El FCAT empieza a enfilar su despedida y la jornada de ayer tuvo un tono distinto. Menos manifiesto, más oficio. La industria tomó la palabra.
En la antigua Iglesia de Santa María, la Andalucía Film Commission y la Tarifa Film Office organizaron un encuentro sobre rodajes en enclaves arqueológicos que reunió a la sonidista Diana Sagrista, ganadora del Goya al mejor sonido en 2025, al localizador Lucas Tozzi y al arqueólogo Iván García Jiménez, bajo la moderación de Jaime Fernández. La pregunta que abrió el coloquio era sencilla y práctica: qué ocurre cuando una producción audiovisual aterriza en un espacio patrimonial.
Tozzi fue directo. Lo primero es cuidar el emplazamiento y dejarlo mejor de lo que estaba. Y después está el argumento que pronunció con la naturalidad de quien lo ha comprobado muchas veces: salvo el skyline de Nueva York, cualquier lugar del mundo puede reproducirse desde Andalucía, con su patrimonio o con ayuda de sets. No se trata de publicidad. Se trata de geografía y es historia acumulada en piedra.
Sagrista añadió que el equipo tiene que conocer el espacio tanto como los gestores del espacio tienen que conocer lo que es un rodaje. Y puso un límite claro, si el rodaje amenaza la reproducción del chorlitejo patinegro, ella no rueda. El patrimonio natural entra en la ecuación.
García Jiménez cerró con una advertencia sobre las denuncias en redes sociales, que según su opinión han convertido los conflictos en espacios patrimoniales en algo con consecuencias muy concretas para quienes responden de su conservación. El futuro de los rodajes en estos lugares pasa por acuerdos sólidos antes de que llegue la cámara.



Pero la conversación que más nos quedó del día fue la del aperitivo de cine en el Waikiki, donde Namir Abdel Messeeh habló de La vie après Siham, su documental sobre el duelo tras la muerte de su madre, construido con material de archivo, grabaciones familiares y películas clásicas del cine egipcio. Abdel Messeeh es el archivista de su familia, el hijo que se aferra al pasado mientras otros se agarran al presente, y esa obsesión por la memoria es la película entera.
Contó que la falta de financiación no solo fue un obstáculo sino también una forma de encontrar lo esencial, que a veces la escasez obliga a buscar otra manera de contar y esa manera resulta mejor. Pero no lo romantizó. También preguntó en voz alta cómo se vive diez años sin sueldo, y reconoció que tuvo que buscar otra profesión para sostener el proyecto y a sus hijos. La distribución, añadió, es casi más difícil que la producción, ese espacio de encuentro entre la película y el público que nadie garantiza. Su deseo con todo esto era restituir lo que es bello en la vida.
Por la tarde la película viajó a Algeciras, a los contenedores rojos de la Asociación Alcultura en el puerto, y provocó un debate que se extendió más de lo previsto. Alguien entre el público dijo que le había gustado ver en pantalla a una familia que se quiere y que se cuida, porque el cine suele prestarle más atención al conflicto.
Esta noche, al aire libre en la calle Gravina, el festival proyecta un documental sobre Cesária Évora, la diva de los pies descalzos, para hablar de Cabo Verde y de cómo la insularidad moldea una cultura entera. Entrada libre. Una forma de cerrar la semana que tiene mucho de despedida y algo de promesa.

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