¿Por qué unos sí y otros no?

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A raíz de esta viñeta de la que nos hicimos eco en Afroféminas me he puesto a pensar y me ha salido este texto. Por supuesto, no es más que mi humilde opinión y, como tal, me gustaría que quedara. Por supuesto, a continuación, me gustaría leer las vuestras.

¿Qué hace diferente el trato que se da a las PERSONAS que vienen de Siria y a las que vienen de África?

El título. Para buena parte de la prensa generalista, que es la que conforma la opinión pública, unos son refugiados y otros son inmigrantes.

REFUGIADO: Que se ha refugiado en un país extranjero a causa de una guerra o de sus ideas políticas o religiosas. Estas personas tienen derecho de asilo (si es que el país de acogida ha firmado las convenciones que garantizan tal derecho).

INMIGRANTE: Que llega a un país o región diferente de su lugar de origen para establecerse en él temporal o definitivamente.

Por otro lado, uno de los movimientos poblacionales, el que proviene de África, no se considera noticia porque estamos más acostumbrados a verlo. En cambio, el otro, es menos común y por la relación inversamente proporcional que se da en este asunto, resulta más noticiable.

¿Qué implica que el título sea diferente? Pues que uno puede generar EMPATÍA porque se infiere que proviene de un contexto duro y el otro no, puesto que se asume que viene de un lugar más estable, aunque no necesariamente agradable y que lo abandona porque quiere puesto que, hasta la fecha, lo ha soportado.

O sea que el problema real es el contexto, todo aquello que, en infinidad de ocasiones no nos revelan por la rapidez mediática, que aboga por transmitir qués sin porqués convirtiendo al televidente / radioyente (los periódicos digitales y físicos tienden a informar con más rigor por una cuestión de formato aunque centran su foco mediático en temas que explotan hasta que, a su modo de ver, caducan. Luego le toca el turno a otro y se olvida lo anterior) en un receptor de pilas de información desinformada.

En el caso de Siria, pese a no haber recibido datos suficientes ni (peor) a tiempo para condenarlos y, quizá, poder presionar a las instituciones pasmadas e inoperantes, al menos, nos han contado que hay una guerra, una guerra atroz que desmenuza familias, que destruye vidas, ciudades, Historia e historias. Una guerra inmunda en la que se han usado armas prohibidas como el gas mostaza o el gas sarín. Una guerra cruel que comenzó con una manifestación en favor de un chico que hizo un graffiti en contra del gobierno de Al Assad y que creció hasta convertirse en un caos, con miles de bandos enfrentados. Una guerra abyecta que ha dado alas al Estado Islámico que campa a sus anchas sembrando miedo y muerte. Eso, más o menos, es lo que nos han contado las grandes portadas. Y no es mucho ni, probablemente, la verdad. Toda la verdad, quiero decir.

Conocemos, no obstante, la historia de un padre que se quedó sin los hijos que se tragó el Mediterráneo, de un niño que entregó una galleta a un policía húngaro, de un padre que besó a su hijo con ternura bajo una lluvia densa o de una reportera gráfica execrable y sin alma que trató de zancadillear una marcha larga e inexorable.

Esas noticias que ponen nombre, cara y seres queridos a realidades lejanas son las que nos sirven para meternos en la piel del otro, las que nos recuerdan que más allá de nuestros límites, también hay humanos, que los que sufren son como nosotros y que, es más, podríamos ser nosotros.

¿Cómo no conmovernos ante un panorama así?

Hablemos ahora de África. ¿Qué sabemos de lo que sucede allí?  (Esta pregunta, obviamente, no va dirigida a los conocedores habituales de la realidad africana, sino a la masa que traga noticias sin tan siquiera masticar) Pues… más bien poco.

¿Tenemos constancia acaso de dónde vienen las personas que provienen de ese continente o… seguimos pensando que aquello es un sólo país en el que se habla africano y tienen (tenemos) problemas de africano?

Aglutinados bajo el epígrafe «subsahariano» (para no decir negro aunque también haya negros en Marruecos, Túnez, Egipto, etc… Porque si lo que quieren es hablar del África Negra podrían usar esa expresión) se meten en un saco a personas de lugares dispares con realidades que poco o nada tienen que ver y se les atribuyen calamidades varias como la sequía, las dictaduras, la guerra, la corrupción o la mutilación genital femenina.

O no. A veces ni siquiera son tan específicos. Se dice que vienen huyendo de su situación y ya está. ¡Qué más da!  Tenemos claro, eso sí, que en ese país, «Subsaharia», se pasa muy mal (haya conflicto bélico o no) y que, además, lleva pasándose tanto tiempo mal que parte de la culpa debe ser de ellos y, si no lo es, ya están acostumbrados. En cambio, en otros lugares del planeta, no.

Lo que casi nunca se hace es darles el estatus no de refugiado sino de persona; dotarles del contexto que merecen; contar de cuál de los muchos países que hay ahí salieron; decir que también dejaron familia; que muchos habían estudiado; que sí, que en su país había guerra, o que no, que no la había; indicar que todos tenemos una tribu (unión de gente con un antepasado común)  y que no por ello estamos a golpes con los demás aunque compartamos territorio y que sí, que querían mejorar sus vidas por aquello de la movilidad exterior. A veces parecen seres que se lanzan al Mediterráneo sin dejar nada atrás, de igual modo que si brotaran del fondo del mar para después hundirse de nuevo y no dejar más que una instantánea. Como si su vida sólo hubiera durado un instante. Ese instante.

Eso es lo que provoca que no haya tanta empatía con las personas que vienen de África, que no sabemos nada de ellos y que, a veces, tampoco queremos saber porque pensamos que ya lo sabemos todo, que ya nos lo han contado.

Dicho esto, aprovecho para señalar que me parece maravilloso que las personas que huyen de la situación Siria reciban muestras de solidaridad en Europa. ¡Qué menos! Y, por supuesto, traslado nuestro pesar por el gravísimo drama que viven los sirios.

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Autora: Lucía Asué Mbomio Rubio

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