El rostro invisible de la guerra

Grafiti homenaje a las víctimas de la Unión Patriótica en Bogotá / Foto: Mariano Ronda

Vengo de un territorio lleno de cicatrices, decorado con fosas comunes y tumbas sin flores. 

Nuestro Dios está ausente, no tenemos sombra.  

Hay  mapas de sangre que tiñen los árboles, las plazas, los caminos, las caras de los perros en las esquinas. 

Los ríos trasladan piedras, y entre las piedras los cuerpos navegan de un lugar a otro arrastrando con ellos pequeñas huellas etéreas que se diluyen en el trayecto. Aquellos seres sin nombres, sin identidad, sin pasado, sin presente, sin ningún atisbo de futuro, desaparecen entre las moléculas del agua.

En aquel pedazo de tierra la ley es solo una palabra, la justicia una ficción, la vida un privilegio, una cuestión de suerte.

Gravedad, gravedad, gravedad.  

Hay un sufrimiento acumulado que se filtra a través de las paredes derruidas, inunda las praderas, los valles, los sueños. 

En ese territorio hombres vestidos con uniformes podridos usan armas letales para la aniquilación de la población. Construyeron a través del tiempo una máquina exorbitante para matar, elaboraron una especie de juego bélico para destruir las vidas de la gente, ocupar sus campos, explotar niños y niñas, convertir el cuerpo de las mujeres en tableros de amonestación, en necropedagogía, en castigo.  

Gravedad, gravedad, gravedad. 

Pesadilla letal, la imagen de la agonía, un pueblo al que le ha costado dormir tranquilo, que ha visto con sus propios ojos la carnicería humana, la planicie mortuoria; descuartizamientos, mutilaciones, violaciones en manada, torturas, secuestros, extorsiones, disparos, envenenamientos masivos, pedofilia, necrofilia, zoofilia, carnavales sangrientos organizados por y para aquellos asesinos de uniformes rancios y corazones purulentos.  

En la variedad de juguetes macabros utilizados por estos criminales de cerebros gangrenados, tenemos una vasta cantidad de insumos; ametralladoras M60, también las AR-15 y su variación M16 o los Barret calibre 50, Ak-47, entre muchas otras. Armas químicas, explosivos diversos, lanzagranadas, minas antipersonas, cilindros bombas, carretillas bombas, carros bombas, bicicletas bombas, presidentes bombas.  

Gravedad, gravedad, gravedad

Las consecuencias de esta guerra son espeluznantes, ha logrado el exterminio de todo lo que tiene movimiento, vitalidad: un genocidio cruel y despiadado. 

Gravedad, gravedad, gravedad. 

Mientras tanto, en el mundo se comercian los fragmentos de la desgracia cargados de farandulismo, héroes falsos, historias re-escritas para la venta del terror romantizado, porque ésta guerra teletransmitida, vendida como entretenimiento domestico solo se proyecta en nuestros espejos para hacerles creer que nadie sufre, que la tragedia hace parte del pasado, que una vez más se logró representar muy bien el mito del conflicto. 

Gravedad, gravedad, gravedad. 

La guerra desgarra, lastima, rompe, rasga, expulsa, desplaza, destruye el mundo que hemos construido para resguardarnos.

Gravedad.

Vengo de un lugar en el que los asesinos también visten de traje, se levantan temprano, desayunan tripas, se miran al espejo, sonríen, charlan cálidamente, se toman fotos con el pueblo al que luego masacran, hablan, de democracia, igualdad, integración, de ¡revolución! compran votos pagando con pan y leche, desplazan forzosamente a la población de sus territorios. De noche, se arrastran por las cloacas como ratas bebiendo sangre, untándose sus propios excrementos, unos a otros, devorando todo lo que esté a su alcance. 

Grave. 

Vengo de un país lleno de heridas abiertas, de cadáveres consumidos al sol, de mares de lágrimas, de madres y padres retorcidos de dolor, un país enfermo por una guerra sin manos, sin culpables, sin justicia. 

Nadie sabe cuál es el rostro, no lo podemos identificar, es ininteligible, se muestra turbio, impreciso, aparece en la oscuridad, danza en el anonimato, se burla de quienes le temen, fustiga a quienes lo miran. 

Gravedad, gravedad, gravedad. 

Aquella tierra respira angustia, se encoge de amargura, lamenta la pérdida, canta en el medio de las ruinas al compás de la tambora, abraza su alma rota para darse consuelo, no claudica, se mantiene en pie, resiste, persiste, se levanta y camina, re-construye con su sangre tiempo a tiempo el rostro de una guerra que por más de diez décadas ha sido invisible.  

Vengo de una tierra que sangra…  


Asami Ortiz

Afrocolombiana, migrante. Actriz, cantante, escritora, Licenciada y Profesora de Artes Escénicas de la Universidad Nacional de Río Negro (Argentina). Actualmente cursa sus estudios de posgrado (Estudios de Performance) en la Universidad Nacional de Córdoba en la Facultad de Artes. En su tiempo libre hace críticas sobre Arte Contemporáneo, Body Art y Performance. Es activista, afrofeminista y pro-cyborg.

Instagram: asamiasha


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