El conflicto (capital) colombiano se ha ensañado con las mujeres negras

 

Ana Fabricia Córdoba, lideresa asesinada

 

Mujeres Negras y Desarrollo[1] Global

“Toda una historia de resistencias y de luchas, en las que esa mujer [negra] ha sido protagonista gracias a la dinámica de una memoria cultural ancestral” (Carneiro, 2001, p. 4).

[1] En este texto el concepto de desarrollo se entenderá como el surgimiento y consolidación del sistema capitalista; cuando la palabra no se esté utilizando con ese significado se hará la respectiva salvedad; teniendo en cuenta que para las comunidades negras y/o afrodescendientes el concepto de desarrollo está ligado a los procesos étnico-culturales que desde la cosmogonía negra afrocolombiana los pueblos negros emprenden para el ejercicio de su bienestar integral, quienes entienden el bienestar integral como la armonía existente entre las condiciones materiales y espirituales favorables a su legado étnico-ancestral.

Cada día nuestras mujeres negras son violentadas por la estructura criminal que caracteriza nuestra sociedad colombiana. Las mujeres negras asumieron la responsabilidad de defender la vida y la dignidad de los pueblos negros, echaron en sus hombros la defensa y protección de los territorios ancestrales y colectivos de comunidades negras, se empeñaron en luchar inquebrantablemente por el bien vivir y buen estar de nuestros pueblos; nuestras mujeres luchan constantemente por dar a sus hijos una vida digna, se resisten a creer que las condiciones de marginación en las que los pueblos negros viven son naturales a la negritud.

Nuestras mujeres día a día quebrantan la naturalidad social colonial que ha impuesto la carencia y el dolor como estilo de vida de los pueblos negros; las mujeres negras son las que ponen todo su ser para que la lucha por la dignidad no muera estéril mimetizada en la trampa de la inclusión…

Las mujeres negras han recibido la peor parte en esta lucha desigual que han emprendido; la sociedad las margina, las condena a la pobreza extrema, las desplaza, las maltrata de todas las formas posible, y sin embargo las mujeres negras resisten, y asumen el gran reto de luchar sin garantías contra esa misma sociedad que las despojó de sus derechos colectivos e individuales.

Sin probabilidades de triunfo las mujeres negras emprenden la marcha por reestructurar la sociedad racista, colonial y machista que las cercena, aunque las probabilidades de éxitos son cada vez menores, nuestras mujeres no dejan de alzar sus voces para manifestar que lucharan por la dignidad de sus pueblos hasta su último aliento.

La situación de las mujeres negras en Colombia es crítica, lo que hace que cada vez los estudios académicos y sociales para llamar la atención sobre estas problemáticas aumente; tal como lo expresa Elizabeth Quiñones Dajomes en su investigación “Las mujeres negras-afrocolombianas”; “de acuerdo con los datos del Departamento Nacional de Estadística, el 50,3% de la población negra-afro del país son mujeres, es decir, 2.168.082. De ellas, el 21,9% se encuentra en situación de desplazamiento; nuevamente, no puede hablarse de manera precisa. Según otros estudios realizados por la Asociación de Afrocolombianos Desplazados (Afrodes), se considera que las cifras que maneja el Registro Único no demuestran la realidad de las personas negras-afrocolombianas que se encuentran en situación de desplazamiento en las diferentes ciudades del país. Ante esta situación de desplazamiento se precisa mirar las ciudades hacia las cuales migran estas mujeres. Bogotá es un gran centro de acogida que alberga a 53.123 mujeres, seguida por Medellín con 52.456 y Santa Marta con 42.328, entre otras ciudades. Esta muestra evidencia la necesidad de diseñar políticas públicas con enfoque diferencial, de modo que se reduzcan los impactos del desplazamiento forzado tanto en los lugares de origen como de recepción. Esta población femenina también está afectada por situaciones de injusticia social, discriminación étnica, racial y sexual, y limitaciones a los derechos fundamentales. De hecho, los registros que manejan varias organizaciones como Afrodes y la CNOA muestran que los índices de pobreza y necesidades básicas insatisfechas para ellas se encuentran entre los más altos”[1]

Según el censo de 2005 en Colombia se estima que más del 10,6% de la población se auto-reconoce como afrodescendiente, negra, mulata, palenquera, raizal o afrocolombiana, sumando así que más de 4.311.757 personas del total de la población son negras según este censo (Rodríguez, Alfonso y Cavelier, 2009a, p. 46)., estas cifras aunque no son actualizadas, dado que el movimiento social afrocolombiano ha estimado que en Colombia hay alrededor de diecinueve (19) millones de afrocolombianos; las cifras oficiales evidencian que las comunidades negras son el grupo étnico reconocido constitucionalmente más numeroso, esto entonces debería significar una disminución en las necesidades básicas insatisfechas, considerando que el Estado ha asumido legalmente su responsabilidad en las condiciones de marginalidad en las que viven las comunidades negras.

