jueves, enero 29

Lo peligroso no es la regularización, es normalizar el odio

Juré bandera a los 14 años. Cual militar en misión de guerra, con una mano sobre la tela y la otra en el corazón, ante la atenta mirada de mis padres clavada en mí, prometí que siempre sería fiel y leal a la nación que me vio nacer pero que en ese momento, no me reconocía como ciudadana. No lo hice por patriotismo, ni porque quisiera servir al país, ni por un arrebato de fervor nacional. Lo hice porque sino no podría ir al viaje de fin de curso a Andorra tras la EGB, porque simplemente, no era española. 

Nacida en Valencia en 1978, mi vida transcurría entre el colegio, los deberes, la familia, los amiguitos y la más absoluta normalidad. Nunca había salido de mi ciudad, hablaba castellano y valenciano, y si me permiten el cliché comía paella todos los domingos. España era el único país que conocía, pero para el estado español, yo era extranjera. 

Mi madre española, y mi padre, panameño emigrado, llevaba cerca de 20 años viviendo y trabajando en España, pero las leyes migratorias heredadas del franquismo, no reconocían a mi madre como transmisora legítima de su nacionalidad, incluso estuvo a punto de perderla por haberse casado con un inmigrante, y no se reconocía el arraigo real de mi padre. Así que ahí me vi, siendo una adolescente, jurando lealtad para poder irme de viaje con mis compañeros de clase. Un acto tan solemne para algo tan banal, y a la vez tan importante y significativo, como es cruzar una frontera por primera vez y por supuesto, para poder ser reconocida en tu propio país. Esa fui yo durante los primeros 14 años de mi vida. Apátrida y sin ley…

Recuerdo la escena con una mezcla de absurdo y ternura, todo parecía un poco teatral. Una niña, unos padres, tres jueces, una bandera, una joven constitución y una promesa impostada a un país que por fin decidía aceptarme como ciudadana. No por haber nacido allí. No por haberme criado allí. No porque mi madre era española. Sino porque había pronunciado las palabras correctas, delante de las personas correctas. 

En casa aquello se convirtió en una especie de anécdota divertida. Mis padres hicieron lo que tantas familias migrantes y racializadas hacen para minimizar el dolor y la humillación, quitarle hierro, reírse y transformar la violencia administrativa en chiste. Una escena para comentar a amigos y familiares entre risas y jolgorio, y con el tiempo, a mis propios hijos… “¿Te acuerdas de cuando tuviste que jurar bandera a los 14 años? Eras aún más joven que tu hija… “ aún me dicen, como si aquello representara un momento entrañable de mi propia vida…

Pero aquello no era sólo una cuestión de papeles. Era una cuestión de pertenencia. Porque a las personas migrantes, y más especialmente a las racializadas, no se nos concede del todo aquello de pertenecer. La pertenencia debería ser un punto de partida, no un exámen a aprobar. Pero da igual haber nacido, estudiado, criado hijos en un país durante generaciones, el “pero de dónde eres de verdad” siempre acaba apareciendo. La extranjería no es sólo jurídica, es visual, corporal y permanente. 

Por suerte las leyes cambiaron y las cosas ya no son así. Mi hermana, nacida en el 81, ya no tuvo que hacer frente a esa tesitura, no nació siendo española, pero pudo nacionalizarse a través de una serie de trámites burocráticos sin necesidad de pasar por el trago de la bandera. Pero hoy, leyendo la noticia de la regularización de medio millón de personas inmigrantes en España, y algunas de las reacciones al respecto, esa memoria vuelve. Y también vuelve lo de siempre: el ruido, los bulos, las mentiras, las frases hechas desde un lugar de no reflexión ni empatía, el pánico social y moral cuidadosa y meticulosamente alimentado. Los mismos discursos de odio de siempre con un envoltorio reciclado. La diferencia es que ahora, ya no se disimula, ya nada se dice en voz baja. Los discursos más radicales y peligrosos campan a sus anchas en redes sociales, se sientan en platós de televisión, en tertulias, disponen de un micrófono y titulares donde legitimar su racismo sin ningún pudor. Se meten en los cerebros de nuestros vecinos y vecinas, de nuestros familiares y amigos. 

No nos dejemos engañar, la regulación no es ceder, ni regalar, ni invitar a venir y mucho menos a reemplazar a nadie, no es una estrategia electoral inmediata, no hace falta leer mucho para entender que alcanzar el derecho a voto para unas elecciones generales se requiere obtener la nacionalidad, y este es un procedimiento que puede tomar años. Regularizar es reconocer una realidad que ya existe y que sostiene el país desde abajo, desde sus propios cimientos. Es asumir que una democracia no se mide en cómo fortalecer sus fronteras, sino en cómo se trata a quienes ya están dentro de ellas. Lo peligroso no es la regularización. Lo peligroso es normalizar el odio y presentarlo como “sentido común”.

Hoy cuento mi historia no para dar pena ni para ubicarme en un lugar de “víctima”. Gracias a mis padres aquel episodio, como tantos otros de nuestra historia, es hoy de verdad, una anécdota dentro de nuestras vivencias familiares. La recuerdo con distancia, ironía y conciencia política. Añadirle humor además nos ha servido para neutralizar aquello que nos incomodó. Pero las anécdotas también enseñan. Y ésta, si sirve de algo, es para invitar a mirar más allá de los bulos y del miedo. Para parar a pensar e informarse, y para entender que detrás de cada titular alarmista existen vidas reales, trayectorias más o menos complejas, y personas que ya forman parte del tejido social, económico y cultural de España, aunque algunos y algunas se empeñen en negarlo. 

No escribo desde la rabia ni el rencor, sino desde la convicción de que todos podemos encontrar a alguien, una voz, una lectura, una experiencia capaz de ayudarnos a pensar mejor. Porque la empatía también se contagia, pero debe practicarse.

Paradójicamente hoy sigo siendo inmigrante. En otro país, con otro idioma, y en otra etapa de mi vida, y observo con inquietud que los mismos sesgos racistas que marcaron mi infancia vuelven a aparecer con fuerza, amplificados, normalizados y utilizados por quienes quisieron hacer del racismo, una estrategia política y un debate público, como si no supiéramos ya a dónde conduce ese camino. 

Mirar más allá del ruido también es una responsabilidad colectiva. Yo juré bandera a los 14 años para poder viajar. Para dejar de existir en tierra de nadie. Hoy, medio millón de personas van a regularizar su situación en España para poder vivir, simplemente, con un mínimo de dignidad.

Sandra McClean Montoya 

Psicóloga y educadora. De Valencia

Profesora de español, literatura española y Culturas Hispanas en Nueva York.

IG: @sandrolamc / @sandramccleanspanishcoach 

Website: www.sandramccleanspanishcoach.com


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