Supongo que hay cicatrices que nunca sanan

La calle estaba caliente como el suelo de Santiago. Era el verano más caluroso según el noticiero y los periódicos. Pero según el noticiero y los periódicos cada verano era siempre el más caluroso. Las tandas de duro fríos, y batidos de mamey fresquitos hacían que el pegoste de los sostenes adhiriéndose a las tetas melodramáticos, no resultara tan desagradable. Era el verano de los shorts cortos y los «bajichupa’’. Se pusieron de moda, gracias a aquella telenovela brasileña, donde la protagonista ondeaba por las playas de Copacabana su minúsculo top, sujeto por unas tetas estratosféricas, mientras alternaba entre el amor y el desagrado, por un ricachón que la amaba y detestaba a la vez. Toda una generación se rindió a aquella prenda, las mujeres porque les permitía ir más ligeras, los hombres, porque transpiraban bajo el movimiento rítmico de mestizas, negras y blancas. Nadie que se preciara estar en la moda, se podía dar el lujo de no tenerlo. Yo no era la excepción. Gladis, nuestra vecina y costurera, con unos cuantos retazos, que le iban sobrando, de otros encargos, nos hizo uno a cada niña del barrio. Ostentaba orgullosa mi bajichupa, lidiando con el calor y la modorra del verano. Era miércoles, o sábado, o domingo, no lo recuerdo bien. El verano estaba llegando casi a su fin y era el momento de volver a la rutina de la geografía y las anécdotas del verano vivido. Recuerdo a mi madre mandándome a buscar el pan para comer, recordándome que no me entretuviera mirando las musarañas por el camino. Recuerdo trotar despreocupada tarareando una estrofa de la lambada. Recuerdo pegarme bien al trocito de sombra en la acera, huyéndole cobarde al sol abrazador. Recuerdo los olores de las casas por donde pasaba, preparándose para la comida. Las madres dándole gritos a los niños rezagados para que entraran. A Martincito el borracho del barrio, saludarme desdentado, con su fiel amiga chispa ‘e tren bajo del brazo. Recuerdo la bicicleta que se paró a mi lado, y sin darme tiempo a reaccionar, bajó, mi precioso bajichupa y manoseó mis pechos. Recuerdo la parálisis. Las risas alejándose. El miedo. La vergüenza. Recuerdo mi entrada al mundo como mujer. Pero lo que nunca podré olvidar fueron los gritos alejándose: ‘’ Las negras las tienen más gordas’’…las negras las tienen más gordas. 

Esta anécdota no es aislada. Todas las personas negras, sabemos por obviedad que somos negras, pero no descubrimos nuestra negritud y la magnitud de serlo hasta que no pasamos por un acto de agresión social que nos hace verlo con total claridad. Y con ello, se abre el socavón al que nos vemos empujados, lidiando pulso con mil emociones, hasta llegar a la aceptación. Tanto hombres, como mujeres negras, pasamos por este doloroso trance. Pero para las mujeres negras, la interseccionalidad juega un papel clave, porque no solo descubrimos lo que implica andar con nuestra piel a cuesta, sino que además  la hipersexualización de nuestro género le da la mano a la agresión racista. »Las negras las tienen mas gordas»…

Nunca he hablado de mi primera agresión sexual y racista en voz alta. Me sentía responsable, por no haberlo sabido evitar o reaccionar de acorde. Desterré aquel incidente, en un acto inconsciente de preservar una frágil tranquilidad, que asomaba de vez en cuando, recordándome, que lo que no se cuenta en voz alta, nunca será sanado. La hipersexualización a la que somos sometidas como mujeres a muy temprana edad, es un acto traumático. La exotización que le acompaña para las mujeres negras es aterrador. No es un hecho particular, lo más probable, es que ahora mismo, otra niña negra, en algún otro punto del mundo, sufra en silencio el acoso cómplice de una sociedad patriarcal y racista.

Ya no soy la niña que corretea descalza por la Habana, ya no salto inconsciente bajo aguaceros de mayo, ni me duermo la siesta tirada en el suelo, sin prisas, ni normas. Ahora soy una mujer negra, adulta, segura de si misma y empoderada. Capaz de gestionar su sexualidad y su negritud a partes iguales. Pero, de vez en cuando, paso por el espejo desnuda, y miro de soslayo mis tetas al viento, y no puedo evitar sentirme pequeña, paralizada, avergonzada. Como en aquel verano, donde mi negritud y mi sexualidad, se dieron por primera vez la mano. Supongo que hay cicatrices que nunca sanan.


Dayana Catá

‌Educadora especial y escritora. Ante todo humana, negra, cubana, mujer y activista. Todo en ese orden y con el mismo grado de intensidad.


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