Fuertes, valientes y poderosas

Pintura al oleo de Sara Golish

A mi hija, la luz de mi vida.

Te quiero libre, rebelde y loca

Me llamo Siham y soy una mujer negra, africana, árabe, tuareg, musulmana y española. Son múltiples las identidades que me definen y todas ellas han marcado mi trayectoria y mi forma de ser, de actuar y de luchar. A lo largo de mi vida entre dos continentes he aprendido de muchas mujeres diversas, mujeres que también me han ayudado a definirme, a empoderarme y a crecer. Doy las gracias a todas ellas por lo que soy hoy en día.

Mi primera infancia estuvo marcada por la figura de mi abuela materna, una mujer bereber, bella y orgullosa de sí misma. Proyectaba una imagen de mujer fuerte y dura, pero a la vez era dulce y muy cariñosa. En su niñez, y debido a la época que le tocó vivir, mi abuela no cursó estudios, fue analfabeta toda su vida si bien no se caracterizaba precisamente por carecer de conocimientos que transmitir a sus iguales. Mi abuela no sabía leer ni escribir en papel, pero tenía mucha sabiduría. Sabía leer e interpretar las palabras dichas y no dichas, sabía  ponerse en el lugar del otro para entenderlo, sabía cuándo había que hablar y cuándo había que guardar silencio. Mi abuela era la sabia de mi extensa familia.

Ella fue la primera persona que marcó mi trayectoria femenina. Ha sido para mí el ejemplo de mujer que lo sabía gestionar todo, que siempre encontraba solución a casi todos los problemas, la mujer que dijo no cuando nadie se atrevía a contradecir las costumbres y tradiciones, la mujer que alzó la voz para defenderse a ella y a otras mujeres que no podían hacerlo por ellas mismas, la mujer que se atrevió en su época a pintarse, a llevar una peluca, a salir sin pañuelo y a desafiar a la sociedad patriarcal.

Mi abuela me enseñó tradiciones femeninas ancestrales que ya no se enseñan: el significado de mi primera regla, mis primeros hechizos contra el mal de ojo, cómo  atraer a gente que me gustaba, oraciones para sanar el alma y el corazón de nuestros seres queridos…; enseñanzas que siempre se han considerado brujería y magia… Soy bruja, pues, y honro así la memoria de mis ancestras. Y estoy orgullosa de serlo y de transmitir estos conocimientos a mi hija.

Mi madre fue la mujer que me enseñó mis primeras palabras y a la vez mis primeras letras. Tuve la suerte de tenerla como maestra en los primeros años en el colegio. Su vida fue muy corta, ya que murió a la edad de 47 años, pero le dio tiempo a transmitirme algunas enseñanzas de vida. Me enseñó a amar, a respetar, a estar orgullosa de mí misma. Me enseñó que la vida es demasiado valiosa para no aprovecharla, me enseñó el cariño, el esfuerzo. Su vida fue muy dura, no sé si atreverme a decir que quizá fue infeliz. Mi madre sufrió mucho por amor, y eso le dio fuerza para seguir y ser un ejemplo para mí. Me acuerdo del día de su entierro, un 25 de septiembre, coincidía con  el comienzo escolar. Había más gente joven en su entierro que en cualquiera de los que había asistido antes. Era una persona cercana a las mujeres, a las niñas y a los jóvenes en general. Siempre nos animaba a seguir adelante con nuestros sueños a pesar de todas las dificultades. 

Después de mi madre pasaron a llenar mi mochila de aprendizaje femenino muchas mujeres, cada una de ellas de una forma u otra: profesoras, amigas, conocidas, vecinas, familiares, compañeras de carrera, de trabajo… y otras más.  De todas ellas aprendí a amarme a mí misma tal y como soy. 