Al referirnos a la situación específica de las mujeres negras en el país, se ve claramente la marginalidad y la exclusión económica, social y política que sufren las mujeres negras. De acuerdo a las estadísticas generales del censo de 2015, se encuentra que la tasa de dependencia económica en afrodescendientes es del 63%, muy por encima de mujeres y hombres mestizos, que se ubica en 57%, situación que afecta particularmente a las mujeres por su rol de cuidadoras y su alta presencia en la población económicamente inactiva. Según las tasas de fecundidad, las mujeres negras tienen en promedio 2,4 hijos e hijas, mientras el promedio en mujeres mestizas urbanas es de 1,9; sumado a lo anterior el hecho de que más del 30,3% de los hogares afro tienen jefatura femenina, es decir, que en más del 30.3% de los hogares afrocolombianos las mujeres negras son las que asumen todas las responsabilidades de levantar sus familias o sacar adelante a sus hijos, a esta problemática también se le suma que son muy pocas las mujeres negras que pueden acceder a la educación básica, de acuerdo a la información oficial el número de años educativos de las mujeres negras apenas llega al 6,9% (Rodríguez, Alfonso y Cavelier, 2009, p. 55).

El racismo es una de las principales causas de la desigualdad socio-económica que flagela a las mujeres negras, por lo que las acciones socio-comunitarias y estatales deberían estar claramente dirigidas a contrarrestar este fenómeno, que vulnera especialmente los derechos de las mujeres negras, como lo dicen Rodríguez, Alfonso y Cavelier “deberían declarar ilegales y prohibir las organizaciones y actividades de propaganda que promuevan la discriminación racial, y evitar que las autoridades e instituciones públicas lo hagan”. (Rodríguez, Alfonso y Cavelier, 2009, p. 312)”. Dado que no existe una consciencia social real que entienda el racismo como un crimen, no hay una institucionalidad decidida a acabar con este fenómeno, por ello los cuerpos de las mujeres negras siguen representando esquemas negativos sobre los que recae toda una carga de racismo, en donde son representadas cotidianamente como prostitutas, pobres, miserables, desposeídas, “fáciles”, “calientes”, “busconas”, e ignorantes, se les caracteriza con estos conceptos peyorativos, mas no se entiende que las condiciones de marginalidad en que las mujeres negras viven no son productos de la naturalidad de ellas; sino, que son el resultado de la incompetencia y desinterés estatal para garantizarles sus derechos, lo cual se fundamenta en la “lucha de razas”, que refuerzan las ideas sociales de que las mujeres negras no están contribuyendo con el desarrollo global, sino que son un problema para el bienestar y la comodidad global.

