Se cumplen 94 años del Manifiesto de las Mujeres Indígenas de Colombia

Estos días recibíamos informaciones muy preocupantes acerca de la situación que se está viviendo actualmente en Colombia, donde continúa el paro nacional a causa de una situación económica, sanitaria, social y política que se tornaba insoportable a finales del mes de abril, cuando el gobierno de Iván Duque anunciaba una reforma tributaria que colmaba la paciencia de los colombianos.

Pero, además, en estos días de protestas tremendamente convulsos por la acción policial, que deja un rastro de más de 35 muertos y centenares de desaparecidos, saltaban las alarmas cuando escuchábamos y veíamos imágenes donde las autoridades atacaban a colectivos indígenas que participaban en las manifestaciones, especialmente en Cali, una de las ciudades donde más violencia se ha ejercido.

El pasado domingo 9 de mayo, precisamente, se iniciaba sobre las dos de la tarde, hora colombiana, una marcha indígena (minga), que fue atacada “por una turba uribista en conjunto con fuerza pública”, tal como reseñaba el Consejo Regional Indígena del Cauca, y que dejaba varios heridos. Ante esto, el presidente del Gobierno, en lugar de llamar a la paz y la calma entre los pueblos, pedía a los indígenas que volvieran a sus territorios “para evitar las confrontaciones” y continuar con las segregaciones que parece preferir la derecha colombiana.

Y, justamente con relación a esta serie de hechos imperdonables, recordamos hoy el manifiesto de las mujeres indígenas, que se firma un 18 de mayo de 1927 y al que se adscriben hasta 14 mil mujeres de los departamentos de Tolima, Huila y Cauca, principalmente. Este pretende recoger unos derechos mínimos reconocibles y respetables hacia los indígenas, especialmente hacia las mujeres.

Es posible que a mucha gente no le suene esta fecha o que no tenga constancia de tan importante documento. Por eso, porque nos damos cuenta de lo importante que es la memoria colectiva y visibilizar la historia para que queden patentes hechos de vital transcendencia como este, especialmente para la historia de las mujeres, en un momento donde padecen la opresión y el machismo imperante, recordamos hoy el acto heroico de este colectivo y subrayamos la lucha que durante siglos han tenido que lidiar los indígenas no solo colombianos, sino de toda América, por defender su tierra y su derecho a existir.

No podemos olvidar desde esta parte orilla del Atlántico que la población originaria del continente sufrió una merma genocida por parte de los colonizadores, especialmente españoles, durante los siglos XV y XVI. Aunque en 1542, Carlos I aprueba las Leyes Nuevas, que consideran a los indígenas americanos súbditos de la Corona española y, por tanto, reconoce sus derechos, esto no hizo sino transferir a otras poblaciones la opresión y el sometimiento de este pueblo. En este caso, a la población africana llevada por mar a través de la trata transatlántica o comercio triangular, del que ya hablamos en una publicación previa.

Grupo de personas caminando en la calle

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El manifiesto supuso un hito en la historia de Colombia que merece ser reconocido y recordado. Fuente: Sophie Martínez

El documento que aquí recordamos, impreso en Girardot (Cundinamarca), a 130 km de Bogotá, nace bajo la inspiración y dirección de Manuel Quintín Lame, una especie de mesías para el pueblo indígena, aunque fue escrito por muchas manos. Surge para dar respuesta a los procesos de discriminación y dominación al que se han visto abocadas estas mujeres, y siguen siendo, según observábamos los últimos acontecimientos ocurridos en el país sudamericano. Su principal objetivo era reivindicar sus derechos en el territorio, derechos que les han sido negados por sucesivos gobiernos colonizadores, ya que debemos recordar que en el proceso de independencia de Colombia en el siglo XIX no interviene esta población, sino que la encabezan las élites criollas que quieren mantener sus privilegios.

