Oda a mi familia negra

– ¡Una bebe blanca, aleluya, una bebe blanca! – se escuchaba por los pasillos de la maternidad donde mi madre dio a luz. La primera bebé blanca de una familia de mujeres negras. ¿Se había cumplido la meta?, ¿habíamos mejorado al fin la raza de la familia? Mi madre había “logrado” casarse con un trigueño. Un hombre de piel tostada tirando a blanca de padre rubio y madre mulata. Este era el tique seguro para que su primera hija tuviera una vida más fácil, más llevadera y con más oportunidades. Y aunque quiero creer que mi madre no se casó con mi padre por su color de piel, si este relato va ser realista debo admitir que seguro influyó cuando lo escogió de su pila de pretendientes de aquel entonces. 

A mi madre, el encanto de tener una hija blanca se manchó el día de mi primera consulta con el pediatra. Cuando la recepcionista le preguntó, si estábamos esperando la llegada de mi verdadera madre (blanca). Al parecer era imposible que en la Venezuela de 1993 alguien como mi madre diera luz a una niña como yo. La mujer negra que me cargaba y tenía mis mismos ojos solo podía ser mi nana, la señora de servicio o algo parecido, esa era la única explicación lógica. Pero para alivio de mi madre, quien terminó por cansarse de responder las mismas preguntas inicuas, los años siguientes mi blancura natal se fue desvaneciendo junto a cada rizo que crecía en mi pequeño afro. Los únicos vestigios que quedaron de mi blancura eran las plantas de mis pies y mis partes íntimas que muchos años tardaron en conocer la luz del sol. La bebe blanca se había convertido en una niña negra.

¡Niña negra, niña negra! se escuchaba por los pasillos de mi colegio privado lleno de niños blancos, ese día lo supe. Yo de siete años y de madre negra no entendía cómo un color podría ser retorcido en un insulto y porque me hacía menos a los demás. Mi madre en su afán por protegerme me insistía: “tú no eres negra, tú eres trigueña, yo sí soy negra, ¿lo ves?” mientras comparaba su brazo, levemente más oscuro, con el mío. Pero mi piel seguía oscureciendo y mi pelo seguía enroscándose, y la verdad salía disparada todos los días de la boca de los niños de mi clase, a quienes nadie les había preguntado. Era negra, mi madre me podría decir trigueña, mulata, morena o mestiza, pero no importaba, para la gente blanca daba lo mismo, mi piel era oscura y pelo era afro, fin de la historia.


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¡Ay, cómo me costó aceptarlo!, ¿cómo aceptar lo que era inaceptable incluso para mi propia familia? Todas las mujeres de mi familia actuábamos igual, buscábamos la manera de borrar lo imborrable, cada semana nos reunimos en la peluquería de confianza para eliminar la raíz y ocultar el mal llamado “pelo malo”. Y entre el olor a crema desrizadora y a cuero cabelludo quemado viví mi adolescencia, pues había cosas que una chica como yo simplemente no podía hacer. Como llevar el pelo natural o tener algo prestado de mis amigas, porque se me podía acusar de ladrona, no podía usar cierta ropa considerada vulgar ni podía estar nunca con los pelos como una loca, que era como tía llamaba al cabello cuando no estaba propiamente aplanado y quieto. Tampoco podía pintarme la boca de rojo ni ser mal hablada, para no caer en estereotipos. Mi familia no demostraba tener baja autoestima por ser negra, siempre había alguien aclamando “soy negra y estoy orgullosa” pero sus acciones colectivas siempre me hicieron sentir que había un “a pesar de” escondido. Cuando me vine a Europa, se me instigó “a no volver con un negrito, de esos africanos que hay por ahí”. Y realmente no les culpo, porque “mejorar la raza” es el método utilizado en Latinoamérica desde los primeros años de la colonización tanto por los esclavos africanos como por los indígenas para que su descendencia no pasará por las mismas injusticias y tuvieran más oportunidades económicas. Y se seguido usando desde entonces al demostrarse lamentablemente cierto. La niña o el niño más claro de piel era sin duda mejor aceptado por la sociedad blanca. Así la sociedad blanca nos mantuvo divididos, nos enseñó a desprestigiarnos los uno a los otros y nos mantuvo deseando ser como ellos.

Esa fue la única forma de sobrevivir conocida por mi familia, enseñada a mi madre por mi abuela y a mi abuela por su madre. Venezuela es mayoritariamente mestiza, pero prefiere resaltar sus rasgos europeos y ocultar sus rasgos negros. En el colegio nunca me enseñaron sobre mis antepasados ni sobre la diáspora africana. En las telenovelas venezolanas las mujeres blancas eran las bellas protagonistas y las mujeres negras eran mucamas. En mi familia se sabía poco de nuestros ancestros, pues con tantas idas y venidas nadie podía saber de dónde realmente vinimos. Yo no odiaba mi raza, pero no me podía identificar con algo desconocido y que siempre fue usado para humillarme. En Venezuela borramos el pasado negro de nuestra historia, estudiamos a los indígenas solo algunos años de primaria, y nos llenamos la boca de nuestros pasaportes europeos, compramos acciones en los clubes internacionales y sacamos la camisa europea de fútbol en cada mundial. Los de apellido extranjero lo lucen con orgullo y los ojos verdes hacen a cualquier persona, guapa. Yo no tenía nada de eso y por tanto no podía manifestar mi orgullo, ¿dónde está mi bandera si mi madre tiene un apellido de algún patrón español? Y aunque la sangre negra corre por la vena de casi todos, le llamamos brujería a las tradiciones negras y religión a las tradiciones europeas.

Cansada de buscarme en las telenovelas, en el Miss Venezuela y en los libros de historia. A los veinte años decidí ejercer mi propia revolución y eliminar de mi cada pincelada de creencias racistas y dañinas. Me dejé el pelo afro y me prometí a misma no desrizarme más nunca. Busqué fuera de plan de estudios académico y leí autores y autoras afrodescendientes. Me empapé de quien fuimos para saber quién era y así llegué a mi propia tierra prometida donde solo hay amor por mi pelo y por mi piel. Pero no nos engañemos, Venezuela no ha evolucionado mucho desde 1993, cuando estuvo a punto de ganar Miss Jamaica en el Miss Universo del 2017, mis paisanos con envidia se preguntaban por las redes sociales si se cambiaría la corona por una corona de espinas para aguantar su afro. Ahora me pregunto sobre las nuevas bebes blancas, cómo se sentirán cuando crezcan y se enteren que de verdad son negras.


Paula Rodríguez- Flores

Venezolana afrodescendiente, feminista y escritora. Humanista en estudios modernos y contemporáneos


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