La historia de resistencia de una madre negra

Mother Kissing Toddler’s Cheek — Image by © Royalty-Free/Corbis

No recuerdo un momento en el que se haya quedado quieta, en el que haya parado de mover sus piernas y manos. ¿Qué poder sobrenatural debe tener para ocultar el cansancio diario y el hartazgo que todos como seres humanos tenemos?

Quizás esa es la razón por la que siempre la he visto con su gran altura, sé que en sus brazos se puede respirar… la capacidad que tiene para que en cualquier situación pueda ocultar su miedo y regalarnos tranquilidad.

Admiro su capacidad para dar, dar todo. En estos tiempos que sólo se da si se recibe algo a cambio. Ella con nosotros no ha tenido límite.

Ya no recuerda hace cuánto sabe cocinar, echar tortilla o cuidar a un bebé. Ella fue una de las muchas niñas que no tuvo infancia. Era madre de sus hermanos, su propia madre tenía que mover las manos en el lavadero para poder llegar a fin de mes. Claro que iba a la escuela, corría después de clases a su casa para salir a vender quesos o fruta, cuidar a sus hermanos y, por la noche si quedaba tiempo, hacer la tarea.

Venía de Cuajinicuilapa, Guerrero, un lugar que tiene historia porque muchos de sus pobladores se identifican como negros y afrodescendientes. Su sola presencia ha sido resistencia para no olvidar y seguir las tradiciones de su identidad.

A los 17 años, Teresa pisó por primera vez la Ciudad de México, su cabello afro, sus labios gruesos y su piel negra fueron algunos elementos por los que varias veces esta ciudad mostró su discriminación y racismo, dos cosas que ella no conocía.

En su pueblo, nunca le faltó con qué comer. Su padre era campesino, su madre lavaba ajeno. En su pueblo no se conocía la individualidad, la gente se ayuda. Los vecinos te pueden regañar si estás haciendo algo indebido con la misma autoridad que tus padres y eres rechazado si le faltas el respeto a las personas mayores. Pero en esta ciudad, donde si quieres algo debes arrebatárselo a otro, todo pasa demasiado rápido y no hay tiempo para las cosas realmente importantes. 

A ella le costó mucho adaptarse. No vino porque quiso, sino por la orden de su madre que quería que su hija estudiara y no se casara tan joven. Quería un mejor futuro para ella, aunque eso implicara no verla por mucho tiempo.

Teresita, como me gusta decirle, estudió secretariado mientras vivía con dos de sus tíos, hermanos de su mamá. Varias veces tuvo que llevar trastes vacíos para que sus compañeros no le dijeran que fuera a comer con ellos y tener que decir que no tenía dinero.

Cada vez que recuerdo las experiencias que mi mamá nos ha contado desde que llegó a esta ciudad, se me hace un nudo en la garganta. Tener que pasar por todo el acoso que implica ser mujer y, además, ser acosada por el color de piel y el fenotipo.

Teresita una vez fue interrogada por policías que le dijeron que mostrara su identificación porque seguramente no era mexicana. Por suerte, tuvo elementos necesarios para no ser detenida. Recuerda con enojo y tristeza las veces que se burlaban de su color de piel en la calle y le gritaban miles de idioteces.

Tuvo la suerte de forjar un carácter tan fuerte y sentirse tan segura y orgullosa de ser negra que nunca se dejó intimidar. Ninguna de las personas que se burlaron de ella se fueron al menos sin un insulto de su parte, ella sabía defenderse, no se quedaba callada.

Después de algunos años, mi padre tuvo la suerte de conocerla, ambos ya trabajaban. Teresita tenía 20 años, él 22. Se enamoraron, se casaron y tuvieron a su primer hijo.

Tampoco fue fácil lidiar con la familia de mi padre. En varias ocasiones algunos familiares le decían que buscara a una persona blanca “para mejorar la raza» o que Teresita «era negra, pero bonita y buena gente». Luchó contra el machismo de un esposo que no quería verla trabajar. Seguramente no fue fácil.

Después llegué yo y al final mi hermana, la verdad es que los tres tuvimos una infancia bonita, la cual tuvo dos escenarios: la mayor parte del tiempo en esta ciudad y en Cuajinicuilapa todas nuestras vacaciones.

Gran parte de nuestra felicidad ha sido gracias a ella. Ella siempre quiso ser madre, ¡y vaya que lo ha demostrado! En todos nuestros momentos importantes ha estado, cuando hemos enfermado, cuando hemos cumplido algún objetivo y, principalmente, ha sabido estar cuando necesitamos un abrazo.

Ahora después de este gran recorrido que ha sido construir mi identidad como afromexicana, sin duda el pilar más grande para hacerlo ha sido ella, su gastronomía, sus tradiciones, las vacaciones en ese pueblo negro que se ha vuelto parte irreemplazable de nuestra historia, ha sido gracias a ella, mi mamá.

Siempre que mi hermana y yo buscamos la defensa de los derechos de los pueblos negros, su visibilización, y el orgullo de nuestras raíces, la primera que nos viene a la mente es nuestra madre, no queremos que haya más personas que por su identidad y piel tengan que vivir el sinnúmero de experiencias dolorosas que ella vivió.

No concebimos un mundo en el que las mujeres afromexicanas tengan que dejar sus lugares de nacimiento para poder acceder a mejores estudios. No podemos permitir que el tener comida, un techo seguro y vivir sin discriminación y sin racismo sea sólo privilegio de unos cuantos.


María Celeste Sánchez Sugía 

Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México, se especializa en el área de neurociencias y actualmente es estudiante de doctorado en ciencias biomédicas en el Instituto de Fisiología Celular. Colabora con las asociaciones Pozo de Vida A. C. y Dreams en la prevención y detección de abuso sexual con niñas y niños en espera de deportación como parte del programa de detección de víctimas de trata. Se reconoce como afromexicana, y considera que es de vital importancia trabajar por una sociedad justa en la que todas las diferencias sean un puente para el enriquecimiento intercultural.


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