Específicamente el manifiesto se concibe a partir de la masacre indígena ​​​​​​​​en el caserío de Castilletes en la Guajira por parte del ejército colombiano en 1927.

Sin embargo, un año más tarde, el Gobierno de Miguel Abadía Méndez, como respuesta, no solo no respeta la opinión de las indígenas, sino que aumenta la represión en las zonas donde surge el texto.

Aun así, ni los intentos de múltiples gobiernos por silenciarlas ha logrado parar lo que iniciaron hace más de noventa años esas mujeres. Esa firma masiva ha servido de inspiración a muchas generaciones de féminas que han venido después y que también han clamado por unos derechos que nunca se les ha reconocido debidamente, esto es, el derecho a la tierra, a la justicia y a la no discriminación por motivos raciales, étnicos o ideológicos.

Texto, Pizarra

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La Organización Nacional Indígena de Colombia afirma que existen 300 pueblos indígenas, de los cuales 160 se encuentran en serio peligro de desaparecer.​ Fuente: https://earthrights.org/

Las dificultades son aún más notables para las mujeres. De hecho, debemos recordar que Colombia es uno de los últimos países en reconocer el sufragio femenino en 1954, gracias a la lucha de voces como Josefina Valencia o Esmeralda Arboleda. Anteriormente en la provincia de Vélez pudieron hacerlo, al no determinar su constitución de 1853 nada al respecto, aunque no se tiene constancia de que, efectivamente votaran, pero en 1855 se anuló la ley por considerar la Corte Suprema que sus habitantes no podían tener más garantías que el resto de colombianos,

Además, es importante visibilizar estos movimientos feministas racializados y no efectuados desde la élite, recordando el papel primordial que han tenido las campesinas y mujeres obreras en la construcción del país. Y es que el manifiesto denuncia abiertamente la concentración de la tierra y la exclusión de la memoria y las tradiciones indígenas en la configuración nacional de Colombia.

Actualmente, la población indígena en el país supone cerca de un 4%, o lo que es lo mismo, casi millón y medio de colombianos, mientras que los afrodescendientes suben a un 10%, con más de 4 millones de personas. Su batalla ha estado y continúa enfocada, de una parte, a su lucha contra la pobreza y, de otra, a la movilización política en defensa tanto de sus tierras como de su lengua, sus costumbres y sus creencias, pese a los ataques que les ha propinado uno y otro Gobierno, siendo especialmente duro el periodo de Álvaro Uribe, que fomenta abiertamente en 2007 un conflicto interétnico con comunidades afrodescendientes y campesinas.

Hace poco más de un año, con Iván Duque ya en la Presidencia, reclamaban por la tierra y su derecho a trabajarla y cultivarla libremente. “Desde tiempos memorables, los pueblos indígenas del mundo, sabemos que la vida natural es posible si entendemos, sentimos e interpretamos las voces del agua, el viento, las montañas, las selvas, los páramos, los animales grandes y pequeños, que sin ser uno más que el otro son parte integral del tejido maravilloso de la vida y que día tras día interactúan con el cosmos del pluriverso y el resultado de ello es la armonía, el equilibrio y la pervivencia.”, vociferaban desde el Consejo Regional Indígena del Cauca en una marcha pacífica.

Presentamos a continuación lo que dice el manifiesto (Fuente: Kavilando.org):

“Es el momento que las hijas de los bosques y de las selvas desiertas lancemos un grito de justicia a la civilización del país, al paso de 435 años que acaban de pasar que son como un instante ante la presencia del que creó el universo mundo. Fundadas en una inspiración que de repente se apodera de nosotras como un resplandor que ilumina la obscuridad donde ha existido el Dios del engaño, de la ignorancia. Y en medio de ese resplandor ha surgido en el horizonte una flor, que los hombres civilizados han querido cortar, pero que sin embargo está rosada y bella, y no desaparece ante los relámpagos y huracanes. Estos troncharán los gigantescos robles, pero esa flor permanecerá y cada día será más bella.