Todo esto sustentado también en las teorías socio-económicas de la modernidad que “se fundamentan en la exclusión y la marginación de las mujeres, en el control del cuerpo y su vida, alejándolas del ejercicio del poder y de lo público, negándoles sus derechos humanos, recluyéndolas en un estatus de segunda categoría. Lo que es evidente en historias como la de Olimpia de Gouges, precursora del movimiento feminista, que muere guillotinada en 1793, cuando proclamó los Derechos de la Mujer y la Ciudadana y cuestionó el sistema de terror de la revolución y el orden de género que se aprovechó de las mujeres en eventos como la toma de la Bastilla, en la que actuaron con arrojo, pero que las devuelve al espacio doméstico, negándoles el proyecto de igualdad” (López: s.f, 4). Así acontece con las mujeres negras, que cuando emprenden la lucha por ejercer sus derechos, son perseguidas por la misma sociedad y comunidades por las que ellas luchan; en sus territorios son perseguidas por los grupos armados (legales e ilegales), que están al servicio del capital; sistema económico que casi siempre llega de forma violenta y en complicidad con el Estado a los territorios ancestrales de comunidades negras, obligando a las mujeres negras a desplazarse de sus territorios, fenómeno que agudiza la situación de desigualdad en que viven la mayoría de las mujeres negras. Esto concuerda con lo que dice Vicenta Camusso[2], líder de las mujeres afrodescendientes de Uruguay, el contexto sigue siendo el mismo de cuando se hizo el estudio. “Es el mismo de siempre: ‘Nuestros derechos y nuestras condiciones de pobreza no han mejorado un ápice’”,…“después de Durbán, poco o nada ha cambiado para la población femenina afrodescendiente de las Américas. Más del ochenta por ciento de los afrodescendientes de la región viven en estado de pobreza y desigualdad social, con pocas oportunidades de superación por razones étnico-raciales”. Infiriendo así, que la realidad de las mujeres negras en América Latina y en Colombia contrasta con la existencia de bastos compendios normativos y de políticas públicas que apuntan presuntamente a dar calidad de vida a las mujeres negras, y a posibilitarles la toma de decisiones sobre las acciones que afecten sus vida y la de sus comunidades.

Aunque la modernidad y la post-modernidad han introducido teorías o aportes que buscan contribuir con la existencia de sistemas democráticos paritarios en igualdad de género, las mujeres negras siguen teniendo grandes desventajas para la participaron de esos nuevos sistemas democráticos, dado que dentro de la escala de ascenso social, las mujeres negras tienen el escalón más bajo, y esa misma sociedad que lucha por la paridad social justifica esas marginales condiciones en las que viven las mujeres negras.

Esas nuevas teorías sociales son contradictorias, y en sí, legitiman la genitalización de las relaciones sociales (capital), característica social, que desde los tiempos antiguos recibió de la “academia” la aprobación para reducir las diferencias entre hombres y mujeres a un asunto meramente genital; dado que las diferencias genérales entre hombres y mujeres han sido producto de las construcciones sociales, que crean desigualdad y jerarquías sociales, en las que las mujeres, principalmente las mujeres negras están en el último peldaño de la escala; tal como se ve evidenciado en Eskalera Karakola cuando afirma que: “el desarrollo de las teorías feministas se ha dinamizado con la llegada de pensamientos y reflexiones de otras latitudes, que hacen evidente problemáticas antes ignoradas por un feminismo global homogeneizador, que iguala a todas las mujeres, situando sus causas de discriminación y marginación únicamente bajo la opresión de género” (Eskalera Karakola, 2004, p. 9); desconociendo que la genitalización de las relaciones sociales de producción tiene mayores efectos negativos en la vida de las mujeres negras, por la carga racial que hay en sus cuerpos; es decir que la jerarquización genitalizada de la sociedad tiene tres niveles, en el nivel primario está el falo como centro, que es la súper valoración del hombre, superioridad basada en los genitales masculinos, quienes se atribuyen el poder de dominio y control sustentado únicamente en sus genitales, a los genitales masculinos se asocia la inteligencia, el control y la fuerza; que desde esta mirada son las bases para dirigir el mundo; en el segundo nivel aparece la vagina blanco céntrica, que es la evidencia de la debilidad que se asocia directamente con los sentimientos y la falta de fuerza física, igualmente se asume superior frente a las mujeres negras por poseer algo de poder basado en la superioridad de razas, incluso ese mismo poder es utilizado para someter a las mujeres blancas, pero éstas ante la posibilidad de ser exaltadas frente a las mujeres negras pasan por alto esa estratificación de su ser; y en tercer y último nivel se encuentran las mujeres negras, que son oprimidas al igual que las mujeres blancas, pero además son oprimidas también por ser mujeres negras; su radicalización corpórea las hace las menos importante dentro de la escala de la dominación sexual; incluso siendo las mujeres negras las más importantes en la consolidación de ese poder que oprime a las mujeres, porque fueron las mujeres negras las que trabajaron fuertemente para consolidar el sistema capitalista. Por ello los cuestionamientos sobre el estado actual de la sociedad deben recaer también sobre la academia dado que sus teorías racistas han alimentado el racismo institucional y social, tal como dice la escritora afroperuana Lucía Charún Illescas “mi identidad de afrodescendiente, cimentada en un andamiaje histórico y sociocultural, fue construida por ideologías y filosofías racistas, razonamientos seudobiológicos, pensamientos eurocéntricos, instrumentos para una continuación/consolidación política de índole poscolonizadora. En la gestación de la república, el elemento afro/afrodescendiente resulta omitido o está diluido en términos de “mestizaje”. Y es de muy mal gusto hablar sobre ello en una sociedad que considera al racismo institucionalizado solamente como una costumbre de difícil erradicación, pero sin graves consecuencias”.

