¿Es posible una filosofía desde los márgenes? Repensando estrategias antirracistas en la academia

Cuando pensamos en el origen de la filosofía nos remitimos irremediablemente a Europa, es la civilización griega quien puede ostentar ser la cuna de la filosofía y, en general cuando estudiamos el desarrollo de distintas prácticas filosóficas, difícilmente esos conocimientos son descentralizados de ese lugar. Es por eso que en este trabajo busco abrir el debate a dos preguntas: en primer lugar, si las producciones de individuxs con identidades disímiles al sujeto hegemónico creador de la filosofía, llamado andros desde las epistemologías feministas, pueden ser en definitiva consideradas producciones filosóficas y, si llegara a ser posible, por qué hacer filosofía desde ese lugar. 

Graduada de la Universidad de Harvard. GETTY / LANE TURNER / THE BOSTON GLOBE

La idea de filosofar desde la abstracción, de discernir objetivamente y contestar a las grandes preguntas filosóficas desde un supuesto no lugar ha estado presente a lo largo de la historia de la filosofía. Negar que, irremediablemente somos atravesadxs por identidades que condicionan nuestra mirada del mundo y que esas posiciones que ocupamos en las distintas escalas modifican también, la probabilidad de que seamos leídxs o escuchadxs, han determinado significativamente quienes pueden o no hacer filosofía. Durante muchos siglos, parecía que el único sujeto habilitado para este ejercicio era el andros; varones blancos cisheterosexuales, de clase media/alta, capacitados, occidentales y del Norte Global, fueron quienes por muchos años configuraron aquello que hoy nombramos cuando decimos estudiar filosofía. Cualquier producción que se saliera de esta normativa, difícilmente era considerada filosofía. 

Hoy, sin embargo, algunas cosas han cambiado. Es posible pensar en identidades que no encarnan el andros que hacen filosofía. De igual modo, cada vez parece más evidente que nuestro lugar en el mundo, influye notablemente en cómo podemos llegar a concebir todos los asuntos que hemos considerado propios de la filosofía, como la ética y la epistemología, por ejemplo. 

Particularmente, me parece interesante subrayar cómo las identidades que estamos por fuera de aquello que por siglos fue el canon del filósofo, podemos llegar a construir filosofía.  Especialmente, en una propuesta por decolonizar nuestras prácticas filosóficas, qué lugar existe para otros modos de pensar estos grandes problemas, modos de pensar ajenos a las dinámicas eurocéntricas instauradas ¿qué determina si una práctica es filosófica o no lo es? ¿es acaso el deseo por responder a interrogantes considerados filosóficos? ¿o son los métodos mediante los que pretendemos dar respuesta a esos interrogantes? Si aquello que determina si algo es o no filosofía es, en esencia, la pregunta filosófica, habría lugar para considerar una construcción de nuestras maneras de filosofar mucho más diversa y heterogénea, que no dejara por fuera el cómo responder a estas preguntas desde una mirada indígena y negra, por ejemplo. Si, por otro lado, aquello que demarca el ser de la filosofía son los métodos filosóficos, difícilmente habrá lugar para construcciones desemejantes a las eurocéntricas. Evidentemente, en el segundo caso, aún sería factible que quienes nos configuramos por fuera de los marcos normativos blancos, occidentales y eurocéntricos del sujeto que hace filosofía, podamos llegar a tener prácticas filosóficas. Lo problemático es que irreparablemente tendríamos que seguir sus métodos, perpetuando de alguna manera la racialización y jerarquización sobre nuestros conocimientos ancestrales, que han sido históricamente relegados del corpus filosófico. 


Por otro lado, si entendemos la diversidad de miradas e identidades como una manera de enriquecer la filosofía, es necesario cuestionar a su vez los métodos con los que hacemos esta disciplina y abrir el espacio a maneras distintas de llevar a cabo nuestras prácticas filosóficas, pues estos métodos también son parte de una construcción androcéntrica. La apuesta por una filosofía antirracista y decolonial, no puede satisfacerse a sí misma con la mera inclusión de personas racializadas, siguiendo las mismas lógicas instauradas desde una filosofía históricamente blanca y europea. Es fundamental que en esa búsqueda incesante por objetar los grandes interrogantes de la filosofía sean tenidas en cuenta no sólo otras voces, sino otros modos plausibles del quehacer filosófico y que, al ser integrados esos otros modos, lo sean bajo ninguna clase de jerarquización. 

Concebir una filosofía que sea determinada en tanto las preguntas filosóficas que la constituye y, no sólo de acuerdo a los métodos y pautas exclusivas de la profesionalización de la filosofía, significa más que una integración parcial de autorxs que no congregan los absolutos privilegios del andros. Se trata de una actividad mucho más profunda, vinculada a la búsqueda y recuperación de autorxs que han buscado dar respuesta a las preguntas filosóficas desde marcos y cosmologías distintas. Es un desafío por descentralizar aquello que consideramos filosofía, abriendo paso a otras dinámicas como aceptables del quehacer filosófico. Si los métodos y las pautas de circunscripción siguen siendo las mismas, difícilmente las voces que han sido acalladas en la filosofía, podrán ser reparadas.   

Respecto a la pregunta, por qué hacer filosofía, vale la pena cuestionarse por qué hacer filosofía desde los márgenes, por qué vale la pena que quiénes nos anteponemos de una o múltiples maneras a la regla androcéntrica llevemos a cabo prácticas filosóficas.  Hacer filosofía desde esas identidades, inhabilitadas por muchos años, podría denotar una reducción en los sesgos androcéntricos, atravesados por la idea de hablar desde ningún lugar. Comprender que ese ningún lugar, en realidad representa el lugar del absoluto privilegio, es el primer paso para apostar por una filosofía desde múltiples lugares. Una disciplina interesada en reivindicar su origen en un lugar que no sea exclusivamente Europa, con filósofxs que no sean necesariamente varones blancos heterocis y con pautas y métodos específicos del ejercicio de filosofar, que no sean producciones exclusivas de estos sujetos particulares. Una filosofía que, así como descartó y jerarquizó otras maneras de argumentar, de cuestionar, de conocer y de concebir el universo que habitamos, se impugne a sí misma sobre sus propios métodos y sus propios procedimientos, que lejos de darse desde la abstracción, constituyen una visión particularísima del mundo, ajena a la pluralidad que conforma la diversidad de identidades de quienes de algún modo u otro han intentado rebatir las grandes preguntas filosóficas. 


Alejandra Pretel

Afrocolombiana radicada en Argentina. Estudiante de filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Militante afrofeminista, antirracista y bisexual. 


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