Las gitanas no podemos ir tranquilas ni de compras

En octubre de 2019, trece niñas gitanas y tres educadoras de la asociación AMUGE fueron al cine en el centro comercial Zubiarte de Bilbao. A la salida, entraron en una tienda de ropa y se dieron cuenta de que un vigilante de seguridad las seguía por los pasillos. Cuando bajaron a otra planta, otros dos trabajadores de Prosegur las persiguieron. Las educadoras sintieron impotencia, las niñas miedo y rabia; fueron conscientes de que habían sido perseguidas solo por ser gitanas. Lo denunciamos públicamente, escribimos a Prosegur, nos informamos de qué posibilidades teníamos de denunciarlo en un Juzgado. Y ahí, una vez más, nos dimos cuenta de que las normas no nos protegen, ni tan siquiera a nuestras niñas.

A las gitanas se nos ha perseguido históricamente, y se nos persigue a diario sólo por ser gitanas; la sociedad perpetua este antigitanismo y las instituciones y el sistema judicial no nos amparan.

El artículo 510 del Código Penal no contempla el racismo cotidiano – sólo contempla el “fomentar, promover, o incitar directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra un grupo, una parte del mismo, o contra una persona determinada por razón de su pertenencia” – y la Ley de Igualdad de Trato sigue sin ser una realidad. Por ello, en estos casos la única herramienta que tenemos es poner una hoja de reclamaciones, que no tiene recorrido jurídico.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Las compañeras de SOS Racismo Bizkaia nos hablaron entonces del testing, una técnica de investigación que han utilizado para demostrar la discriminación hacia las personas racializadas en contextos como el ocio nocturno, las inmobiliarias y las ofertas de empleo.

Así, entre los pasados días 26 de octubre y 15 de noviembre, organizamos grupos de voluntarias gitanas y blancas de edades similares que entraron a 15 supermercados y 5 centros comerciales de Bizkaia para comparar el trato desigual que recibían por parte de personal de tienda y de seguridad privada. En 16 de ellos, es decir, en el 80% de las visitas, las voluntarias gitanas sufrimos actitudes criminalizadoras que las voluntarias blancas en ningún momento enfrentaron. Cada día que se realizó el testing, hubo persecución y discriminación, sin excepciones. Cada una de las 14 mujeres gitanas que han participado en la investigación sufrió algún incidente en algún momento.


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Los trabajadores y trabajadoras de las tiendas nos persiguieron por los pasillos, retiraron el jamón del mostrador de la charcutería, pidieron refuerzos cuando pasamos por la perfumería, llamaron a Seguridad porque les parecía que llevábamos demasiado rato mirando ropa, hicieron comentarios entre ellas como “Uf, ¿todavía siguen aquí?” delante de nosotras. Yo entré al probador de una conocida tienda de ropa y pasaron solo mi mochila por el detector. Cuando le pregunté a la dependienta por qué no había pasado la mochila del señor que entró delante de mí, contestó que porque él es un hombre. Ah, ¿entonces su actitud no fue racista sino sexista?

Lo ocurrido durante el testing sorprendió más a las voluntarias blancas que a nosotras, que íbamos mentalizadas porque nos pasa cotidianamente. Sin embargo, que lo tengamos normalizado no significa que no nos duela. El dolor que provoca el racismo es equiparable al de un daño físico. Nos pone literalmente enfermas.

También duele el silencio de la gente blanca cuando ven que nos persiguen, que nos tratan como sospechosas, como delincuentes potenciales, en vez de como clientas. No les extraña ver a un vigilante de seguridad siguiendo a una gitana en el supermercado o la perfumería, porque el estereotipo que nos pinta de ladronas está arraigado en el imaginario colectivo, desde La gitanilla de Cervantes o el personaje de Esmeralda que escribió Victor Hugo y animó Disney. Se trata de una construcción social que ha respondido a intereses ideológicos y políticos. Acusarnos de delitos que no hemos cometido y usar el término “gitano” como sinónimo de “ladrón” han sido estrategias utilizadas para justificar nuestra persecución histórica.

Encontramos en esa dolorosa historia la explicación de que el personal de tienda y de seguridad nos persiga con descaro y haga comentarios a nuestras espaldas sin importarles que nos enteremos ni que se entere toda la tienda. Pero no se trata solo de los prejuicios antigitanos que pueden tener personas concretas, sino que la plantilla recibe instrucciones basadas en esos prejuicios.

Dirán que han tenido muchos casos de mujeres gitanas que roban o que timan, ¿pero cuántos casos de personas blancas tienen? No lo saben, porque a ellas no las controlan como a nosotras y porque si roban personas blancas, no se extiende esa sospecha a todas.

Las mujeres que han participado en el testing han expresado que se han sentido incómodas, acosadas y perseguidas, que han sentido rabia, decepción e impotencia. Pero la emoción que quiero destacar es la vergüenza. Nos da mucha vergüenza que nos humillen en público y que la gente piense que hemos hecho algo. El resultado es que preferimos comprar solo en las tiendas del barrio y en el mercadillo, donde nos conocen, donde podemos sentirnos libres y seguras.

¿Sabíais que cuando las gitanas vamos de compras preferimos asfixiarnos de calor que quitarnos la chaqueta, porque si nos la ven en el brazo van a pensar que la usamos para robar? ¿Sabíais que nos discriminan más cuando vamos con niñas y niños porque piensan que los usamos para robar? ¿Y que cuando vamos de compra nos arreglamos, y modificamos nuestro aspecto para no tener problemas? Cada una tenemos nuestras estrategias, pero por lo general, lo sufrimos y nos genera rabia, dolor e indignación.

Estas cosas no solo nos pasan de compras. El antigitanismo está presente en nuestras vidas desde pequeñas: en la escuela, en la consulta médica, en las entrevistas de trabajo o cuando buscamos
una vivienda.

El sentimiento interiorizado de que lo gitano es malo nos deja pocas opciones: o disimular nuestra
identidad para no ser reconocidas o asumir ese estereotipo y convertirnos en las gitanas que quieren
que seamos. Criminalizadas o sumisas. Y no, no somos eso, somos sujetos políticos con derechos.
Nuestro problema no es la falta de empoderamiento; no tenemos miedo a alzar la voz, a mirar a los
ojos a quien nos está acosando y preguntarle: “¿Por qué solo me sigues a mí?”. El problema, más bien, es que las herramientas que existen dentro del sistema no son suficientes para protegernos jurídicamente y para repararnos. Estamos cansadas y nos sentimos solas.

Por eso os necesitamos. Necesitamos que el resto de la sociedad vasca empatice con la persecución a nuestro pueblo. Necesitamos que las feministas entendáis que la primera violencia que sufrimos nosotras no es por ser mujeres sino por ser gitanas. Necesitamos que quienes sois padres, madres o educadoras, defendáis también a nuestras criaturas. Necesitamos aliadas y aliados que no miren para otro lado, que no piensen “algo habrá hecho”. Necesitamos que denunciéis el racismo de las instituciones y necesitamos vuestro apoyo para poder contar con herramientas jurídicas que nos amparen a todas. Necesitamos que os cuestionéis vuestros privilegios para luchar en contra de este sistema capitalista, patriarcal y racista y derrumbarlo.

Tamara Clavería, responsable de AMUGE



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