Esta genitalización de las relaciones sociales (capital) han afectado de forma negativa la vida de las mujeres negras, puesto que fueron obligadas a producir riquezas durante el sistema esclavista, y el instrumento utilizado para ello fueron sus cuerpos, sus cuerpos racializados, que aún cargan con ese estigma, los cuerpos de las mujeres negras fueron degradados para dar valor a los cuerpos de las mujeres blancas, esto se puede ver en el texto Mujeres, Raza y Clase de Davis, al afirmar que “las mujeres negras tanto del  norte como del  sur trabajaban fuera de sus hogares en una proporción mucho más elevada que sus homólogas blancas. En 1890, prácticamente un millón de los cuatro millones de mujeres integradas en la fuerza de trabajo eran negras”… “las mujeres negras fueron evaluadas cada vez más en función de su fertilidad o de su incapacidad para reproducirse y, en efecto, en tanto que madre potencial de 10, 12, 14 o, incluso, más niños, ella se convirtió en un codiciado tesoro. Pero esto no significa que las negras, como madres, poseyeran un status más respetado del que poseían como trabajadoras. La exaltación ideológica de la maternidad a pesar de la gran popularidad de la que gozó durante el siglo XIX no se extendió a las esclavas. De hecho, a los ojos de sus propietarios, ellas no eran madres en absoluto, sino, simplemente, instrumentos para garantizar el crecimiento de la fuerza de trabajo esclava. Eran consideradas «paridoras», es decir, animales cuyo valor monetario podía ser calculado de manera precisa en función de su capacidad para multiplicar su número”.

El sistema esclavista es el origen del capital, como lo explica Marx[3] al decir que “la esclavitud directa es el eje central de nuestra industrialización en la misma medida que la maquinaria, el crédito, etc. Sin la esclavitud no se obtiene algodón, sin algodón no hay industria moderna. La esclavitud es lo que ha dado valor a las colonias; las colonias son lo que han creado el comercio mundial; el comercio mundial es la condición necesaria para la maquinaria industrial a gran escala” (Padover, 24). De donde se intuye que en los procesos de colonización racial se fundamentaron las sociedades modernas, y la explotación y expropiación territorial de los negras y negras no es una invención actual, sino, que corresponde a la actualización del sistema capitalista; para mantenerse, sustituyendo las sociedades abiertas[4] que muchos territorios colectivos de comunidades negras aún conservan, por plantaciones o colonias.

Las multinacionales y las transnacionales insertan sus colonias capitalistas en los territorios étnicos con violencia, llegan con la intensión de expropiar a los habitantes para explotar los recursos naturales o bioenergéticos, para ello realizan alianzas con los grupos armados, quienes se encargan de sacar a las comunidades de sus territorios, esos procesos de desplazamiento forzado se pueden dar mucho antes de las corporaciones realicen su ingreso a las comunidades o después de que ya están en territorio, normalmente los desplazamientos se dan antes, para no dejar en evidencia sus relaciones con los grupos armados. Las formas como se desplazan a los habitantes de los territorios étnicos también son variadas, estos procesos inician con el paseo de hombres armados no identificados por las calles de los pueblos étnicos, luego puede darse paso a violaciones de las mujeres, principalmente lideresas en sus comunidades; posteriormente pueden surgir asesinatos de líderes o campesinos con roles visibles para el buen-estar de la comunidad. Estos fenómenos de expropiación también pueden agudizarse obligando a que los líderes y lideresas visibles del sector salgan de los territorios, situaciones que obliga en muchos caso a que la comunidad permanezca pasiva frente a los hechos, dado que se sienten desprotegidos, esa sensación de peligro puede además convertir a la miembros de la comunidad en cómplices de las atrocidades de las corporaciones y algunos al ver el panorama perdido, optan por recibir a cambio alguna prebenda, sabiendo que al final lo único que les quedará será la pobreza extrema; tal como lo dice Leonardo González de Indepaz, al afirmar que “la pobreza y marginalidad en la que viven las comunidades cercanas a las zonas mineras es la clara consecuencia de la falta de aplicación de las normas internacionales de protección y promoción de los derechos humanos. La poca legislación nacional y nulos programas de regularización de los derechos de los desalojados, el retraso en la titulación colectiva de territorios de comunidades indígenas y de afro-descendientes, la poca consulta a las comunidades, la falta de medidas para hacer efectiva la función social de la propiedad, son situaciones que crean las condiciones de vulnerabilidad de las familias que luego serán desalojadas o desplazadas. Tanto en el ámbito urbano como rural, en los territorios de comunidades étnicas, en zonas de conflicto armado, se repiten permanentemente desalojos forzados. En general sin consultar a las personas afectadas, quienes generalmente no poseen medios adecuados para su defensa judicial. En muchas ocasiones los desalojos son precedidos por hostigamiento y amenazas y luego son acompañados por violencia y represión”[5].

