Berto Romero, mira lo que has hecho

Imagen de la tercera temporada de «Mira lo que has he hecho»

Hoy vengo a hablar sobre una serie de unos de mis cómicos favoritos, pero lo haré desde la decepción. He seguido a Berto Romero desde hace lustros y creo que es uno de los humoristas más perspicaces y cultos del panorama actual. 

He visto su serie, «Mira lo que has hecho» desde la primera temporada y siempre me ha parecido un trabajo de enorme calidad. Pero después de ver la tercera entrega no he podido dejar pasar lo que a mi me parece un ataque de corporativismo y privilegio de Berto, ya que una de las tramas de la temporada se centra en la obsesión que ocupa en los últimos tiempos a los humoristas de este país, los límites del humor y las críticas que reciben. 

Esta preocupación no ha venido por un interés real de los guionistas por lo que podría ser una cuestión casi filosófica. El tema ha aparecido cuando ellos han empezado a recibir críticas por algunas de sus actuaciones, chistes o mofas. 

En declaraciones de Berto a La Vanguardia cuenta: Eso salió de una forma muy orgánica con el equipo de guionistas. La idea principal era que el Berto de la ficción pasara por una crisis de identidad y, con esta voluntad de ser lo más realista posible, nos resultó obvio entrar en un tema de los límites del humor y de un juicio mediático. Cuando escribimos, nosotros no queremos hacer ninguna tesis de cómo tendría que ser la realidad sino que simplemente la retratamos. No queremos dar lecciones a nadie. Pero evidentemente rezuma lo que pensamos. Una cosa que me gusta de la serie es que no juzga.

Berto utiliza la trama para ajustar cuentas con lo que los cómicos consideran críticas «ridículas y exageradas». Además lo hace desde una posición ventajista eligiendo muy conscientemente los elementos que más en evidencia puedan dejar a los que critican los excesos de los humoristas. 

En la serie el alter ego de Berto Romero es acusado de ser nazi por un chiste que aparece en la serie. Así se inicia una persecución popular con pintadas amenazantes en las puertas de sus casas, juicio mediático y violencia e insultos en redes. El chiste ha sido elegido cuidadosamente por Berto para que sea algo completamente banal y que en realidad no hubiera provocado ningún comentario. La elección no es casual, ya que se trata de desarticular y ridiculizar las críticas, mostrándolas como estúpidas e histéricas. 


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Incluso en un momento de la serie aparece una manifestación montada a las puertas de un teatro donde iba a actuar el protagonista. Utiliza esa manifestación para hacer un retrato tosco, ridiculizante y faltón del activismo antifascista y LGTBIQ, donde se pinta a los militantes de estos movimientos como personas desquiciadas, que se oponen a todo, y que además no saben de lo que hablan. 

Berto Romero sale en defensa de sus compañeros intentando hacer lo que todos ellos han hecho cuando se han visto envueltos en alguna polémica de este tipo: anular la crítica. 

Y esa es la base del problema. Los cómicos españoles no asumen las críticas como parte de la libertad de expresión. Cuando ellos hablan de la libertad de expresión se refieren a la suya, la que les permitiría reírse o hacer chistes de un tetrapléjico, un transexual o una persona negra sin recibir ni el más mínimo pero.

Esa libertad está amparada por la constitución. De hecho, siguen haciendo sus programas sin ningún tipo de problema. Es más, utilizan las plataformas que dan esos programas para defenderse y justificarse, además de atacar o ridiculizar a los críticos, como hace Berto Romero en su serie Abusan de su posición privilegiada y sus cientos de miles de seguidores para defenderse, véase Broncano después de su chiste insensiblemente inoportuno de fecha reciente.

Muchas veces les hemos oído hablar con envidia de la libertad y tolerancia que tienen los cómicos estadounidenses en sus espectáculos. Es cierto que los monologuistas en el país norteamericano pasan muchas veces los límites. El cómico David Chapelle es un ejemplo claro en sus monólogos donde rebasa el límite con chistes y bromas homófobas, transfobas y machistas. Lo que no hace Chapelle es lloriquear. Es consciente de que se pasa y asume las críticas (que son numerosas y duras) sin pedir que sean acalladas. Seguramente Chapelle tiene más sensibilidad porque es un hombre negro y pertenece al grupo de los otros. En España el 99 % de los cómicos son varones blancos heterosexuales. No es casualidad sus problemas con los temas raciales y de identidad sexual. La diversidad es cero.

Berto y sus compañeros, a pesar de sus declaraciones, no asumen la presencia del otro en el debate público como agente político que tiene voz propia y se defiende porque tiene derecho a hacerlo. Como escribía Antonio Maestre hace poco en su columna “Todo está en Bourdieu” :Lo políticamente correcto protege a las minorías ante quienes, desde la comodidad de una relación de poder estructural, subyugan con la palabra a un colectivo vulnerable. Su diarrea verborreíca es performativa, tiene consecuencias concretas en la vida diaria de la gente. Para que ellos no renuncien a hacer chistes de maricones, moros o travelos tiene que haber homosexuales, magrebíes o personas transexuales que agachen la cabeza cuando un grupo de privilegiados va haciendo mofa y gritando sus soflamas gonorreicas por la calle como si fuera suya. En el fondo todo se reduce al derecho de los gilipollas a conjugar todo en primera persona como si no existieran los otros. Toca callarse cuando tu chiste es su llanto.

Mientras yo seguiré viendo a Berto. Me gustó la serie en general, porque toca temas que a mi también me atraviesan como ser humano, como madre y como hija. Me sigue pareciendo un cómico excelente. Pero también criticaré a quien ataque a mi comunidad y la defenderé de la opresión. 

No es mi privilegio, es mi derecho.


Marián Cortes Owusu

Educadora. En mis ratos libres redactora en Afroféminas


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