“Siento que cuando hablo nadie me escucha”, la historia de una madre que solo desea regresar con su hijo a su país

A lo largo del tiempo hemos conocido muchas decisiones judiciales injustas, especialmente en relación con las separaciones y custodias de los hijos. Hace unas semanas toda España parecía escandalizarse por el testimonio de Rocío Carrasco en un programa de televisión, contando la violencia psicológica a la que fue y ha sido sometida durante años por su expareja, en connivencia con los medios de comunicación y bajo el silencio de la Justicia. Su historia, amplificada por el gran altavoz que suponen la televisión, destapó los innumerables agujeros que tiene un sistema que no solo no protege a las mujeres, sino tampoco parece hacerlo con los hijos.

Nathalie y su hijo

Hoy traemos el testimonio, precisamente, de una mujer que está padeciendo los avatares de una Justicia nada justa, que, en ocasiones, incluso, se tiñe de cierto halo de racismo, según las vicisitudes que ella nos ha contado que ha vivido en los últimos dos años.

Su nombre es Nathalie Marie-Joseph y desde hace un tiempo inició una campaña en Change.org para recaudar apoyo en su causa y que la justicia revise su caso. Ella es francesa, como su expareja y el hijo que ambos tienen en común, y, aunque en un principio los dos acordaron volver a su país, incluso después de separarse, hoy él no quiere regresar, sino que de forma unilateral decide rehacer su vida en España, y la Justicia española le da la razón y obliga a Nathalie a permanecer aquí también, a pesar de que ninguno de ellos tiene su familia cerca y las posibilidades económicas y sociales de Nathalie son muy limitadas, no así las de su expareja, con altos ingresos. Si alguno de nuestros lectores desea colaborar para que se visibilice el caso de esta mujer, que, en realidad, es el de muchas que sufren los estragos de una separación, dejamos aquí el enlace a la petición: https://change.org/JusticiaPorNathalie.

Toda esta historia comienza hace poco más de una década, cuando Nathalie, de origen francés, decide venir a España dentro del programa de intercambio Erasmus. Aquí conoce al que sería su pareja, también francés, con el que inicialmente todo parece ir muy bien. Aunque los dos hablan ya de volver en algún momento a Francia, pues, de hecho, él trabaja para una empresa gala, pasan varios años viviendo en Valencia y allí comienzan a criar a su hijo, que hoy tiene seis años. Como en tantos casos, el peso de la economía familiar lo lleva el hombre, pues Nathalie tiene menos oportunidades laborales y se ocupa de la crianza del pequeño, que compagina con algunas horas de clases particulares de francés. Además, ella ha estado siempre a merced de los compromisos de su expareja, a causa de los muchos viajes que este hace por trabajo.

Hace poco más de dos años la historia da un giro cuando Nathalie, consciente de que su pareja le está siendo infiel, decide separarse, pero, como tantas mujeres, tiene que seguir viviendo con su ex durante un tiempo y soportar durante al menos seis meses constantes humillaciones, manipulaciones y ataques verbales, por parte de él y de su nueva pareja, que afectan, como es lógico, a la autoestima de la joven francesa. Él parece dispuesto a rehacer su vida con la otra joven, pero hay días en que, por los rechazos de esta, pide una segunda oportunidad a Nathalie, provocando un vaivén de idas y venidas constantes.  Además, en este periodo la joven sufre dos accidentes de tráfico, uno con su hijo, y al padre no parece importarle demasiado, pues no atiende a sus llamados ni fue a verlo en ningún momento, pese a estar cerca de casa. Poco después es cuando ella ya no puede más y decide separarse definitivamente para su alivio y tranquilidad.

Sin embargo, de repente, un día Nathalie descubre una nueva mentira de su expareja, algo que a él no parece gustarle y la golpea. Ella se defiende, pero no lo denuncia porque no desea más conflictos, lo cual ahora recuerda como un terrible error.

A pesar de toda esta convulsión, él mantiene el acuerdo de volver a Francia con el niño, ya que lo habían decidido así desde hacía tiempo, aun estando juntos, y en España ambos están solos, mientras en el país galo se encuentran sus familias, que podrían ayudar a Nathalie en el cuidado del niño, por ejemplo, mientras ella trabaja, aparte del apoyo moral que en esos momentos tan difíciles necesita. Ese acuerdo se plasma por escrito y lo ratifica un juez en mayo de 2019 y Nathalie está dispuesta a marcharse cuanto antes, ya que su ex cede la custodia con un régimen de visitas para él. Pero no cesan, sin embargo, las humillaciones y malas formas.

