Sobre una identidad ganada

Cuando tenía 8 años, una niña mayor que yo en el colegio me quiso insultar con una palabra que formaba parte de mi identidad. No recuerdo exactamente qué había pasado, tal vez le había lanzado una pelota por error, tal vez me había tropezado, el caso es que la susodicha me quería herir. En su intento de despreciarme, me dijo “negra” y para mí fue la primera vez que alguien me llamó de esa manera de forma despectiva. Si bien no era algo de lo que se hablara en casa, otros niños me habían llamado negra antes y yo les decía que yo no era negra, era “marrón”. 

Dejando de lado mí incomprensión hacia el término sí que entendí la diferencia en su uso. En este caso la palabra “negra” estaba destinada como insulto y eso fue lo que más me dolió. El hecho de que alguien pudiera considerar que ser negra fuese algo malo. No fue hasta cumplir los 23 cuando fui capaz de abrazar esa palabra que tanto dolor me afligió entonces. Una palabra históricamente utilizada para denigrar, para señalar al otro como distinto o para venderlo en la época de la esclavitud. Un tiempo más cercano al nuestro de la que pensamos. Cogí la palabra y le vendé las heridas. La dejé sanar en las entrañas de la memoria y la fui haciendo mía, para que creciera y me empoderara. Para que me hiciera, de alguna forma, completa.

Completar no significaba que estuviera vacía. De hecho, mi identidad era de una persona cualquiera nacida en Madrid y yo me sentía cómoda en ella. Pero estaba incompleta. De madre española y padre ecuatoguineano, solo me consideraba española porque era lo que conocía. De alguna manera, la ausencia de referentes en mi entorno había abierto un abismo descomunal entre mis dos identidades. Una grieta de la que no era plenamente consciente pero que sí percibía intuir cuando andaba por la calle y personas negras me saludaban con la mirada. Cuando me llamaban “hermana” y yo asentía y sonría sin llegar a comprender exactamente el término.

Fue en un viaje a Senegal cuando me di cuenta de mi otra identidad. Mientras que en España era la negra. Allí yo era la blanca. Solo en el momento en el que me percaté de la extraña sensación de no pertenecer a un grupo con el que me habían identificado con frecuencia en España, fue cuando comprendí que no era ninguna y al mismo tiempo era ambas. Y me empecé a buscar, a conocer entornos y contextos como los creados por la asociación de afrodescendientes Kwanza y el espacio de encuentro de conciencia Afro.

Solo en estos espacios en los que “negro” es una palabra de empoderamiento, fue en los que me encontré. Me sentí dispuesta y segura para hablar abiertamente sobre racismo e identidad con personas que han vivido experiencias parecidas. Pero soy consciente que necesito más tiempo para disfrutar de esa identidad que ha estado aletargada durante tantos años. Es por eso que me sigo buscando. Este sábado será la primera vez que asista al festival de conciencia Afro en el centro cultura de Matadero de Madrid. Un lugar de encuentro y de acción política. De tomar consciencia de una identidad que a veces se nos ha sido negada o tergiversada a través del prisma de otras representaciones, lejanas a las propias. Porque hay ocasiones en la que es necesario encontrarse y asociarse para hacerse más visibles, más audibles y, con suerte, más libres.


Pilar Bebea Zamorano

Periodista y comunicadora audiovisual afroespañola viviendo en Madrid. Ha realizado varios cortos documentales en Europa y actualmente se encuentra trabajando en proyectos personales tanto audiovisuales como escritos.

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Un comentario

  1. “El hecho de que alguien pudiera considerar que ser negra fuese algo malo… Una palabra históricamente utilizada para denigrar…”
    No sé si has caído en la cuenta del origen y contenido de la palabra “denigrar”, algo como “rebajar a la categoría de negr@”.
    Creo que hay que erradicarla de nuestro vocabulario, porque ser negra no es nada malo y esta palabra indica un menosprecio por las personas negras.

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