Hacernos responsables del dolor ajeno

“Personas blancas, con el pretexto del humor, banalizan y se divierten con la violencia y la muerte hacia los cuerpos negros”, rezaba el tweet que Afroféminas dirigió, directamente, al humorista español David Broncano el pasado mes de junio, después de que este hiciera un chiste en su programa La Resistencia en el que incluía una imagen explícita del hombre asesinado a manos de la policía estadounidense en Minneapolis, George Floyd.

“Pero si es un chiste contra los abusos policiales, ¿qué estáis diciendo? ¿lo habéis escuchado o habéis visto la imagen y ya?”, respondió él.

Poco después de esta polémica, Afroféminas publica un artículo en el que su redactora Marián Cortes expone los motivos por los que es importante que todes tomemos consciencia sobre la importancia de los límites del humor. Porque sí, la libertad de expresión y el humor tienen límites.

Como mujer blanca, me atrevería a afirmar que el problema no es el chiste en si. Y que, sí, la crítica es totalmente comprensible. La explicación de Broncano también resulta bastante razonable. Sin embargo, dejar de sordas y “poco atentas” a las compañeras de Afroféminas solamente por no reconocer su propia metedura de pata resulta, cuanto menos, ridículo.

El verdadero problema de este hecho radica en la incapacidad del humorista para reconocer que su acto haya podido causar dolor, malestar o decepción en un colectivo, el cual ha sido históricamente oprimido, como es el colectivo de personas racializadas, no-blancas o afrodescendientes.

El principal problema no es que ciertos personajes públicos (en este caso humoristas) puedan ofender con su humor y su forma de representar una realidad que, siendo francos, les queda bastante lejos. El problema es que estas personas no sean capaces de hacer autocrítica.


La tienda de Afroféminas



Cuando Broncano se explica y responde al tweet de Afroféminas sin mostrar un ápice de arrepentimiento o de culpa, sin pedir perdón ni estar abierto a una rectificación, demuestra un exceso de soberbia por su parte que, ni siquiera aquellas personas que hemos aplaudido todos y cada uno de sus chistes durante tanto tiempo, somos capaces de comprender, ni de compartir. 

Pero lo más decepcionante de este asunto es la poca solidaridad que el humorista y, en este caso, los humoristas de este país están mostrando hacia un colectivo históricamente oprimido que les está mostrando su dolor y rechazo a este tipo de humor.

La frase “el humor no tiene límites”, resulta comprensible en un contexto en el que Dani Mateo se suena los mocos con una bandera de España y grupos y personas de ideología claramente franquista lo denuncian por “ofensas o ultraje a símbolos a símbolos de España o sus comunidades”, algo que, por cierto, está contemplado en el Código Penal español.

No obstante, en ese caso, Wyoming aparece pidiendo perdón públicamente por “generar crispación social”. Es curioso.

Bajo mi humilde opinión, el humor sí tiene límites cuando se trata de mofarse de religiones, etnias o colectivos en general a los cuales nosotros no pertenecemos y a los cuales, nosotros mismos, históricamente hemos situado en el bando oprimido.

Porque no queremos hacernos responsables del dolor ajeno y, bajo el emblema de la “libertad de expresión” seguimos promoviendo ofensas y crispación en personas con las que jamás podremos compartir su dolor.

Y cuando estas personas nos expresan su disconformidad con nuestra forma de hacer humor o de hablar sobre ellos les dejamos de locos y les intentamos hacer creer que “no han pillado el chiste”, “hay qué ver que poco sentido del humor” o “hoy en día uno no se puede reír de nada”.

Sin embargo cuando nos tocan nuestra bandera, esa que tantas vidas ha costado, y que hoy en día sigue sirviendo para reprimir a todas aquellas personas que no piensan como “nosotros” o que no encajan en nuestro modelo de sociedad, ahí sí corremos a pedir disculpas.

Por eso es importante que entendamos que el dolor ajeno nos pertenece y que, como diría la activista y comunicadora Desirée Bela, la intención no es lo que cuenta, lo que cuenta es el efecto que producimos con nuestros actos y el dolor que estos pueden causar.

Debemos hacernos responsables de nuestros actos, porque es ahí donde empieza el antirracismo. 

El antirracismo no consiste en poner un cuadradito negro en nuestras redes sociales. Ser antirracista también significa levantarse de una mesa del día de Navidad cuando tu propia familia está haciendo chistes racistas, cambiar de referentes, dejar de aplaudir y de considerar ídolos a los mismos de siempre quienes, escudados en su propio privilegio, jamás van a ser capaces de solidarizarse con el dolor y el sufrimiento ajeno.


Clara E. Mengual

Periodista especializada en Estudios Migratorios y Género. Lucho por un periodismo antirracista, interseccional y feminista. Instagram: @ claraemengual / Blog https://claraemengual.com/


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