sábado, enero 17

¿Quién mató a Patrice Lumumba?

El 17 de enero de 1961, un pelotón de fusilamiento ejecutó a Patrice Émery Lumumba en una zona boscosa de Katanga, la provincia más rica del Congo. Tenía 35 años. Había sido el primer ministro electo de su país durante apenas 81 días. Su cuerpo fue enterrado en una fosa poco profunda, desenterrado, trasladado doscientos kilómetros, vuelto a enterrar, exhumado de nuevo, descuartizado con sierras y hachas, y finalmente disuelto en ácido sulfúrico por el comisario de policía belga Gerard Soete. El ensañamiento con el cadáver buscaba borrar cualquier rastro físico que pudiera convertirse en lugar de peregrinación. No lo consiguieron. Sesenta y cuatro años después, Lumumba sigue siendo el símbolo más poderoso de la lucha anticolonial africana y la prueba más incómoda del crimen organizado que fue la descolonización del continente.

La pregunta sobre quién mató a Lumumba tiene una respuesta múltiple y documentada. Participaron directamente en la planificación y ejecución del asesinato el gobierno de Bélgica, la CIA estadounidense, las Naciones Unidas mediante una complicidad activa, y una red de políticos congoleños convertidos en títeres de las potencias occidentales. Al menos cinco policías y militares belgas estuvieron presentes en el momento de la ejecución. El historiador belga Ludo De Witte, autor de El asesinato de Lumumba, demostró con documentos de archivo que el gobierno de Bruselas ordenó explícitamente el traslado de Lumumba a Katanga sabiendo que equivalía a una sentencia de muerte.

Para entender por qué asesinaron a Lumumba hay que retroceder al 30 de junio de 1960, el día en que el Congo obtuvo su independencia de Bélgica. En la ceremonia oficial celebrada en el Palacio de la Nación de Leopoldville, el rey Balduino pronunció un discurso en el que describió la colonización como «la obra concebida por el genio del rey Leopoldo II, llevada a cabo con tenaz valentía y continuada con perseverancia por Bélgica». Un elogio sin matices al hombre responsable de uno de los mayores genocidios de la historia, el régimen del Estado Libre del Congo, que causó la muerte de entre cinco y diez millones de personas mediante la explotación brutal del caucho. Balduino esperaba que el presidente Joseph Kasa-Vubu agradeciera la «generosidad» belga y que la ceremonia transcurriera como una transferencia de poderes amistosa.

Lumumba, que no estaba en el programa oficial, pidió la palabra. Su discurso cambió la historia. Habló de los «insultos, las injurias, los golpes que teníamos que soportar mañana, tarde y noche porque éramos negros». Habló del trabajo agotador pagado con salarios que no permitían comer lo suficiente. Habló de las tierras magníficas arrebatadas en nombre de leyes que solo reconocían el derecho del más fuerte. «Hemos conocido», dijo, «el trabajo extenuante exigido a cambio de salarios que no nos permitían ni comer lo suficiente, ni vestirnos, ni tener una vivienda decente, ni criar a nuestros hijos como seres queridos». Fue un discurso improvisado que desafiaba el protocolo colonial, que nombraba las atrocidades que Bélgica nunca había reconocido, que declaraba ante el mundo que la independencia se había ganado en la lucha y no era ningún regalo. Aquel discurso firmó su sentencia de muerte.

El contexto de la Guerra Fría convirtió al Congo en un campo de batalla geopolítico. El país poseía recursos minerales estratégicos de importancia mundial. De las minas de Shinkolobwe, en Katanga, se había extraído el uranio para las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Estados Unidos no podía permitir que esos recursos quedaran bajo influencia soviética. Cuando Lumumba, ante la negativa de las potencias occidentales a ayudarle contra la secesión de Katanga orquestada por Bélgica, solicitó asistencia a la Unión Soviética, la CIA recibió luz verde para eliminarlo.

Un telegrama del 26 de agosto de 1960, enviado por el director de la CIA Allen Dulles a sus agentes en Leopoldville, establecía con claridad meridiana la política estadounidense hacia Lumumba. El texto decía que su eliminación debía ser «un objetivo urgente y prioritario» de la acción encubierta. La CIA puso en marcha la «Operación Wizard» para apartar a Lumumba del poder. El químico de la agencia Sidney Gottlieb viajó al Congo con un maletín que contenía veneno diseñado para introducirse en la pasta de dientes o la comida del primer ministro. El jefe de estación de la CIA, Larry Devlin, recibió cien mil dólares para comprar aliados y desestabilizar el gobierno. Entre los políticos congoleños que aceptaron dinero y apoyo estadounidense estaban el presidente Kasa-Vubu, el coronel Joseph Mobutu y el líder secesionista de Katanga, Moisés Tshombé.

