
Si te cuesta llegar a fin de mes, si trabajas más y vives peor, si todo sube menos tu salario, y aun así te dicen que no hay dinero, esto no es un error del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.
El poder económico privatiza, recorta y se enriquece de forma obscena. Su mayor logro es convencer a la clase trabajadora de que ese empobrecimiento es inevitable… o culpa de otros.
Y lo hace con una maquinaria ideológica precisa, constante y muy eficaz.
Así es cómo funciona.
1. Deteriorar lo público para justificar su privatización
Nada se privatiza de golpe.
Primero se abandona lo público: se recorta presupuesto, se sobrecarga al personal, se degrada el servicio. Después se señala el resultado como prueba de su «ineficiencia».
La privatización aparece entonces como solución. En realidad, es el traspaso de riqueza colectiva a manos privadas.
La clase trabajadora acaba pagando por lo que antes era un derecho.
2. Convertir derechos en «privilegios»
Cuando un derecho se presenta como algo «insostenible», deja de ser derecho.
Sanidad, educación, pensiones, dependencia… pasan a verse como favores excesivos. Mientras tanto, no se cuestiona a quién se rescata, a quién se perdonan impuestos ni quién acumula beneficios récord.
El resultado es perverso: la gente pelea entre sí por recursos escasos, en lugar de señalar a quienes concentran la riqueza.
3. Fabricar enemigos falsos
Para que el foco no suba, hay que empujarlo hacia abajo o hacia los lados.
Migrantes, personas racializadas, mujeres, personas pobres que reciben ayudas. El poder necesita chivos expiatorios constantes.
Así, la rabia nunca apunta hacia arriba. Apunta contra quien tiene menos.
4. Hacer pasar el sistema por neutral
El mercado se presenta como algo natural, técnico, inevitable. Como si no tuviera reglas, decisiones políticas ni beneficiarios claros.
Cuando el sistema parece neutral, la injusticia deja de parecer injusticia. Y deja de discutirse.
5. Individualizar el fracaso y privatizar la culpa
Si no llegas a fin de mes, es porque no te esforzaste. Si estás agotada, es porque no sabes organizarte. Si enfermas, es tu responsabilidad.
El sistema desaparece del relato. La culpa se privatiza, igual que los servicios.
Personas culpabilizadas no se organizan. Sobreviven.
6. Sustituir bienestar material por identidad simbólica
Cuando no se ofrecen derechos, se ofrece orgullo. Cuando no se ofrece seguridad, se ofrece pertenencia.
Patria, orden, familia, «sentido común». Símbolos baratos que no pagan el alquiler ni llenan la nevera, pero movilizan emociones y lealtades.
7. Vaciar la palabra «libertad»
Libertad deja de significar vivir sin miedo, sin precariedad, sin abusos. Pasa a significar no pagar impuestos, no tener límites, no rendir cuentas.
La libertad del poderoso se vende como libertad universal. Y la clase trabajadora acaba defendiéndola como si fuera propia.
8. Romper la idea de comunidad
Nada amenaza más al poder que una comunidad organizada.
Por eso se debilitan sindicatos, se erosionan redes vecinales y se fomenta la competencia entre iguales.
Personas aisladas aguantan. Las comunidades resisten.
El poder se enriquece porque consigue algo fundamental: que la clase trabajadora no se reconozca como clase, sino como individuos enfrentados entre sí.
Por eso hablar de comunidad, de derechos compartidos y de justicia material es político. Es necesario.
Y hoy, más que nunca, es profundamente subversivo.
Redacción Afroféminas

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