jueves, febrero 12

El día que liberaron a Mandela

El 11 de febrero de 1990 amaneció con un cielo azul intenso sobre Ciudad del Cabo. El verano sudafricano se desplegaba generoso, con ese calor seco que hace brillar las hojas de los viñedos en los valles cercanos a Paarl. A 30 millas de la ciudad, en la prisión Victor Verster, Nelson Mandela se preparaba para algo que había esperado 27 años, 6 meses y 6 días. Llevaba puesto un traje por primera vez desde 1962. Las gafas que usaba eran de Winnie, su esposa. Había olvidado las suyas en algún rincón de aquella casa-prisión donde había pasado sus últimos catorce meses de cautiverio.

Mandela esperaba una despedida íntima. Había pedido a las autoridades penitenciarias que los guardias con quienes trabajaba en su sección se reunieran en la puerta con sus familias. Quería agradecerles. Calculaba ver a unas 20 o 30 personas. La realidad que le esperaba del otro lado de esas rejas era otra cosa enteramente. Miles de personas se agolpaban frente a Victor Verster. La prensa internacional había montado su arsenal de cámaras y micrófonos. El mundo entero esperaba ver por primera vez en décadas el rostro de un hombre cuya voz había sido silenciada, cuya imagen había sido prohibida, cuyo nombre había crecido hasta convertirse en símbolo.

El número 46664 —cuatro por la isla de Robben Island, 66 por el año 1966, 64 por ser el prisionero número 64 ese año— estaba a punto de dejar de ser una identidad carcelaria para recuperar su nombre completo.

A media tarde, Nelson Mandela salió del brazo de Winnie Madikizela-Mandela. Ambos levantaron el puño en alto, el saludo Amandla de la resistencia. Él tenía 71 años, era alto y delgado, con el pelo gris y esa dignidad que ni 27 años de encierro habían logrado quebrar. Ella llevaba décadas sosteniéndolo desde afuera, liderando protestas mientras criaba a sus hijas sola, soportando arrestos y destierros. La imagen de ambos caminando juntos hacia la libertad daría la vuelta al mundo.

Mandela nunca pudo saludar a los guardias que esperaba ver. La multitud lo absorbió todo. Subió al coche conducido por Roseberry Sonto, activista del ANC, y emprendieron el camino hacia Ciudad del Cabo por carreteras secundarias. Querían evitar las aglomeraciones. Mientras atravesaban los campos, Mandela comentaba lo hermoso del día, admiraba las granjas, las flores que crecían al costado de los caminos. Le sorprendía la cantidad de gente blanca que había salido a recibirlo. En los puentes de la autopista N1, multitudes mezcladas —negros, blancos, colored, indios— agitaban banderas y carteles con la frase «Welcome Madiba».

El coche se perdió en algún momento y terminó en medio de la multitud. El convoy tuvo que reagruparse en una calle residencial. Pararon frente a la casa de Vanessa Watson, una activista que esperaba ver a Mandela por televisión mientras cuidaba a sus gemelos de un año. Un amigo tocó a su puerta y le avisó que el líder estaba afuera. Watson salió incrédula. Mandela, relajado y sonriente, le pidió sostener a uno de los bebés. Ese gesto —pequeño, humano, inesperado— reveló algo esencial del hombre que acababa de recuperar la libertad. No había amargura. No había prisa. Había ternura.

En el Grand Parade, frente al edificio eduardiano del City Hall construido en 1905, 100,000 personas negras esperaban desde hacía horas. La multitud tenía la energía de un concierto de rock. Cantaban, agitaban banderas del ANC, gritaban consignas. Durante horas angustiosas después de que Mandela salió de prisión, nadie supo dónde estaba. La gente se preguntaba qué le habían hecho. El miedo al engaño, a la traición, todavía latía en las venas de quienes habían vivido bajo el apartheid.

Lumko Huna, del Comité de Recepción del ANC, estaba a cargo de la seguridad sin tener experiencia previa. «Ninguno de nosotros estaba calificado para ese trabajo», confesaría después. El ANC no quería que las fuerzas de seguridad blancas del régimen estuvieran presentes en el primer acto público de Mandela. Sectores de la multitud se volvieron ingobernables. Hubo empujones, caos, peligro real cuando el coche intentó abrirse paso.

Finalmente, Mandela apareció en el balcón del City Hall. Winnie estaba detrás de él. Era la primera vez que millones de personas veían su rostro en casi 30 años. El gobierno del apartheid no había permitido fotografías ni grabaciones de su voz durante décadas. La última imagen pública databa de 1962.

«Amandla! Amandla! i-Afrika, mayibuye!» —gritó Mandela—. Poder. Poder. África es nuestra.

