Farewell, Amor: la intimidad de la llegada

Emigrar implica una herida y una posibilidad. Dolor y entusiasmo son inseparables en la experiencia migratoria: por un lado, la ilusión de un futuro transformador y por otro, esa abrumadora sensación de volver a nacer, pero siendo consciente de ello: de lo desconocido, del desarraigo, del desconcierto. De alguna forma emigrar es nacer de nuevo pero entendiendo el cambio absoluto… y es precisamente esta dualidad la que escribe y filma Ekwa Msangi para Farewell, Amor (2020), una película sobre una familia originaria de Angola que tras 17 años de separación, vuelve a unirse en Estados Unidos. 

Luego de la guerra civil angoleña, Walter (Ntare Guma Mbaho Mwine), el padre, viajó hasta Nueva York con la promesa de preparar la llegada de su esposa e hija apenas aprobaran sus documentos de residencia. Ellas, mientras tanto, emigraron a Tanzania y allí se mantuvieron durante años, hasta que los trámites de visa dejaron de ser un problema. 

(disponible en la plataforma MUBI)

La película empieza cuando finalmente la familia se reencuentra en el aeropuerto después de casi dos décadas. Desde allí, Ekwa Msangi se adentra en la intimidad de la dinámica familiar y retrata con especial delicadeza la expectativa, la lealtad y la incomodidad de los personajes. Expectativa, por lo que evidentemente implica esta nueva vida, supuestamente mejor que la anterior, e incomodidad porque después de 17 años, evidentemente, se desconocen. Conviven desde la lealtad que asumieron en Angola, pero no desde la confianza. Durante la separación, Esther (Zainab Jah), la madre, se ha entregado con fervor a la religión evangélica, mientras que el padre se enamoró de otra persona. Ambxs se encuentran con la dificultad de asumir el paso de esos 17 años en la vida del otrx y de indagar si todavía pueden ser una familia. 

Por otra parte, Sylvia (Jayme Lawson), la hija, es ahora una adolescente que está apenas adaptándose a convivir con su padre con quien descubre un punto de encuentro: la danza. Ambxs bailan música angoleña y a través de ello, inician cierta complicidad. Así, la música termina siendo un elemento del que Ekwa se aprovecha muy ágilmente, primero, para embellecer la atmósfera del relato, y luego para referirse a esos aspectos culturales del lugar de origen que reposan en la memoria y activan los posicionamientos de ciertas identidades. La danza se convierte en la voluntad de los personajes, porque en ella se reconocen y en ella son, pero no desde un lugar de amor por el arte ni de pasión por el oficio, sino desde un lugar político e identitario que levanta un refugio dentro del proceso migratorio. 

Para filmar todo esto, Ekwa Msangi es impecable al escoger las corporalidades que le dan vida a Walter, Esther y Sylvia, así como a la música que los distingue. A partir de estas actuaciones sin pérdida alguna, Ekwa vincula sus propias experiencias dispóricas con la historia de su familia. Su vida ha transcurrido entre Estados Unidos y Kenya, y la historia de la pareja, es la historia de su tía y tío, que para el momento de la película no habían podido reencontrarse, ante lo cual Ekwa se imagina qué pasaría si la extranjería burocrática dejara de separarlxs… ¿sería sólo felicidad? ¿valdría la pena? ¿qué esfuerzo empezaría una vez que termine la espera? La película trata de las posibles respuestas a estas preguntas y en ese ejercicio, surge toda una reflexión sobre la llegada. Migrar es, en esencia, partir, pero también llegar. Este relato nos deja claro que sus personajes son migrantes forzadxs, pero omite cualquier detalle acerca de la partida para centrarse en la emocionalidad de los reencuentros y desencuentros. Farewell, Amor es un vistazo al viaje mental que implican las ilusiones, la desconfianza, el esfuerzo y la nostalgia; una película que viene a recordarnos sin pretensiones que lxs migrantes no somos héroes, que no somos guerrerxs, que no queremos una retórica de la épica ni de la victimización. Farewell, Amor viene a mostrar, humildemente, cómo a lxs migrantes nos atraviesa el cambio y el duelo. Hoy, en el mes de la historia negra, vale la pena recordar a través de esta película que las personas negras han estado, históricamente, obligadas a irse, a llegar, a cambiar.


Mariana Álvarez Castillo

Feminista decolonial, diaspórica y caribeña. Licenciada en Artes por la Universidad Central de Venezuela y Magíster en Estudios de la Imagen por la Universidad Alberto Hurtado de Chile. Actualmente Productora Audiovisual en Ciudad de México. 



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