Y de los vientres del sexo femenino indígena nacerán nuevas flores de inteligencia y vestidas de riqueza se unirán para formar un jardín glorioso en medio del país colombiano, que llamará la atención en general a toda la civilización de explotadores, calumniadores, usureros y ladrones, quienes han desterrado de los bosques, las llanuras y de las selvas a nuestros primogénitos, padres, hermanos, hijos y esposos; engañándolos con licores alcohólicos, es decir alcoholizándoles los sentidos y conocimientos para poderlos despojar de sus hogares, de sus cultivos y de sus tierras. Y para decir de acuerdo con las autoridades de los catorce departamentos del país colombiano «los indios me vendieron»; y presentan falsos documentos y escrituras, todo hecho por medio de la sabienda y el engaño.

El hijo de una indígena se sentará sobre el trono

A la aristocracia embalsamada por el orgullo y que se llaman entre ellos hombres aristocráticos y de buenas familias, les da opresión o pena hablar con la indígena, saludarla en la calle, con el pretexto de que es rebajarse, sin darse cuenta que nacieron y que vinieron por el mismo camino por donde vino al mundo el indígena, aquel que hoy es perseguido por los aristócratas para destruirle la flor de sus conocimientos que la misma naturaleza les ha inspirado en medio de los acusadores cohechadores y perjuros. Así por así señores jefes del poder judicial, ejecutivo y legislativo, etc., cambiará en poco tiempo el derecho de ustedes, porque un mendigo que es el hijo de la huérfana indígena se sentará sobre el trono de nuestra reivindicación social con su cetro de inteligencia con que la naturaleza humana le ha dotado, a pesar de las persecuciones y de las cárceles. Porque estos sufrimientos no nos detendrán a nosotras las pobres infelices, las que hemos sido encarceladas por defender los intereses de nuestros esposos, de nuestros padres, hijos y hermanos.

Hoy día, aun cuando nos insulten maltratándonos de palabra y de obra y mandándonos predicadores de cualquier clase, ya nosotras las infelices, las mudas, las sordas, ya hemos conocido el resplandor de los libres donde está escrito el libro de nuestro desengaño y que termina por completo los idilios de los engañadores y predicadores con falsas doctrinas en que dicen a pulmón abierto que el rico tiene derecho a todas sus propiedades. Fuera verdad si hubieran sido bien habidas, porque lo que es de Dios hay que entregárselo a Dios y lo del César al César.

La prehistoria de nuestros antepasados repercute sus acentos allá en esa colina donde está sepultada la casa de la divinidad, según la prehistoria del Bochica, quien escribió por medio de signos la historia de su padre que era el Sol, quien consagraba las ceremonias del dios que tenían nuestros antiguos. Pero los aventureros que llegaron el doce de octubre en nombre de la civilización hicieron blandir la cuchilla de la mano y la intención para quitarnos la vida y nuestras riquezas; y hoy nosotras las mujeres indígenas colombianas de ocho departamentos quienes firmamos la presente, estamos como un ánimo acompañado de valor y unidas como un concierto de águilas encolerizadas lograremos la defensa de nuestras reivindicación porque se nos haga justicia, se nos ampare por las autoridades o nosotras nos hacemos justicia y nos amparamos por nuestra cuenta aun cuando quede la última mujer indígena en el campo de la guillotina, de la horca y del cadalso, como quedó Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos etc., en Colombia y así otras heroínas en diversas naciones de la vieja Europa.


La tienda de Afroféminas



De nuestros vientres nacerán grandes patriotas indígenas, según nos lo han manifestado ese par de caudillos indígenas, quienes hacen repercutir sus ideas en el país. Aquellos que nacieron en las selvas del Tierradentro, y tras de ellos van hasta hoy esos ocho departamentos, es decir, tras de sus ideas, quienes las han entregado tal como son, sin envidia de ninguna clase a todas las naciones indígena del país.