Al mes siguiente él la amenaza con quitarle al niño y no para de degradarla continuamente diciéndole que no es nadie y que él se encuentra en una situación económica y social superior, por lo que le será más fácil ganar la custodia. En medio de esa tensión, Nathalie le da una bofetada por lo que está escuchando y esto lo aprovecha su expareja para denunciarla y que ella sea condenada por violencia, lo que no ha hecho sino perjudicar su proceso judicial, ya que por una negligencia de su abogado en aquel momento que no le sabe explicar bien cuál es la situación, y por el desconocimiento de cuestiones legales y la problemática lingüística, ella se manifiesta conforme con la sentencia, sin poder defenderse de numerosas mentiras, como, por ejemplo, que el episodio de la bofetada ocurre en presencia de su hijo o que se trató de una agresión brutal y terriblemente violenta. Es entonces cuando él cambia de opinión con respecto a su marcha a Francia y solicita a la Justicia la custodia exclusiva y que a ella le quiten la patria potestad, obligando a ambos progenitores a permanecer en España con el niño.

Nathalie asiste atónita a todo este suceso, pero, con todo, en el juicio provisional les conceden la custodia compartida, pues es evidente que Nathalie no supone ningún peligro para el niño, como él y su entorno quisieron alegar en la demanda, utilizando la condena por violencia para hacerla pasar por una persona inestable. Pero, ¿qué clase de Justicia tenemos que condena sin escuchar a la otra parte? ¿Que cede ante la manipulación masculina y deja de nuevo como verdugos a las víctimas? 

El hombre solicita la custodia exclusiva como una forma más de dañar y perjudicar psicológicamente a Nathalie, ya que con ella se garantizaría, además, adjudicarse el domicilio familiar y dejarla a ella fuera. Lo peor es que la perita psicosocial que intervino en el caso ni siquiera dejó que ella expusiera bien su situación y esta quedara plasmada en su informe, sino que, más bien, juzgó su apariencia y se dejó llevar por aquella denuncia de violencia interpuesta por su expareja. “¿Tendrá algo que ver que él sea blanco y yo negra? No quisiera pensar en racismo, pero ya no sé qué esperar”, nos ha confesado.

Tampoco se sintió arropada por el sistema cuando el 31 de octubre del año pasado él les cortó la luz a ella y a su hijo durante todo un fin de semana, en el piso que ambos compartían. Es verdad que este se encuentra a nombre de él, pero fue elegida por los dos como vivienda familiar, allí han vivieron juntos varios años y Nathalie puso mucho empeño, esfuerzo y dinero en él, además de constituir el domicilio oficial de su hijo. Aquel corte de luz parecía un llamado para que Nathalie se marchara de la casa o se hiciera cargo de las facturas, en una situación en que apenas puede trabajar debido a la pandemia y sus pocos ingresos han ido destinados a pagar abogados y costas de todo este proceso judicial en el que lleva inmersa dos años. Además, uno de los motivos por los que ambos habían acordado volver a Francia era, precisamente, esta falta de recursos, por la que él, además, le había ofrecido inicialmente su apoyo mientras permanecía en España antes de marcharse.

Cuando intentó denunciar este acto de violencia, porque no puede ser catalogado de otro modo, la policía y el sistema volvían a darle la espalda y a juzgarla por considerar que él tiene motivos para hacer esto si es su casa y que la había avisado de que lo iba a hacer, a pesar de que esto afecte, incluso, al hijo que ambos comparten, ya que sin luz no pueden calentarse ni alimentarse. “Nunca he conocido en un caso en que un casero corte la luz a su inquilino, con mayor motivo él que es el padre de mi hijo y sabía que el niño estaba conmigo y yo no podía asumir el gasto al tener que quedarme en España”, nos cuenta.

Pero no queda aquí la terrible situación a la que Nathalie ha tenido que hacer frente en su batallar para conseguir volver a Francia con su hijo, sino que, además, a causa de una demanda interpuesta por él y su abogada, ella no puede ni siquiera viajar en vacaciones a ver a su familia junto al niño sin un permiso paterno, algo que, dada la situación, sabemos que no será concedido así como así. En cambio, él, durante los días que le corresponde la custodia, sí que puede hacerlo y, de hecho, a la joven le consta que han viajado sin comunicárselo previamente a ella, a escondidas.

