
Hay una práctica persistente —y demasiado reconocible— en el mundo cultural, académico y activista: pedirle a las mujeres negras que trabajen gratis. No como error aislado, sino como hábito estructural. Se nos convoca, se nos solicita, se nos reclama presencia, pensamiento, análisis, pedagogía. Y casi nunca se habla de dinero.
No es casual. Es un sistema.
Frantz Fanon explicó con precisión que el colonialismo no solo explota cuerpos y territorios, sino también energía psíquica y tiempo vital. En Los condenados de la tierra señala que el sistema colonial se sostiene gracias a una extracción constante, normalizada, que acaba pareciendo natural tanto para quien domina como para quien es dominado. Esa lógica no desaparece: se transforma.
Hoy, esa extracción adopta una forma amable: invitaciones, entrevistas, “conversaciones”, llamadas “informales”, espacios de prestigio sin remuneración. El resultado es el mismo: nuestro tiempo es tratado como un recurso disponible, no como trabajo profesional.
El tiempo no es simbólico: es material
Cuando se pide a una mujer negra que “comparta su experiencia” sin honorarios, no se le está pidiendo un favor. Se le está exigiendo trabajo cognitivo, emocional y político sin reconocerlo como tal.
Angela Davis lo formula con claridad cuando afirma que el activismo no puede sostenerse únicamente sobre el sacrificio permanente de quienes ya están en los márgenes, porque eso reproduce las mismas jerarquías que dice combatir. Si la lucha depende de que algunas personas trabajen gratis de manera crónica, entonces no estamos ante un movimiento emancipador, sino ante una redistribución injusta del desgaste.
Este punto es fundamental: no todo trabajo político es voluntario, y no todo lo que se nombra como “militancia” puede desligarse de las condiciones materiales de quien lo realiza.
El halago como tecnología de extracción
Una de las formas más eficaces de esta violencia es el elogio. El sistema no nos desprecia abiertamente; nos admira… mientras nos desgasta.
bell hooks escribió repetidamente que el reconocimiento simbólico sin redistribución material es una forma de dominación suave. Celebrar la voz de las mujeres negras mientras se les niegan recursos reales no es contradicción: es una estrategia de control. Se nos quiere visibles, pero no autónomas. Inspiradoras, pero no sostenidas.
Por eso abundan las frases como “tu trabajo es tan necesario” o “esto es muy importante”, seguidas de presupuestos insultantes o directamente inexistentes. El mensaje implícito es claro: tu pensamiento vale, tu tiempo no.
Cobrar no es traicionar la causa
Existe una presión constante para que las mujeres negras justifiquemos por qué cobramos. Como si poner precio a nuestro trabajo intelectual nos volviera menos comprometidas.
Audre Lorde fue tajante al respecto: “Cuidarme a mí misma no es autoindulgencia, es autopreservación, y eso es un acto de guerra política”. La autopreservación incluye no regalar sistemáticamente el propio trabajo en un mundo que ya se beneficia de él.
Cuando una profesional con trayectoria recibe ofertas de 150 o 200 euros por trabajos que requieren preparación, experiencia y exposición pública, no estamos ante un mal cálculo: estamos ante una desvalorización estructural. Y esa desvalorización tiene raza y género.
La fantasía del acceso infinito
Se nos pide disponibilidad constante. Que atendamos llamadas. Que expliquemos. Que traduzcamos. Que hagamos pedagogía permanente. Como si nuestro tiempo fuera elástico, inagotable.
Octavia Butler nos dejó una advertencia que aquí es profundamente literal: “Todo lo que tocas, te toca. Todo lo que cambias, te cambia”. La explotación continua del tiempo negro no es neutra: erosiona, desgasta, enferma. No hay producción infinita sin consecuencias.
Cada hora no remunerada es una hora que se resta al descanso, a la creación propia, a la vida. Y eso también es una forma de violencia.
Nombrarlo es una responsabilidad política
Este texto no responde a un caso concreto, sino a un patrón reconocible. Una estructura que se repite con demasiada precisión como para seguir llamándola coincidencia.
Pedir trabajo gratuito a mujeres negras no es ingenuidad.
Es una práctica aprendida.
Y, por tanto, puede y debe ser desaprendida.
Afroféminas no es un pasatiempo.
Nuestro pensamiento no es decorativo.
Nuestro tiempo no es un bien común disponible para cualquiera.
Quien quiera nuestro trabajo debe venir con presupuesto, condiciones claras y respeto profesional. Todo lo demás es consumo abusivo del tiempo negro, aunque se disfrace de admiración o compromiso social.
Y eso —dicho con toda claridad— también es racismo.
Afroféminas

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