La importancia de hacer comunidad

Ilustración de Marina Esmeraldo

El poder reconocerme plenamente como negra comenzó cuando entré a la universidad. Me mudé de Veracruz a la Ciudad de México, y me emocionaba mucho estar en la UNAM, un espacio donde seguramente conocería a personas de todo el país que iban a estudiar conmigo en la carrera. En realidad, descubrí que casi todxs mis compañerxs eran de la ciudad, y de lxs foránexs sólo dos éramos del sur del país.

Conforme fui explorando y conociendo el espacio nuevo en el que me desarrollaría me di cuenta que, a diferencia de lo que estaba acostumbrada en Veracruz, yo no me parecía a la mayoría de las personas que me rodeaban. Yo era percibida como “el otro”, y mis facciones y mi cabello hacían pensar a lxs demás que era extranjera. Me llegaron a preguntar si mi papá era cubano, si yo era colombiana o venezolana (porque claro, en México no hay negrxs) y que me veía “muy exótica”.

Conforme fui reconociendo este sentimiento de otredad, decidí buscar formas de re-conectarme con mi herencia africana, y tratar de entender qué significa para mí ser negra y ser mexicana en un país racista que se empeña en borrar nuestras historias del imaginario colectivo. Esto supuso, por un lado, reconocer la presencia africana que ya existía a mi alrededor, y por otra parte, reclamar algunos elementos culturales comunes dentro de la diáspora que pudieran ayudarme en el camino.

Fue conocer y re-conocer esa herencia cuando mi abuela cocina mondongo, en la pronunciación y ritmo de nuestros acentos, en la textura del cabello de mi papá, y la música que se escucha en casa los domingos. También fue aprender a través videos de Youtube a envolverme el cabello con telas de colores, ver películas y series producidas por personas negras que ilustraran nuestras historias, encontrar literatura que hablara sobre nuestrxs sueñxs y aspiraciones, sobre nuestra forma de vivir y resistir ante el racismo que de manera inevitable tenemos que enfrentar.

Fue un proceso enriquecedor que me ayudó a cimentar mi identidad, no obstante, también fue un camino solitario, porque mucho de ello ocurrió en la ciudad, lejos de mi familia y sin la posibilidad de compartir mis hallazgos con alguien como yo. Era consciente de que mi autoadscripción era válida, pero también sabía que mi proceso estaba incompleto si no tenía una comunidad con la cual compartir y vivir plenamente mi negritud.

No tenía idea de cómo conocer a mujeres negras en la ciudad, así que me conformé con seguir a algunas en Twitter y otras redes sociales, para al menos poder entablar algunas amistades a través del internet. Un día me encontré con una foto de un grupo de mujeres negras en una tarde soleada, sonrientes y abrazadas viendo hacia la cámara. El pie de foto decía que había sido muy bonita aquella tarde de la colectiva de mujeres negras en la Ciudad de México. Sentí una profunda añoranza de conocerlas, de compartir e intercambiar experiencias de nuestra identidad en los distintos espacios que habitamos, y no dudé en enviarle un mensaje a la mujer que lo había publicado. Me respondió con mucha efusividad, y le conté lo feliz que me hacía saber que no sólo que no estábamos solas en la ciudad, sino que existía un sentimiento de comunidad y un espacio seguro para conocernos y crear redes de apoyo.

Esta colectiva se llama Flores de Jamaica, y está formada por mujeres y personas no-binarixs afrodescendientes que viven en la Ciudad de México. Las Flores son de todas partes del mundo, no sólo México, y son una pequeña muestra de la diversidad que existe dentro de la diáspora africana. Eligieron ese nombre porque la Jamaica (Hibiscus sabdariffa) es una planta originaria del continente africano usada de diferentes formas en la diáspora, pero siempre presente de alguna forma.

La primera vez que fui a una reunión de las Flores, me sentí vista y escuchada como nunca antes. A pesar de ser de varios países y culturas, todas teníamos experiencias en común que atravesaban nuestra condición de mujeres racializadas, particularmente como negras. Comentarios sobre nuestra piel y nuestro cabello, sobre “lo exóticas” que éramos, sobre nunca pertenecer del todo a un lugar…poder conocer todas las formas en las que cada una resistía la violencia que vivíamos a diario, las micro agresiones que nadie parecía percibir más que nosotras.

Con el tiempo me invitaron a formar parte de la colectiva, y sentí que había llegado por fin la posibilidad de construir comunidad. Formar parte de las Flores ha sido vital para el desarrollo de mi identidad y mi sentido de pertenencia como mujer negra. Ha sido contar con un espacio en el cual desarrollarme sin las restricciones que supone el racismo y machismo con el que eventualmente nos encontramos en el exterior, y poder crecer y aprender con las demás y gracias a ellas. Siento una nueva seguridad dentro de esta comunidad a la que me he ido incorporando y creo fervientemente en la importancia de construir lazos de cuidado entre nosotras, pues es este apoyo lo que nos provee de un espacio seguro en un mundo que se empeña en borrarnos.


Jumko Ogata

Jumko es Afrojaponesa y chicana originaria de Veracruz. Actualmente es pasante de la licenciatura en Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus temas de estudio giran en torno a la migración japonesa al sur de Veracruz, y cómo la herencia asiática y africana en la región construyen otras formas de identidad en México. Ha publicado textos de creación literaria en la página web del Japanese American National Museum y el British Council de México.


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