La condescendencia: instrumento del racismo

La pregunta por la condescendencia es una pregunta que toca muchas veces nuestra puerta cuando hablamos de racismo. Las personas de diversas etnias e identidades que luchan por los mismos objetivos no son una novedad propia de la era digital, aunque a veces lo parezca. La interseccionalidad, tampoco es una estrategia nueva en el feminismo; al contrario, sus batallas y sus propósitos llevan más de dos décadas entre nosotres. Sin embargo, lejos de entender la interseccionalidad como un fuego que ayuda a prender otras antorchas, el feminismo blanco ha optado por llevar la antorcha y pedirle a otres que la sigan, algo que podemos ver, especialmente, en los movimientos que se gestan desde las redes sociales. Para mostrar un poco como esta condescendencia es dañina en nuestra comunidad y en nuestra lucha feminista conjunta, he decido traer a la conversación una serie que todes deberíamos ver… “Little Fires Everywhere” (Pequeños incendios en todas partes). 

En la serie podemos ver varios personajes principales, una de las grandes maestrías narrativas que logra la serie es emular las dinámicas de nuestras vidas, donde de forma simultánea cada persona vive un proceso distinto e igual de importante al de otres. No obstante, para propósitos de la lectura vamos a concentrar en las dos grandes matriarcas de sus familias: Mia Warren y Elena Richardson. Mia Warren es una artista negra, tiene una hija llamada Pearl, Mia no tiene un trabajo fijo, ni tampoco está casada ni en una relación estable. Elena es una periodista de medio tiempo, una mujer blanca de clase media alta, tiene cuatro hijos, dos hombre y dos mujeres, casada con un hombre que no le presta mucha atención. Estas mujeres se conocen en una circunstancia muy diciente de lo que serán sus interacciones de ahí en adelante, puesto que Mia está viviendo en su carro con su hija y Elena llama a la policía para denunciar el carro que ve, lleno de elementos en el techo y ocupado por dos mujeres negras. Cuando Elena llama a la policía, Mia no tiene más opción que moverse y buscar un arriendo que se acomode a su presupuesto; de manera que termina en un apartamento pequeño, cuya dueña resulta ser Elena, quien se siente culpable por haber llamado a la policía y le hace una rebaja significativa a la renta a Mia como mecanismo para combatir su culpa. La condescendencia enmascara el racismo de empatía, pues perpetúa el rol de las personas blancas o blanco-mestizas como superiores, solo que se hace desde una superioridad moral. En el caso de Elena podrán ver que ella se otorga así misma el papel de la heroína, de la salvadora; aún cuando solo le faltó un vistazo al carro que ellas ocupaban para llamar a las autoridades.


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El feminismo interseccional no está excepto de privilegios, al contrario, debe nutrirse de éstos. Una persona blanca o blanco-mestiza que quiera apoyar a otras mujeres debe ante todo reconocer su lugar en el mundo, es decir, reconocer que en muchos espacios su etnicidad le otorgará aceptación; algo que Elena no termina de entender. En una escena que deja ver las tensiones entre ellas, Elena dice que ha tomado buenas decisiones en su vida e increpa a Mia a ver más allá de la raza. Mia, una mujer que en carne propia ha sido discriminada en múltiples ocasiones por su clase y su color de piel, le responde a Elena que ella no ha tomado buenas decisiones, ha tenido acceso a buenas decisiones; en otras palabras, le señala que sus buenas decisiones son producto de su posición privilegiada en el mundo, misma razón por la que ella no tiene cómo ver las cosas de una manera racializada. 

Uno de los discursos que más debemos combatir desde el afrofeminismo son los que invalidan la experiencia racializada con frases como: yo no veo color, la raza no existe, todas las vidas importan, etc que niegan las dificultades del día a día de las personas negras y racializadas.        Un feminismo interseccional reconoce la experiencia racializada y las diferencias con el fin de combatir eficazmente las misóginas que nacen del racismo, en vez de silenciar esas vivencias, como hace Elena. 

La condescendencia es tan profundamente violenta, porque es que es difícil denunciarla, incluso verla. Es importante, sobretodo, entender que la condescendencia se nutre de conversaciones y actitudes pasivo-agresivas o microagresiones. El whitesplaining es una de las prácticas que se perpetúan por la condescendencia, movimientos como #AllLivesMatter que se empeñan en silenciar las vivencias y las violencias de personas racializadas. La idea general de superioridad o de guianza están ligadas a mecanismos racistas. Volviendo a la serie, Elena está constantemente monitoreando a Mia, dándole consejos sobre cómo manejar su vida, su trabajo; incluso, considera que es mejor influencia para Pearl que su propia madre. Le ofrece a Pearl en su casa un refugio de las peleas que ocurren en su hogar. La condescendencia tiene un costo, esa aparente protección de Elena no es gratuita, ella espera que Pearl la vea como a una mentora y en el momento en que eso no pasa, las microagresiones se vuelven agresiones frontales. Tal cual pasa entre las personas que incurren en estos roles de salvador o guía, que no se desvisten de sus formas racistas que los hacen verse así mismes como admirables, en vez de aceptar su propio desconocimiento. Si la condescendencia es eliminada de la ecuación, significa que tendremos relaciones basadas en la paridad. Un ejemplo grandioso de esto en la serie se da cuando Mia y Elena, en su condición de mujeres, entienden lo compleja y agobiante que llega a ser la maternidad. En esa experiencia común no existen condiciones elevadas, existe una conversación sorora, solidaria y honesta. 

“Little Fires Everywhere” muestra la complejidad de las relaciones interpersonales donde a veces nos acompañamos y en las que otras veces nos antagonizamos. Esta serie será una gran compañía para entender cómo la condescendencia está en detrimento de mejores relaciones; si ustedes buscan formas activas de unirse a movimientos antirracista empiecen por escuchar otras voces e integrar en sus rutinas diversidad de personas que serán quienes enriquezcan su propio discurso.


Carolina Rodríguez Mayo

Egresada de Literatura con opción en Filosófia de la Universidad de los Andes. Especialista en Comunicación Multimedia de la Universidad Sergio Arboleda. Colombiana de Bogotá.  Feminista interseccional y defensora de las preguntas como primer paso al conocimiento. Escribir poesía es lo único que me reconforta. Todo lo demás que escribo es una invitación al diálogo. Viajera, fashionista, cinéfila y amante de la buena comida. 


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