El germen de Brasil

En situaciones desesperadas el ser humano tiende a tomar medidas desesperadas por lo que no es una sorpresa que Jair Bolsonaro haya encontrado el poder en la cumbre de las miserias brasileñas. 

La violencia ha sido una de las grandes excusas que el pueblo brasileño ha ofrecido para alzar sobre sus hombros al actual presidente de la República. 

Sin embargo, el nuevo soberano tiene una peculiar manera de enfrentar esta problemática, adoptando una postura que se podría resumir en “muerto el pobre, se acabó la guerra”.

Ante una situación de 65.000 homicidios anuales, Jair Bolsonaro presentó algunas medidas poco convencionales: reducir la edad mínima para entrar en prisión a los 16 años, permitir la tenencia de armas en los domicilios y aumentar el número de crímenes policiales contra el narcotráfico. 

A pesar de lo desmedidas que puedan sonar estas medidas, Bolsonaro ha conseguido sus propósitos reduciendo la edad para entrar en prisión, facilitando la tenencia de armas y aumentando el crimen policial, que alcanzó la inquietante cifra de 434 homicidios durante el primer trimestre del año presente frente a los 368 del año pasado, todo un logro. 

No es un secreto que gran parte de la violencia es generada por la existencia del narcotráfico, pero ¿se habrá equivocado el pueblo brasileño al analizar su germen? 

Podríamos acudir al argumento simplista de que el mal existe por sí mismo para explicar la desesperada situación brasileña, pero la realidad es mucho más simple: la pobreza es la raíz que nutre el sistema vigente. 

Digamos que Brasil no es el país más propicio para encontrar el sueño americano, y es que el nivel de pobreza extrema alcanzó la cifra de 15,2 millones de personas, una cifra que no debería escandalizar partiendo de la base de que el salario mínimo interprofesional no supera los 230 euros. 

Dada esta situación, es común que los menores abandonen a edades tempranas sus estudios para aportar a la economía del hogar, hecho que convierte a la pobreza en una problemática estructural y crónica.

Algunas de las consecuencias de esta cronificación se traducen en que apenas el 26,3% de la población brasileña posee el graduado de Educación Secundaria, mientras que sólo el 15,3% posee estudios universitarios. 

No es de extrañar que de aquellas personas con estudios universitarios sólo el 8,8% sean negros frente al 22,2% de personas blancas, ya que la población caucásica tiende a situarse en un estrato social más elevado, ganando más del doble del salario que una persona negra ,y por tanto, permitiéndose estudios en instituciones privadas. 

¿Y que hay de la de la educación pública? 

La educación en sí misma no es obligatoria a partir de los 14 años, hecho que favorece la tendencia temprana al trabajo mal pagado y al narcotráfico. 

La eficiencia de la educación pública se traduce en niños trabajando en las calles, niños narcotraficantes y un total de 11,3 millones de personas analfabetas en 2019.

Sin embargo, la eficiencia no es otra que la que los recursos permiten; ¿cabría esperar otra cosa cuando en los últimos años 4 billones de reales destinados a la educación han sido desviados a los bolsillos de unos pocos poderosos? A veces el problema no reside la raíz sino en la copa.

En conclusión, Brasil ha cerrado los ojos ante una realidad, que Brasil es pobre y negro. 

Lejos de buscar soluciones inclusivas, ha tratado de desvincularse de su realidad subiendo al poder a un hombre que promete atentar contra su población sin miramientos. 

¿Se habrá equivocado el pueblo brasileño al analizar su germen? 

Lo ha hecho. Lo ha proclamado presidente.


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