A 30 años del asesinato de Lucrecia Pérez, ¿la vida sigue igual?

Corría noviembre del año 1992 y se cumplian 500 de la llegada de Cristóbal Colón a América. Las celebraciones en el Estado Español habían sido por todo lo alto, coincidiendo con las Olimpiada de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. En la península creían ser el centro del Mundo. La inmigración era un fenómeno nuevo, y crecía debido a la prosperidad reciente de un estado que se había incorporado hacía muy pocos años a la Unión Europea.

Es en esa España, más concretamente en Madrid, donde Lucrecia Pérez aterriza desde Dominicana con 32 años y una niña de 6, Kenia.

Lucrecia, como casi todos los migrantes buscaba una vida en condiciones para ella y su hija, y también mejorar la de aquellos que había dejado atrás en su tierra. Pero las cosas nunca fueron bien.


Activistas han reproducido el mural de homenaje a Lucrecia Pérez, que fue retirado por el alcalde de Madrid Martínez Almeida. Hay que recordar la connivencia del alcalde con la extrema derecha en el ayuntamiento.

A su llegada a Madrid trabajó como interna en una casa de donde la echaron a los pocos días porque según confesaba la propia empleadora: «La despedí porque no servía para el trabajo». Cada palabra de la empeladora que contaba a EL País de la época, nos muestra la realidad de la sociedad española de hace 30 años: «Ignoraba el oficio de chacha y, además, estaba enferma, con anemia, se caía por las mañanas. No sabía lo que era un grifo, ni un baño, ni un ascensor. La lavadora era el no va más».

Lucrecia venía de un pueblo llamado Vicente Noble del suroeste de la República Dominicana donde por aquel entonces no había muchas de las comodidades de lo que llamaban primer mundo. Lucrecia sobrevivía vendiendo lo que cultivaba en un pedacito de tierra.



Enferma, sin casa, sin papeles y sin trabajo, Lucrecia acabó en Aravaca, en el norte de Madrid. En las ruinas de la antigua discoteca ‘Four Roses’ vivían unos treinta inmigrantes en condiciones penosas, sin luz ni agua.

La noche del 13 de noviembre, Luis Merino Pérez y otros tres amigos, todos de extrema derecha, habían quedado en la Plaza de los Cubos, donde solían reunirse personas vinculadas a grupos fascistas y skinheads. Merino, tenía 25 años y era Guardia Civil, pero sus compañeros eran menores de edad. Habían estado hablando de “dar un escarmiento a los negros”, y desde allí fueron a la Four Roses porque sabían que allí había migrantes viviendo. Armado Luis Merino con su pistola reglamentaria y los demás con navajas y cuchillos, irrumpieron en el local abandonado donde Lucrecia Pérez cenaba con algunos compañeros. Merino disparó de forma indiscriminada contra el grupo, y las balas mataron a Lucrecia e hirieron de gravedad a Augusto César Vargas.

Los culpables fueron detenidos y sentenciados en conjunto a 126 años de prisión: 54 años para Luis Merino como autor de un asesinato consumado y otro frustrado y 24 años para cada uno de los tres menores.

El fiscal dijo en el juicio que asesinaron a Lucrecia «por ser extranjera, negra y pobre» y su muerte está considerada el primer crimen de odio en España.

Es interesante hoy hacer el ejercicio de pensar en cómo vería la propia Lucrecia la España de hoy en día, y si su periplo sería diferente en algún sentido. Lo cierto es que los sin papeles sufren los mismos tormentos y calamidades y tienen la misma desprotección ante los abusos. Muchos subsisten en las mismas condiciones que Lucrecia.

Lucrecia se encontraría una España donde un partido de extrema derecha (VOX) es la tercera fuerza política en el país, con casi 4 millones de votos, basando su discurso en las mismas mentiras y odio que llevaron a su asesinato. Habitaría un país, frontera de la Unión Europea, cerrado a cal y canto, donde mueren decenas de personas al intentar saltar una valla en busca de una vida mejor.

Por otro lado, el antirracismo está más presente que nunca en la sociedad. Las personas negras ocupan (poco a poco y con mucho trabajo) más espacios públicos, y se avanza el reconocimiento real de los problemas de racismo y xenofobia.

En las instituciones políticas de todas las administraciones hay hoy organismos que tienen como objetivo acabar con los discursos de odio racistas y por primera vez tenemos representación política racializada en democracia, cada elección más numerosa.

Las cosas cambian lentamente, pero cambian. es verdad que sobre todo debido al empuje de organizaciones y medios preocupados por la situación real del racismo. Esa fuerza está presente y creciendo, ejerciendo de factor moral, ante una sociedad que fácilmente camina en sentido contrario. de momento lo éxitos son escasos, pero importantes.

Así que Lucrecia, no está todo perdido.

Afroféminas


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