«Amigos, camaradas y compatriotas sudafricanos. Los saludo a todos en nombre de la paz, la democracia y la libertad para todos. Estoy aquí ante ustedes no como un profeta sino como un humilde servidor de ustedes, el pueblo».

Las palabras eran sencillas y poderosas. Mandela habló del ANC, de los jóvenes leones que habían energizado la lucha, de las madres y esposas que eran la base de roca dura del movimiento. Habló de Winnie y su familia, del dolor que habían soportado mientras él estaba en prisión. Agradeció al mundo por las décadas de campañas internacionales que hicieron posible ese momento.

Después vino la parte política. Mandela dejó claro que el apartheid no tenía futuro, que debía terminar por acción de masas. Explicó que la lucha armada había sido puramente defensiva frente a la violencia del régimen. Los factores que la hicieron necesaria seguían existiendo. «No tenemos opción sino continuar», dijo. Muchos en la multitud esperaban un llamado a la venganza. Mandela ofreció esperanza de negociación si se creaba un clima propicio.

Terminó citando las palabras que había pronunciado en 1964, durante el juicio de Rivonia, cuando sabía que lo condenarían a muerte o a cadena perpetua:

«He luchado contra la dominación blanca y he luchado contra la dominación negra. He acariciado el ideal de una sociedad democrática y libre en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y alcanzar. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy preparado para morir».

Las palabras tenían el mismo peso en 1990 que en 1964. Mandela no había cambiado su visión durante 27 años de encierro. Había refinado su estrategia, aprendido la paciencia, cultivado la capacidad de negociar. Lo que jamás perdió fue la claridad sobre el objetivo final.

Ese discurso desilusionó a algunos. Sectores radicales del ANC querían mano dura contra quienes habían perpetrado el apartheid. Esperaban que Mandela saliera sediento de venganza. En cambio, encontraron a un líder que hablaba de reconciliación, de construir un país para todos. Mandela había entendido algo fundamental en aquella celda de 7 por 9 pies en Robben Island, donde pasó 18 de sus 27 años de prisión. Lo expresó así años después: «Mientras caminaba hacia la puerta que me conduciría a mi libertad, supe que, si no dejaba atrás mi amargura y mi odio, todavía estaría en prisión».

El mundo reaccionó. En Londres, miles se reunieron en Trafalgar Square frente a la Embajada sudafricana. El City of London Anti-Apartheid Group había hecho piquete allí durante 1,395 días sin parar. Tony Benn, político laborista británico, escribió en su diario que la gente cantaba, agitaba los brazos, se besaba y abrazaba. Alguien había colgado un cartel en la Columna de Nelson que decía «Nelson Mandela’s Column». Sonaba la música de Miriam Makeba, el himno «Free Nelson Mandela». Jóvenes sudafricanos hacían el toyi-toyi, la danza de protesta. Benn escribió: «No ha habido nada como esto desde 1945 cuando terminó la guerra».

Lo que vino después es historia conocida. Cuatro años de violencia política que cobraron más de 10,000 vidas, casi todas negras. Negociaciones que se rompieron y se reanudaron. El Premio Nobel de la Paz compartido con F.W. de Klerk en 1993. Las primeras elecciones multirraciales en abril de 1994. La presidencia de Mandela el 10 de mayo de 1994, cuando un hombre de 75 años que había votado por primera vez en su vida asumió el liderazgo de un país que necesitaba reinventarse.

El 11 de febrero de 1990 no acabó con el apartheid de inmediato. Fue el principio del fin. Demostró que lo imposible podía volverse posible. Que un sistema construido sobre la supremacía racial y la violencia de Estado podía ser desmantelado sin que el país se hundiera en una guerra civil. Que la reconciliación no era una ingenuidad sino una estrategia política concreta, difícil, dolorosa y necesaria.

Hoy, 35 años después de aquel día, Sudáfrica sigue lidiando con las heridas del apartheid. La desigualdad persiste. La tierra sigue concentrada en pocas manos. El racismo estructural no desapareció con las leyes que lo sostenían. Las luchas antirracistas contemporáneas en todo el mundo cargan lecciones de aquel febrero de 1990. La principal quizás sea esta: la liberación de un pueblo nunca depende de un solo hombre, por más extraordinario que sea. Mandela lo sabía. Por eso sus primeras palabras al salir de prisión fueron para ubicarse como servidor, no como salvador. La libertad, dijo Mandela en vida, no es un destino sino un camino que se recorre cada día, con disciplina, con dignidad, sin olvidar que las cadenas más difíciles de romper son las que habitan en la mente.

Marián Cortés Owusu

Pedagoga



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