Doce horas hablando de África

La profesora, una mujer sencilla, cariñosa y amable ha dicho en el primer encuentro de nuestra “cita a ciegas” por la pantalla de fotos fijas: “En esta clase, mis alumnas, vamos hablar de África, no vamos hablar de Europa. Cuando yo era estudiante nunca me hablaron de África, siempre me hablaron de Europa”. Y desde entonces no he dejado de anotar en nuestra cita de los jueves por la mañana, frases y palabras que salen por el audio abierto de la sala en meet. Ha dicho cosas como: ‘’hay que abrir la llave’’. Ha mencionado la heteronormatividad, nos ha puesto a escuchar la cancionzota Se han repartido el mundo ya nada me asombra, de Tiken Jah Fakoly. Me ha pedido insistentemente que me sitúe en los años 1880, me ha hecho saber que Leopoldo II quemó los documentos que lo delataban. “Es que, mi alumna, cuando él se ve descubierto quema la documentación. Disfraza y maquilla el asunto. Él dice que va al Congo con un propósito evangelizador y civilizatorio”. Y al final, sigue mencionando por encima el caso del Congo y dice, “porque tres horas no nos alcanza, mi alumna”.

Fotografía by Emmanuel Oyeleke

La profesora ha hablado sobre los códigos lingüísticos de las lenguas maternas, ha nombrado los centros de poder, me ha pedido que busque por internet el acta de la Conferencia de Berlín. Ha explicado que las líneas fronterizas de la repartición de África separaba las tribus y las mezclaba; y ha puesto a sonar, otra vez, la misma canción, “para que lo puedan entender mejor, mis alumnas”.

“Una parte del imperio de Mandinga, se encuentra donde los Wolof

Una parte del imperio Mossi, se encuentra en Gana

Una parte del imperio Sousso, se encuentra en el imperio Mandinga

Una parte del imperio Mandinga, se encuentra donde los Mossi

Han partido África sin consultarnos, sin preguntarnos, sin advertirnos”.

Y al darle pausa a la canción, justo en el segundo veinticuatro del tercer minuto, me ha dicho con tanta claridad: “imagínate Betty, lo que es que te impongan una lengua, obligándote a renunciar a la tuya propia. Que te impongan una religión. Que te digan que no te tienes que reconocerte como miembro de esa etnia sino que tienes que reconocerte como senegalés, o como keniata. Tu dirás, pero si toda la vida mi conciencia de dignidad ha sido otra y tú ahora vienes con imposiciones porque es de tu conveniencia que deje de reconocerme. Porque tú trazaste una frontera y a esto lo llamaste Liberia, a lo otro Costa de Marfil, a esto Tobo, a otro pedazo lo llamaste Ghana”.

Mientras tanto sigue sonando el ritmo suave y nostálgico de Fakoly.

Nos ausentamos de la reunión. Ya son las 12: 30 y tengo media hora para almorzar. Mientras mastico el arroz, el monte, la carne y lo bajo con agua, noto que mi mente no está conmigo. Nada me sabe a nada. La 1:00 en punto, inicia diciendo: “Es que hubo también un genocidio cultural. Esas tribus tenían una identidad, unas tradiciones, una cohesión social, una conciencia colectiva de pertenecer a una etnia… y esa conciencia tenía que existir”. Y cotinúa.

Me habla de la ambición de los imperios y centros de poder por expandirse a tierras ajenas. Me dice que a Ngũgĩ wa Thiong’o, el escritor africano que estuvo preso por hablar en su lengua Kikuyu, no se le nota el resentimiento. Que es un hombre tranquilo y un poco chistoso en sus conferencias. Me ha dado ejemplos de los imaginarios que crean sobre África las prensas internacionales que no contratan periodistas Africanxs. Me ha dicho que una noche decidió mirar una película sobre África en Netflix, El cuaderno de Sara. Y a continuación me dijo: “Tú perdóname, mi alumna, pero cogí una rabia… viendo esa película. ¡Qué desperdicio! No puedo creer que una plataforma como Netflix que le llega a tanta gente, haga este tipo de contenidos – y al final me dijo, y yo la escuche tan complaciente – termine de verla solo para ver hasta dónde iban a llegar”.

Ha mencionado la hegemonía cultural, nos ha recalcado repetidas veces la responsabilidad de la academia y los medios de comunicación cuando intentan cubrir un terreno en África. Ha salido de su boca como un rayo las palabras. ‘’Sistema de expoliación’’, ha dicho una y otra vez. Centros de poder, fenómeno del colonialismo, capitalismo industrial, expansión del cristianismo, aculturación, heteronormatividad y, como último concepto, aterriza sus explicaciones con frases como: “Convirtieron a los pueblos africanos en mano de obra esclavizada”, “Todo África se la reparten”, “Es que, mi alumna, la industria del caucho genera la mayor tragedia para el pueblo africano”“A ellos le interesan la materias primas que tiene África”. Centros de poder, centros de poder. Y me dice, concluyendo, que “es importante el lugar desde donde nosotrxs hablamos. Todxs somxs víctimas de nuestro propio perjuicio, somxs prisioneros de nuestro propio tiempo”. Y lo más reciente, lo que me dijo la clase pasada:  – y utilizo la primera persona, porque era solo ella y yo en la llamada virtual- “El colonialismo define la historia contemporánea de África”.

Sigue sonando la cancionzota de Tiken Jah Fakoly:

“Se han repartido el mundo, ya nada me asombra

Si tu me das la Chechenia, yo te doy Armenia

Si tu me dejas Afganistán, yo te entrego a Pakistán

Si no te vas de Haiti, yo te embarco hacia Bangui

Si tú me ayudas a bombardear Irak, yo te arreglo lo del Kurdistán

Si tu me dejas el uranio, yo te dejo aluminio

Se han repartido África sin consultarnos, se sorprenden de que estemos desunidos”.


Betty Zambrano Zabaleta

Colombiana. Estudiante de Comunicaciòn Social y Periodismo.


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Una respuesta a “Doce horas hablando de África”

  1. Es muy bueno el relato . Es verdad que los blancos partieron el Continente a su antojo sin tener en cuenta las etnias partiendo hasta las familias. El blanco en África no hemos hecho mas que especular con la riqueza y se sigue haciendo . Solo hay que corromper a tu voluntad a los presidentes puestos a gusto de los países que colonizaron . Ayer estuve en un coloquio sobre la forma que tenemos los blancos de conocer África . Yo he tenido la suerte de haber recorrido gran parte del Continente sin agencia de viajes y he aprendido a convivir con los africanos dejándome un grato recuerdo. Sawabona.

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