Reflexiones de un plantón antirracista en medio de un paro nacional que lleva treinta días

El pasado seis de enero el Capitolio estadounidense fue invadido por un grupo de supremacistas blancos. Dicho grupo violentó no solo la democracia de su país, sino, como muchas personas predijimos, la democracia de muchas otras naciones; el eco de ese desfachatado ataque se puede rastrear en diferentes rincones del Planeta. No es un secreto que los supremacistas blancos tomaron ese acto como bandera para afirmar sus ideas de superioridad y justificar sus agresiones. 

El pasado nueve de mayo, 123 días después del ataque al Capitolio, en Calí, Colombia un grupo paramilitar ataca a la minga indígena (autoridades indígenas de diez diferentes pueblos del Cauca). Después de que empezaron a correr los vídeos de lo que aconteció y de que los informes ahogaron las páginas de la prensa nacional e internacional; vi el origen de un acto semejante en lo que había sucedido en Washington meses atrás. Y es que el discurso de la supremacía blanca es transnacional y si no tomamos acción tiene el potencial de destruirnos a todes. 

El pasado doce de mayo, 126 días después del ataque al Capitolio, un ataque aéreo del ejército israelí en Gaza muestra el comienzo de una ofensiva intensificada contra Palestina. Lo que está pasando en esta nación del Medio Oriente ha sido leído como una dinámica que replica el Apartheid sudafricano. 

Las tres pasadas fechas son una muestra de que los discursos de odio contra la multiplicidad racial y étnica se encuentran, convergen. Ante un panorama tan monstruoso, pensé que una iniciativa dedicada únicamente a entender el tema de la raza como determinante tanto en lo que pasa en Colombia, como lo que pasa en otros muchos lugares, era una manera de encarar la conversación que tanto evitamos tener, en especial en Latinoamérica: somos todes profundamente racistas, estamos culturizados de esta manera. Contrario a lo que crecemos creyendo es un deber desaprender lo que se nos enseña en el colegio o en la escuela.  Entramos a una edad adulta sin dimensionar cuán inherente a nuestra crianza y las dinámicas del día a día es el racismo que se manifiesta de manera estructural, sistemática e institucional. Parece increíble que volver a lo más básico sea también el paso más obvio: es indispensable dialogar.

El pasado catorce de mayo, 128 días después del ataque al Capitolio, un platón antirracista tuvo lugar en Bogotá. Un grupo heterogéneo de personas paramos, nos detuvimos a vernos mutuamente, nos vestimos de antirracismo y logramos escucharnos. Fue, por supuesto, una oportunidad para servir de plataforma para voces afrocolombianas que han trabajado arduamente por erradicar el racismo desde sus profesiones y su activismo; fue también el momento para entender que si no vemos este problema a la cara, nos tragará vivos a todes.  Entiéndase entonces ese antirracismo como trans-incluyente, colectivo, feminista, múltiple y cambiante. 

Días después de que se llevará a cabo el platón, aún estaba la sensación viva de que la calle sí es la respuesta al supuesto aislamiento ideológico que venden los medios y a veces las redes sociales, porque fue una oportunidad de entender que erradicar el racismo es una urgencia y una tarea en la que cada persona tiene que cumplir un rol. Nuestras culturas, etnicidades, fenotipos, entrelazados como están, prosperarán desde el reconocimiento, la aceptación y el empoderamiento del otre; de ese otre como aliade y no como enemigo. ¿Cuándo seremos aliades de verdad?, ¿cuándo amigues? Esas son las preguntas, cuándo pesará más lo que nos une que lo que nos separa o nos diferencia. Yo no tengo una respuesta, quisiera, pero me sobrepasa. Sé algo, no obstante, lo que vi en ese plantón fue el entendimiento conjunto de que el racismo nos atraviesa, nos mata; también, la promesa de un porvenir, la promesa de que no solo somos las personas negras y de comunidades originarios las que estamos cansadas de tantos vejámenes.

Postdata: este texto es, queride lectore, una nota que se lanza al océano; la lanzó con esperanza, pero la lanzó porque quiero sobrevivir. 

En Colombia nos están matando. En Gaza nos están matando. ¿Cuánto más podemos resistir? 


Carolina Rodríguez Mayo

Egresada de Literatura con opción en Filosófia de la Universidad de los Andes. Especialista en Comunicación Multimedia de la Universidad Sergio Arboleda. Colombiana de Bogotá.  Feminista interseccional y defensora de las preguntas como primer paso al conocimiento. Escribir poesía es lo único que me reconforta. Todo lo demás que escribo es una invitación al diálogo. Viajera, fashionista, cinéfila y amante de la buena comida. 


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