La verdadera cara del altruismo

El término “volunturismo” se conforma por los vocablos “voluntariado” y “turismo” y alude al “turismo que incluye colaboraciones breves en proyectos solidarios”.

Precisamente en este sentido, la escritora y comunicadora Desirée Bela, ha hecho alusión en más de una ocasión a aquellas personas que viajan al continente africano con el objetivo de llenar su feed – o su ego- de fotografías con menores autóctonos siguiendo algún tipo de parámetro estético.

Credito: Avila Diana Chidume

Así, en su “Carta abierta a Daniel Illescas”, Desirée Bela se dirige a este influencer quien, guiado por un fuerte complejo de salvador blanco, viaja a Kenia con el objetivo de llenar su Instagram de fotografías con niños y niñas como si de attrezzo se tratasen. Unas fotografías que rozan la perversión y las cuales, si se realizaran en un contexto como el español, se considerarían claramente delito.

Pero Illescas no es el único influencer que patrocina a estas organizaciones que se aprovechan y, en muchos casos, abusan de la situación de estas personas para lucrarse gracias a vender una experiencia inolvidable de voluntariado, sino que son muchos los personajes públicos que han hecho en más de una ocasión apología al colonialismo y a la infantilización y deshumanización de personas a través de esta red social.

Lo cierto es que no hace falta irse muy lejos para criticar este tipo de comportamientos, ya que seguramente en nuestro entorno encontraríamos cantidad de personas que “siempre han querido hacer un voluntariado en África”, o bien que han viajado al continente con la única finalidad y objetivo de poder decir que han estado allí.

En este sentido, recuerdo que no hace mucho tiempo una amiga me etiquetó en un post en Instagram de la organización Cooperating Volunteers (@cooperatingvolunteers), en la cual se sorteaba una plaza para realizar un voluntariado en Uganda. ¿Los requisitos? Ninguno. Simplemente entrar en el juego de seguir su cuenta, mencionar en los comentarios a un amigo o amiga y compartir su publicación en stories

Lo cierto es que cuando ojeas sus redes sociales te das cuenta de que la estrategia comunicativa de esta organización no tiene ningún tipo de desperdicio: Desde la promoción de voluntariados “para realizar con tu grupo de amigos”, pasando por fotografías de menores alrededor de personas blancas y solidarias, quienes les manosean, abrazan y besan como si fueran sus propios hijos, y terminando por frases del tipo “África es nuestra medicina”, “conecta con la naturaleza” o “¿te habías planteado realizar un voluntariado internacional para elaborar un trabajo de investigación?”.

Claramente, los beneficios de este tipo de programas están pensados para que las personas que quieran hacerse la foto y ponerse la medalla de solidarias y aventureras lo hagan a costa de contribuir a la violación de los derechos de estos menores, muchos de ellos separados de sus padres por la fuerza para poder decir que son “huérfanos” y así seguir haciendo negocio con ellos (citando a Desirée Bela).

¿Quién debería hacer voluntariado?

Sin ningún tipo de duda, el volunturismo representa la máxima representación del racismo y la deshumanización de las personas que normalmente se encuentran en situación de vulnerabilidad y que, por tanto, deberían estar especialmente protegidas. 

Sin embargo, lejos de esto, lo que normalmente ofrecen los programas de voluntariado es una aproximación que, en la mayoría de los casos, termina en una negación de los derechos más fundamentales de estas personas y que pueden acarrear consecuencias extremadamente negativas para ellas.

Hoy en día, cualquier persona puede hacer un voluntariado e incluirlo en su historia de vida y en su currículum para ganar puntos en el ranquin de solidaridad y postureo, así como tener más opciones a la hora de ser elegido/a como candidato/a en una oferta de trabajo. No obstante, son pocos los programas de voluntariado que exigen unos requisitos específicos a la hora de aceptar voluntarios/as en sus programas.

Lourdes Tello, quien trabaja como coordinadora en una organización que se dedica a favorecer la inclusión de personas refugiadas en Grecia, asegura que “normalmente a este tipo de voluntariados va gente que quiere encontrarse a sí misma”. Además, añade que estas suelen ser personas que están pasando una crisis o por un vacío existencial y que necesitan salir de su país, creyendo que, si no se encuentran en su propio país, se van a encontrar en otro sitio.

Esta explica cómo en muchas ocasiones se ha encontrado con personas voluntarias con una gran falta de confianza en sí mismas que de repente se han sentido engrandecidas al formar parte de un programa de voluntariado, sintiéndose útiles e imprescindibles al darse cuenta de que hay personas que, en cierta manera, “dependen” de ellos.

Las consecuencias de esto pueden ser fatales, dado que en el caso concreto de las personas en situación de vulnerabilidad (como pueden ser las personas refugiadas en este caso) existe claramente una desigualdad de poder, en la que las personas voluntarias se piensan que tienen derecho a todo y que están tratando con personas que se encuentran en su misma situación.

Los comportamientos de “colegueo” entre los/as voluntarios/as y las personas que han huido de una guerra o de cualquier otro tipo de situación traumática derivan, en muchos casos, en shocks post-traumáticos, intentos de llamar la atención a través de la autolesión e incluso, en algunos casos, en el suicidio.

Y es que el hecho de creer que somos imprescindibles para personas en un determinado momento de sus vidas y entregarles toda nuestra atención de golpe y durante un lapso relativamente corto, para después volver a nuestras rutinas y desaparecer de sus vidas, puede resultar tremendamente dañino para estas personas.

Y todo esto por no hablar de las graves consecuencias que puede acarrear el hecho de que menores normalicen el hecho de que personas adultas las puedan besar, coger y abrazar, sin tener ni siquiera la opción de aprender jamás lo que significa el consentimiento. 

¿Cuál sería, pues, la solución? Según Lourdes, las organizaciones deberían contar con un equipo de recursos humanos que fuera capaz de descartar a aquellas personas que lo único que quieren es un viaje pagado o tener una experiencia vital, así como también con un código de conducta que estipulara los comportamientos y pautas a seguir durante todo el proyecto.

Sin embargo, la verdadera importancia de un voluntariado es todavía una incógnita, dado el dilema moral que representa el hecho de pensar si es realmente necesario viajar a otros contextos y rodearnos de personas que claramente se encuentran en inferioridad de condiciones con respecto a nuestros privilegios para sentir que “ayudamos”, que “somos útiles” o que “hacemos algo por el mundo”. 


Clara E. Mengual

Periodista especializada en Estudios Migratorios y Género. Lucho por un periodismo antirracista, interseccional y feminista. Instagram: @ claraemengual / Blog https://claraemengual.com/


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