Todas estas condiciones de desventajas sociales se convierten en el motor de la lucha de las mujeres negras día a día, palmo a palmo, y ese mismo sistema por el que las mujeres negras luchan ha insertado a la lista de control y dominación contra ellas, la violencia como herramienta eficaz para impedir la reconfiguración social que las mujeres negras buscan.

Aunque la violencia siempre ha sido una forma de control de los pueblos negros, hoy en Colombia la violencia contra las mujeres negras es utilizada como medio para impedir que éstas se apropien de los espacios políticos y ejerzan liderazgos visibles al interior de sus comunidades. Conjugándose así en las causas de la violencia hacia las mujeres negras, razones étnicas, económicas y sexuales.

Hoy al interior del movimiento social afrocolombiano hay más de doscientas lideresas amenazadas y hasta la fecha el Estado no ha realizado las acciones pertinentes para garantizar sus derechos; muchas de ellas han tenido que salir de sus refugios para alimentar sus familias, porque ni el Estado ni el movimiento social afro se han encargado de responder por sus familias; muchas de ellas han tenido que criar a sus hijos e hijas a la distancia; otras se han visto obligadas a cambiar su identidad cultural para mimetizarse y pasar desapercibidas al interior de la sociedad que las persigue; otras han tenido que abandonar el país para medio vivir sin garantías ni sustento; muchas han renunciado a las relaciones amorosas para no poner en riesgo la vida de sus compañeros también; gran parte de las mujeres negras amenazadas han tenido que enviar a sus hijos e hijas al extranjero y prohibirles que regresen a Colombia; y otras, la mayoría han sufrido el fuego del extermino de sus familias y de ellas, como sucedió con Ana Fabricia Córdoba.

Con todas estas aberraciones que padecen diario las mujeres negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras, ¿será que podremos seguir hablando de la esclavitud en pasado?, ¿acaso el plan de las colonias no sigue intacto?, ¿acaso no estamos bajo el dominio de la colonia aún?, ¿acaso los cuerpos de las mujeres negras no siguen siendo dominios del capital?.

Amandla mujeres negras, nguvu!

Leidys Emilsen Mena

autora: : Leidys Emilsen Mena Valderrama[1]

Más de la autora

[1] Leidys Emilsen Mena Valderrama; etnoeducadora, socióloga e investigadora afrocolombiana, coordinadora de la organización étnica en Colombia LOSPALENKES, asesora de políticas públicas para la población afrocolombiana.

[1] http://portal.uexternado.edu.co/pdf/5_revistaZero/ZERO%2023/ElizabethQuinones.pdf

[2] http://www.laprensa.com.ni/2015/07/12/boletin/1865495-la-lucha-de-las-mujeres-negras

[3] Karl Marx, “The Life-Destroying Toil of Slaves”, in The Karl Marx Library, Vol. II: On America and the Civil War, edited by Saul K. Padover (Nueva York: McGraw-Hill, 1972), 21.

[4] Sociedades Abiertas; es otra forma de nombrar el sistema socio-político y económico afrocolombiano de la Uramba.

[5] Artículo:  Desalojos Forzados, Reasentamientos Involuntarios y Derechos de las comunidades – Leonardo González Perafán

 

Foto 1: http://documentalamarillo.blogspot.com.es/2012/06/por-la-memoria-y-la-dignidad-ana.html

 

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