Para más inri, además, mientras el niño se encuentra con él, este no le permite en comunicarse de manera fluida con su madre, aunque ella haya hecho todo lo posible para mantener este contacto, comprando, incluso, un móvil al niño, el padre lo esconde y prohíbe que este hable con su madre durante los quince días al mes que le corresponden. Según él, no existiría la necesidad de hablar con el niño cuando este se encuentra con el otro progenitor y por ello restringe las llamadas a la madre, otorgándole un único contacto a la semana. Todos podemos imaginar el terrible dolor que es para una madre estar dos semanas sin saber nada de su hijo pequeño. De nuevo, nos encontramos ante un acto de violencia encubierta, silenciosa, que nadie ve y que nadie castiga, pero que una mujer sufre y padece.

A Nathalie su expareja la ha tildado de inestable, exagerada, violenta… La Justicia española no la escucha. El Gobierno francés no la ayuda. Las asociaciones de víctimas de violencia machista tampoco, por el hecho de tener una condena y llegando a decirle que “debe superar la separación” ante su petición de ayuda. Ella se pregunta: “¿A quién puedo recurrir? Ya no sé qué más hacer.”

Hace unas semanas, el 31 de marzo, se celebró el juicio para determinar qué ocurre finalmente con la custodia del pequeño. Nathalie se muestra sin esperanza ante una sentencia que aún desconoce pero que sospecha que, como las anteriores, no le será favorable. Pero no parece dispuesta a rendirse en su lucha y desde aquí la animamos a que no lo haga.

“No me voy para hacer daño, me voy porque después de hablarlo pensamos que era lo mejor para nuestro hijo y la justicia pensaba lo mismo, pues lo plasmamos ante un juez. Creo que, aunque ahora haya cambiado de idea, él es quien tiene que adaptarse a nosotros, no nosotros a su nueva vida”, esgrime la joven francesa sobre este deseo de volver a su país. “¿Por qué la justicia que toma decisiones para mi hijo y para mí no entiende eso y no nos deja volver a Francia para que mi hijo pueda vivir cerca de su familia materna y paterna?”, se pregunta. No podemos creer que con las posibilidades que ofrece ser ciudadanos europeos, lo que garantiza la libre circulación, ni siquiera dejen a la joven pasar unos días en Francia junto a su hijo y su familia. “No tengo necesidad de irme sin aviso, por eso sigo aquí, intentando hacer las cosas de otro modo, primero, de manera pacífica, contactando con él y su familia; luego, por vía judicial, pero por más que hablo, siento que nadie me escucha”, añade.

Hay muchas otras cosas, episodios que reafirman una vez más la violencia que ha sufrido esta joven, que hemos preferido omitir porque creemos que con todo lo expuesto hay razones más que suficientes para clamar al sistema que apoye a las víctimas de una vez. Ella, a pesar de todo, se muestra valiente y decidida. “Las ganas de proteger a mi hijo son más fuertes que cualquier miedo que pueda sentir”, expone.

Además, él tampoco parece responsabilizarse de todas las cuestiones que conllevan ser padre y que siempre hacía Nathalie, como contactar con los padres de los otros niños con los que el suyo interactúa o asistir a los festivales infantiles del pequeño, por ejemplo. “Sin avisarme, decidió matricular a nuestro hijo de manera unilateral en un colegio español porque dice que no tenía suficiente recursos para seguir pagando un colegio privado, lo cual no es del todo cierto”, expone. A raíz de ello fueron a juicio para que el niño fuera inscrito en el liceo francés, ya que no podían volver a Francia, lo que produjo un retraso en el comienzo de curso del pequeño y, por tanto, un perjuicio para él, por un mal proceder por parte de su padre. Ellos habían decidido que su hijo siguiera su educación en francés, por eso resulta extraño este cambio. Además, otra de las razones de la vuelta a Francia es que ya la escuela sería gratuita, mientras el liceo francés es privado en España e implica una gran inversión económica.

La historia de Nathalie es la historia de Rocío, de Juana, de Ángela, de tantas mujeres que sufren la peor de las violencias, la violencia institucional, que las desampara y no las protege en situaciones tan complicadas psicológica y emocionalmente. Solo esperamos que haber podido contar su testimonio y darle visibilidad la ayude para conseguir, por fin, que la Justicia la escuche y replantee su situación.

Natalia Ruiz-González


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