Este país debe querer dejar de ser racista

Este país debe querer dejar de ser racista

En las últimas semanas han coincidido en el tiempo dos hechos luctuosos que por diferente motivos han puesto el racismo, la xenofóbia y la gestión de la inmigración en el punto de mira.

El terrible asesinato del niño Gabriel por parte de una mujer negra de origen dominicano venía calentando un ambiente que los medios, con un tratamiento irresponsable de la noticia y haciendo caja con el dolor y la indignación de la gente, habían puesto a punto para que estallase. Los medios dieron alas a un racismo y xenofóbia basado en los índices de audiencia. Una vez vistas las consecuencias, la autocrítica ha sido casi inexistente.

La muerte el pasado jueves del ciudadano madrileño de origen senegalés,  Mame Mbaye y los disturbios posteriores en el barrio de Lavapiés, fueron un nuevo episodio de un clima que viene gestándose, pero que es solo un síntoma de un problema que en España siempre ha estado latente aunque escondido.

A pesar de la durísima crisis que ha soportado este país, de la que aún persisten sus efectos,  la extrema derecha no ha sacado rédito político. Quizás se deba a que los partidos que la engloban siguen siendo una broma de representatividad y programa, y rayan en el esperpento, en una mezcla entre beatas meapilas y caciques prejuiciosos. En Europa toda la extrema derecha se ha dado un barniz de modernidad siguiendo el ejemplo de Frente Nacional francés, para poder avanzar electoralmente, ocultando hábilmente o marginado sus aspectos más anticuados y centrándose en su tema estrella, la inmigración.

Quizás aquí estábamos demasiado ocupados en sobrevivir para centrarnos en otras cosas y no llegó, o al menos no lo viví, la culpabilización de todos los males del mundo hacia el diferente, el negro o el inmigrante, al menos no más que antes. Va a llegar ahora, y hago la predicción de que en las próximas elecciones los políticos lo van a utilizar.

El racismo es algo transversal en España. Aunque las personas que se declaran e centro derecha o derecha son estadisticamente más contrarios a la inmigración y llevan peor la convivencia con otras etnias, las personas que se consideran a si mismas de izquierda lo son en muchas ocasiones y según circunstancias. Los prejuicios, inculcados desde un sistema que niega las diferencias, están presentes en todos los estratos sociales y en todas las capas de la población.

Las chispas encendidas en Lavapiés estos días son un síntoma de los que se esconde detrás de una capa de aparente convivencia. No me refiero a los disturbios, que por cierto, algunos aprovecharon para incendiar el barrio, de una manera irresponsable de nuevo, ya que la culpa no caerá sobre esos buenos chicos blancos encapuchados (los seis detenidos por los disturbios eran españoles y blancos), si no en los senegaleses que todas las teles sacaron en directo gritando y enfadados, tras la noticia de la muerte tras una redada de un compañero mantero. Para la población española, para la opinión pública, quedará la imagen de los negros quemando el barrio. El miedo al diferente.

La mayoría de la comunidad senegalesa se comportó de manera bastante controlada teniendo en cuenta las circunstancias. Los episodios de guerrilla callejera no fueron protagonizados por ellos, y el episodio más violento que se les puede atribuir lo provocó el embajador de Senegal que se presentó en el barrio con un Mercedes y guardaespaldas un día después de los echos para ver a una gente de la que no sabe nada y nunca le ha importado. Los colectivos que protestaban no respondieron a provocaciones y se comportaron, dentro de la protesta, de manera ejemplar.

Yo si que creo que hay personas o grupos que se están poniendo en la foto para sacar tajada política. Hay grupos que se unen a las protestas con su cara tapada y tienen sus propios intereses, que si tenemos memoria y conocemos como han funcionado siempre, no tienen que ver con los de las personas racializadas. Cuando les interese, nos dejarán de lado. Debemos ser nuestros propios agentes para cambiar las cosas. Tenemos que ser autónomos y los colectivos de manteros y senegaleses han demostrado que no necesitan ser representados por nadie ajeno.

Me dicen personas que viven allí que hay una tensión sorda que se palpa en el ambiente y que ha habido algunos enfrentamientos entre vecinos y algunos manteros que protestaban. Saltó la chispa, la convivencia se resiente y saca a la luz lo que en este país nos negamos a ver una y otra vez. Una negación del otro y una tolerancia, que no respeto, que está siempre a punto de romperse, ya que no se ha hecho sobre bases reales de convivencia, más bien de coexistencia.

No nos parece demasiado útil para nuestros intereses comprar la versión de que en España hay un racismo institucional que es responsable de todo, dejando a los ciudadanos que componen ese estado al margen de cualquier responsabilidad. La visión idílica de una población obrera que acoge a los inmigrantes en los barrios y los apoya, pero que es el Estado el que los ataca a ambos parece sacada de un mitin de determinadas fuerzas políticas. Soy negra, se de lo que hablo. Y aunque Lavapiés según he oído mucho estos días, sea un modelo de convivencia, sería una isla en un océano de problemas raciales y xenófobos.

Las sociedades democráticas son reflejo de las pulsiones de sus ciudadanos. Las redadas racistas, las persecuciones al inmigrante sin papeles llevan décadas produciéndose, con un alto grado de aprobación entre la ciudadanía. No nos engañemos, la mayoría de la población está a favor de estas cosas, creer lo contrario es infantil.

Lo que me preocupa a mí de todo esto son los costes para nosotrxs. Nosotrxs que sufrimos el racismo diario, el sutil y el evidente, el institucional y el ciudadano. O cambiamos como se transmite en la educación y los medios la visión del otro o poco podemos hacer para solucionar las cosas. Esta país necesita afrontar el fantasma de su racismo. Este país debe querer dejar de ser racista.

 

 

Elvira Swartch LorenzoElvira Swartch Lorenzo

Animadora sociocultural

Granada (España)

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