  experiencia deseable que nos venden en  libros y  películas, donde las personas blancas van allí a “expiarse”, “encontrarse a sí mismos” o a “aprender a valorar su vida”.


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Por lo cual, no se trata de negar una  realidad existente,  sino de tener en cuenta la  perspectiva  con la que la miramos. También debemos pararnos a observar aquellas otras realidades que se ocultan  o ignoran con tal de evitar la  prolongación de ese discurso negativo que solo  perpetua  a ese salvador o salvadora blanca  que ve  la población africana como aquellas personas que necesitan ser ayudadas constantemente  debido a su desconocimiento e incivilización. En consecuencia, no se ve a las personas como iguales, sino desde la  superioridad “bondadosa”. 

Las ideas reduccionistas pueden ir  más allá, hasta el punto de que cueste  imaginar que en  África  puedan existir sectores culturales fuertes y de calidad relacionados  con el cine, el teatro, la moda, la literatura, la arquitectura, provenientes de una herencia histórica cultural fuerte. Esto nos limita a una visión del turismo africano ligada a los paisajes, la fauna y a las poblaciones  que viven en la naturaleza, es decir, aquello que representa “lo salvaje”, “lo exótico” bajo el prisma occidental. 

Así pues, para expandir más nuestra mente deberíamos documentarnos, leer, escuchar, ver, y así mismo  escoger fuentes que nos ofrezcan  una visión amplia y contextualizada de la realidad, que no solamente  se centren en los hechos en su superficialidad. No se trata de dar la espalda a una realidad existente, si no de cambiar la forma en qué la vemos y a la vez, ser capaces de admitir que  somos ignorantes en cuanto a muchos otros aspectos que conciernen a un continente  con una enorme variedad de  pueblos, de sociedades, de etnias, de estructuras, de culturas e identidades.


Mònica Quilez

Estudiante de periodismo y de todo un poco, de origen mozambiqueño. La cultura es la luz o la oscuridad en una sociedad, cultivémosla y  cuestionémosla.

 


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