El 14 de septiembre de 1960, Mobutu dio un golpe de estado con apoyo de la CIA y Bélgica. Lumumba fue puesto bajo arresto domiciliario, vigilado por soldados de la ONU que tenían instrucciones de no protegerlo si intentaba huir. Cuando escapó hacia Stanleyville, donde contaba con apoyo popular, las tropas de Mobutu lo capturaron mientras cruzaba el río Sankuru. Las fotografías de su arresto muestran a un hombre con las manos atadas a la espalda, el rostro ensangrentado, el pelo arrancado a mechones. Devlin, el jefe de estación de la CIA, había colaborado en organizar la partida de búsqueda.

La decisión de trasladar a Lumumba a Katanga fue tomada conjuntamente por el gobierno belga y sus aliados congoleños. Todos sabían que Tshombé lo mataría. Durante el vuelo hacia Elisabethville, Lumumba fue golpeado y torturado por soldados y oficiales belgas. Esa misma tarde del 17 de enero de 1961 fue ejecutado junto a dos de sus colaboradores, Maurice Mpolo y Joseph Okito. El comisario belga Soete supervisó la destrucción de los cuerpos. Años después, en una entrevista televisiva, presumió de haberse quedado dos dientes de Lumumba como «trofeo de caza».

El historiador Ludo De Witte resumió las causas del asesinato con una frase que sigue hoy suena con demasiada familiaridad. «Lumumba fue víctima del imperialismo. Querían continuar con el imperialismo en el Congo, reemplazar un sistema colonial por un sistema neocolonial. Un sistema donde habría negros, congoleños, que serían políticos y ministros, mientras entre bastidores seguirían siendo las potencias occidentales y sus grandes empresas las que dominarían el país. Este es el neocolonialismo contra el que Lumumba quería luchar y por eso lo asesinaron.»

En 2001, una investigación parlamentaria belga determinó que el gobierno de Bélgica era «moralmente responsable» del asesinato. En 2002, el ministro de Exteriores belga pidió perdón a la familia de Lumumba. En 2014, el Departamento de Estado estadounidense reconoció oficialmente la implicación de la CIA en el derrocamiento y asesinato del líder congoleño al publicar el volumen Foreign Relations of the United States, Volume XXIII, Congo, 1960-1968. Ninguna persona ha sido procesada ni condenada por el crimen.

Las consecuencias del asesinato de Lumumba se extienden hasta el presente. Mobutu, el hombre que lo traicionó con dinero de la CIA, gobernó el Congo durante 32 años como dictador absoluto, renombrando el país como Zaire y amasando una fortuna personal mientras su pueblo se hundía en la miseria. Durante tres décadas, Mobutu garantizó que los minerales de Katanga siguieran fluyendo hacia Occidente mientras reprimía cualquier oposición. El Congo nunca pudo convertirse en lo que Lumumba soñaba.

Hoy, la República Democrática del Congo sigue siendo uno de los países más ricos del mundo en recursos naturales y uno de los más pobres en términos de desarrollo humano. El este del país vive una guerra permanente por el control de las minas de coltán, cobalto y oro, minerales esenciales para los teléfonos móviles y las baterías de coches eléctricos que consumimos en Occidente. El país concentra el 70% del cobalto mundial y el 60% de las reservas de coltán. Las multinacionales tecnológicas financian directa o indirectamente a grupos armados que controlan las minas. Más de seis millones de personas han muerto en conflictos relacionados con el control de estos recursos desde los años noventa, en lo que constituye el conflicto más mortífero desde la Segunda Guerra Mundial.

El patrón es el mismo que Lumumba identificó en 1960. Las potencias extranjeras y sus empresas extraen riqueza del Congo mientras la población permanece empobrecida. Los gobiernos locales corruptos facilitan el expolio a cambio de mantenerse en el poder. La violencia se utiliza sistemáticamente para desplazar a las comunidades que viven sobre los yacimientos. Las mujeres congoleñas sufren violencia sexual masiva como arma de guerra para destruir el tejido social de las comunidades. El mapa de las violaciones de derechos humanos coincide exactamente con el mapa de las minas.

El asesinato de Lumumba no fue un accidente ni un exceso de celo de agentes sobre el terreno. Fue una política deliberada de las potencias coloniales para impedir que África decidiera su propio destino. Lumumba amenazaba el orden establecido porque proponía algo radical para su época. Quería que los recursos del Congo beneficiaran a los congoleños. Quería que África se uniera para resistir al imperialismo. Quería dignidad para su pueblo.

En una carta escrita a su esposa Pauline desde prisión, poco antes de ser asesinado, Lumumba escribió palabras que condensan su legado. «La historia dirá algún día su palabra, pero no será la historia que se enseña en Bruselas, Washington, París o las Naciones Unidas. África escribirá su propia historia y será, al norte y al sur del Sahara, una historia de gloria y dignidad». Sesenta y cuatro años después, esa historia todavía está por escribirse. Mientras el coltán de nuestros teléfonos siga manchado de sangre congoleña, el colonialismo no habrá terminado. Habrá cambiado de nombre.

Tania Castro

Historiadora

Santander (España)



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