Me acuerdo especialmente de mi peluquera (de Cehegín, un pueblo de Murcia): fue una de las personas que me ayudó a reconciliarme con mi pelo afro. Es un poco extraño pero es cierto. Siempre nos han dicho a nosotras las mujeres negras que vamos feas con el pelo afro, rizado e indomable, que la belleza femenina está en el pelo liso, largo y la tez blanca. Mi aprendizaje a quererme como mujer africana y negra se marcó tanto aquí en España como en mi país de origen. Empecé a aceptarme como soy con mi pelo afro, superrizado e indomable, que bajo la lluvia y el agua de la playa o la piscina se convertía en una esponja no fácil de domar que no se puede ni tocar. En el camino hacia mi autoconocimiento y la autoaceptación descubrí que soy la misma persona con mi pelo afro, negro y para nada liso. Dejé de maltratarme el pelo, de levantarme todos los días casi una hora antes para alisármelo, de echarme productos de alisamiento perjudiciales para mi salud…. Tardé casi treinta años en liberarme, pero lo hice por fin, y eso gracias a mis aprendizajes femeninos y a mi lucha por la liberación personal y el empoderamiento femenino.

Desde que llegué a España y desde mi trayectoria profesional —primero como mediadora, educadora, intérprete y ahora como profesora— me doy cuenta de que la historia femenina que se cuenta aquí, en España, es solo la de mujeres blancas, europeas, occidentales. Miles de mujeres a lo largo de los siglos han luchado contra viento y marea para romper con una sociedad que las tenía desprovistas de derechos y libertades. Muchas han sido pioneras y han alzado la voz en defensa de los derechos robados a las mujeres. Mujeres valientes cuyos logros estamos disfrutando hoy en día tanto las mujeres de aquí como las que hemos venido de fuera.

A las mujeres blancas, occidentales y europeas  cuyas miradas y actitudes están llenas de lástima y paternalismo respecto a las migrantes, africanas, magrebíes, árabes, latinas, gitanas, musulmanas… quiero decirles algo: es cierto que somos víctimas del machismo y del patriarcado en nuestros países, pero también lo somos aquí, donde además sufrimos racismo, rechazo e islamofobia. Nosotras, las “otras”, queremos hacerles saber que en todas las luchas femeninas del mundo el frente es común. Queremos que dejen de hablar de nosotras, de lo que nos conviene o no, de lo que debemos hacer. Podemos decirlo nosotras mismas alto y claro con nuestras propias palabras. Queremos aprender de sus luchas, al igual que ellas pueden aprender de las nuestras, queremos aplaudir sus logros, pero nosotras queremos actuar desde dentro de nuestros marcos culturales, tradiciones y espiritualidad, sin tener que renunciar a nuestra forma de ser y de estar en el mundo. Nosotras queremos ser las protagonistas de nuestras reivindicaciones. 

Nuestras voces y nuestros gritos van dirigidos contra todo tipo de discriminación a cualquier mujer por el hecho de serlo. Deberíamos hacer un frente común y planificar unas líneas de trabajo desde los diferentes movimientos que luchan por la igualdad, pero sin que ello suponga tener que renunciar a nuestros valores, a nuestro modo de vida y a nuestra identidad. No queremos asimilarnos, queremos ser.

Queremos acabar con el paternalismo blanco occidental que pretende liberarnos sin tenernos en cuenta.

Las luchas femeninas no pueden ser las mismas en todas las culturas ni sostener el mismo discurso frente a los dogmas, pero todas las reivindicaciones tienen una cosa en común y es que están en contra del patriarcado y del machismo que, inshaAllah, algún día desaparecerán. Nuestro grito es un grito común contra cualquier tipo de discriminación a la mujer, en cualquier lugar del mundo.

No quiero que hablen de mí. Quiero que me dejen hablar a mí, que me dejen llevar a cabo la lucha a mi manera. Cada una de nosotras está marcada por una cultura, una sociedad, unas tradiciones, una identidad…Queremos luchar desde el lugar que nos corresponde.

Estoy orgullosa de pertenecer a tantas culturas y ser un nexo de unión entre distintas mujeres. Mi deseo es que trabajemos juntas, que todas juntas defendamos la misma causa aunque cada una desde su trinchera, ya que todas luchamos por lo mismo: los derechos de las mujeres, ya sean blancas, negras, musulmanas, ateas, árabes… 

Unamos nuestras fuerzas y nuestras voces; cada una en su idioma, con su esencia y su singularidad;  para ser fuertes, valientes y poderosas.


Siham Ater Sro

Mujer negra, africana, árabe, tuareg, musulmana y española. Soy mujer del mundo, madre, mediadora intercultural, intérprete, miembro de redmusulmanas y profesora.


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