El hombre rico, engreído en medio del orgullo satánico dice que su derecho es estable y que permanecerá. Pero ya oímos las pobres infelices la carcajada de ese enemigo que reducirá los inmortales imperios de la orgullosa y malévola civilización a una sacristía, porque todos los fusiles, las ametralladoras y los cañones quedarán mudos y los soldados esperando la voz de aliento de los generales ya ahogada en sus gargantas, porque así ha sucedido y sucederá porque el hijo de la mujer indígena no vino al mundo por los grandes ricos sino fue por nosotros los pobres infelices.

Aun cuando el ministro de guerra colombiano dicte miles de decretos y el congreso leyes, las pobres infelices marcharemos al combate de nuestra reivindicación. La calumnia, la amenaza, el engaño, la promesa, para nosotras hoy día es una letra muerta y de valor ninguno. Así debe ser para todas las señoras y señoritas del país de nuestra baja clase, quienes somos perseguidas por los hombres de civilización. ¡Ah! Qué cobardes, cómo persiguen y vigilan a una mujer, quien es la propia madre del hombre; pero estos pensadores han envolatado todas sus inteligencias por medio del temor y ponen en movimiento todas sus fuerzas y alcances para hacerle mal a su propia madre y compañera, por quienes se han volado muchos la tapa de los sesos. Hoy las mujeres con nuestro valor y energía gritaremos amparo y justicia, como siempre lo hemos hecho, porque ya perdimos nuestros clamores y nuestro derecho, pero menos nuestra fe. Esa fe nos asiste a nosotras las pobres labriegas que al sol y al agua, haciéndole frente al hambre y la sed, le ayudamos a los hombres indígenas en nuestro carácter de esposas, hermanas, hijas y madres, a cultivar nuestras fincas, las que hoy sin darnos un centavo pasaron a manos de los burgueses, porque las autoridades violando sus ministerios violaron los derechos y los intereses de la justicia.

Las leyes subversivas

Pues no hay justicia a favor de las propiedades indígenas; todos los reclamos que hacemos los indígenas a favor de nuestras propiedades territoriales cultivadas, son desoídas en las alcaldías, inspecciones y juzgados municipales y también de circuito, porque hasta hoy el veneno de la envidia no ha dejado a los legisladores dictar una legislación clara, determinada y que terminantemente sea cumplida, porque las leyes que las firman con sus manos las borran con el codo. Pero se llegará ese día en que la legislación indígena por ella misma será encaminada rápidamente a formar su tribunal y destruirá la envidia y el error que ejecutaron a sabiendas y con conocimiento de causa los señores aristocráticos, que sin justicia y sin caridad nos han hecho desterrar por medio de leyes subversivas, las que obligan a nuestros esposos a que repartan nuestras tierras. Pero esas leyes no se cumplirán, porque si los hombres indígenas quienes ocupan nuestro propio territorio desde antes de la conquista no se paran para negar esa orden clandestina y malévola, nosotras las mujeres nos preparamos para pegar el grito de no y no; y si no se nos atiende hundiremos en el vientre de aquellos el cuchillo de nuestra guisandería porque si esto pasa así, ahí tenemos potestad para cometer injusticias; esto de dar por válido lo hecho por un poder incompetente, esto de declarar obligatorio lo injusto, lo absurdo, lo inicuo, esto no lo concebíamos ni lo concebimos todavía.

