Memorias del cuerpo: el legado patrimonial de la diáspora y las personas negras culturalizadas en territorios blanco-mestizos

Deseamos conservar el patrimonio de nuestras comunidades negras como un grito de resistencia ante acciones directas e indirectas que invisibilizan, ridiculizan o borran nuestre legado. El patrimonio sigue siendo esa memoria viva que se niega a desaparecer. Sin embargo, cuando se habla de patrimonio entre personas negres que, como yo, han sido culturizadas en ciudades/lugares mayormente blancos o blanco-mestizos, el concepto parece lejano. Casi que ese patrimonio llega a nosotres por avenidas alejadas del territorio, de la tradición, de los saberes ancestrales. Lo sé, no solo por mi experiencia, sino por los testimonios de otres afrobogotanos. Saberse capitalina es saberse foránea a prácticas territoriales y tradicionalmente negras. Entonces, ¿qué patrimonio nxs pertenece a lxs hijes perdidos de la diáspora? 

Cuando hablamxs de experiencias racializadas casi siempre son vivencias que nacen, prosperan e interpelan a nuestres cuerpes. Entonces, se me ocurrió que tal vez la testigo más fidedigna de todo lo que atraviesa nuestre existencia es nuestra piel. Siendo le cuerpe el primer territorio que habitamxs y que reconocemxs como propie, es, por qué no, el patrimonio más democrático de la diáspora y el más fácil de reconocer entre todes. Podriamxs así mismo declarar que nuestra piel es, sin la menor duda, patrimonio y memoria negra. Estoy comprometida a entender, estudiar y profundizar sobre la negritud, sus manifestaciones culturales, políticas, sociales y artísticas; no obstante, antes de entender estas manifestaciones ya me sabía negra y me supe negra porque otres así me llamaron, no pude no verme en esas palabras que me enunciaron como diferente. Ese reconocimiento de mi alteridad fue la puerta principal a lo que hoy es una de las piezas claves de mi identidad como sujeta que habita y resiste en su ciudad natal como una otra, como una no-perteneciente; soy, también, defensora activa de un patrimonio colectivo que me llama desde la concepción misma: mi etnicidad. 

Y si, hoy no hablo de un patrimonio cultural o social, hablo del simple trazo de mi fisicalidad, el mismo trazo que me ha llevado a tener vivencias diferenciadas en la ciudad que me vio nacer y  crecer. Aquelles que pertenecemos a la diáspora de la diáspora entendemxs lo que es tener pocos referentes de personas que se vean como tu en tu lugar de origen, tal vez por eso, ese patrimonio involuntario de la comunidad negra también es el puente inquebrantable a la ancestralidad. Siento que que nuestra alteridad es un segundo nacimiento, una segunda avenida para vernxs como parte de un tejido inabarcable, una matriz que hace que nuestres cuerpes no nxs pertenezcan sólo a nosotres mismes; sino que nacen como constructos que determinan, también, otras luchas que nos significan como sujetes. Propongo un llamado, así no sea titulizado por la Unesco, convoco a todes lxs que se reconocen su negritud como un tesoro invaluable a que llevemxs esta percepción subjetiva de nuestres vidas al ojo público del reconocimiento global y luchemxs por mantener la integridad de nuestre patrimonio primigenio, progenitor y desarrollador; nuestre hogar y nuestre común demoninador: le cuerpe negre y afrodescendiente. La piel que sigue siendo memoria viva de nuestra comunidad.  


Carolina Rodríguez Mayo

Egresada de Literatura con opción en Filosófia de la Universidad de los Andes. Especialista en Comunicación Multimedia de la Universidad Sergio Arboleda. Colombiana de Bogotá.  Feminista interseccional y defensora de las preguntas como primer paso al conocimiento. Escribir poesía es lo único que me reconforta. Todo lo demás que escribo es una invitación al diálogo. Viajera, fashionista, cinéfila y amante de la buena comida. 


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