Contra estos hechos que se han venido sucediendo protestamos todas las mujeres indígenas, y con esta nuestra protesta también protesta la razón natural y aquella augusta religión que profesan y profesamos las católicas, también protestan todas las religiones de la Tierra. Contra esto protesta el corazón sublevándose contra semejante apoteosis de la tiranía…

Los dos viejos partidos nos han engañado

A la raza indígena se le ha venido persiguiendo en todos sus intereses morales y materiales por la civilización, y esta se los ha arrebatado. Ahí está lo que pasa en los departamentos de Nariño, Valle, Cauca, Boyacá, Huila, Tolima, Caldas, Santander, etc., en donde para los indígenas no hay justicia. Los burgueses pueden matar a un indio, herirlo gravísimamente y para estos no hay justicia; robarlo, violar a una de nuestras compañeras por la fuerza y con el hecho de ser conservadores o liberales, con tal que tengan dinero se defienden, o los jueces hacen perdedizos los sumarios, otros duermen eternamente en los juzgados y en las oficinas del gobierno según lo afirma Manuel Quintín Lame en su periódico del 12 de enero del presente año y que es un hombre que no ha envetado ni siquiera el cristal de la verdad, porque lo que él ha acusado y acusa es porque es así y tiene cómo probarlo ante el público, o sea ante cualquier juez. Esa doctrina que publicó con fecha 12 el caudillo Lame, nos ha impulsado con valor a todas las mujeres indígenas, las que distintos departamentos mandamos nuestras firmas, quienes deben reunirse en el departamento del Tolima, donde saldrá la voz de la mujer indígena ordenándole a todos los indígenas que ninguno se presente el día de elecciones a sufragar, porque ellos mismos se ponen la soga a sus gargantas y gritemos mueran las elecciones ante la raza indígena en Colombia y que el sexo masculino indígena lo separaremos nosotras las mujeres indígenas por completo de esos dos viejos partidos que falsamente nos han engañado. En nuestro carácter de esposas, novias, madres, hermanas, hijas, etc., no dejemos ir a votar a ninguno, porque esos representantes y senadores que van al congreso no han dictado el reglamento de la legislación indígena que se encuentra hasta hoy en la oscuridad; son enemigos de la raza indígena en Colombia, los senadores y representantes, los diputados de las asambleas, los miembros de los consejos municipales, en compañía de los alcaldes, etc., no atienden los reclamos a ningún indígena por derecho que tenga.

Nos dirigimos a todas las sociedades del sexo femenino religioso, como son a las hermanas de la caridad, a las monjas, a las madres, etc., a las señoritas y señoras directoras de todos los colegios y universidades del país, que conozcan las injusticias y que hoy ya el sexo indígena femenino en Colombia levantó el grito para defender de hecho sus propiedades materiales y morales que a nuestros varones les han sido arrebatadas, y para no errar nos dirigimos a todas las sociedades del sexo femenino del país y que nos digan si esto es justo o no…

Señores, señoras y señoritas del país colombiano: los pueblos deben obedecer las leyes; pero los legisladores deben acatar la justicia. Y cuando la injusticia es evidente, cuando el legislador decreta cosas en contradicción con las leyes naturales y divinas, no tiene derecho a la obediencia… Pues, ¡qué! Si se debe obediencia a lo injusto, a lo inicuo, a lo absurdo, ¿qué pensaremos de los hombres ilustres que en todas las épocas se han negado a cometer una iniquidad aun cuando fuese mandado por el más poderoso legislador? ¿Se les llamará anárquicos? ¡No! No los han llamado así los pueblos que les han erigido estatuas… Siempre, en todos los tiempos, en todos los países y sobre todo en los cristianos, se ha mirado como cosa santa y heroica el no acatar la injusticia y la iniquidad aunque llevase el sello del legislador; siempre, en todos los tiempos y países, se ha mirado como un heroísmo el marchar al cadalso, con la frete serena, antes que obedecer un mandato inicuo.

Esto irá a ocurrir en Colombia cuando los cobardes persigan a las mujeres, como lo han hecho en Cali, en Bogotá, con una señorita o señoritas heroínas.

En constancia firmamos más de catorce mil mujeres indígenas de siete departamentos e invitamos a coadyuvar con nuestras ideas al proletariado colombiano de indígenas, pues haremos flotar nuestras banderas de paz en las tremendas campañas ante la injusticia y el error que cometen diariamente los opresores de categoría”.

Natalia Ruiz-González



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