Ser escritor afro en España es ser una rareza

Desde afroféminas preguntamos a Paulo Akam cómo es ser escritor afro en España y las motivaciones que le llevaron a escribir su primera novela “El aroma de los mangos”:

Ser escritor afro en España es ser una rareza, algo exótico, negado, ignorado, relegado, cuestionado, una utopía. Ser escritor afro en España es luchar en todas las batallas del escritor “blanco” (si, con comillas) y sumarle otras tantas, como los prejuicios y los estereotipos, las presunciones, las etiquetas, los encuadramientos y las reducciones. Es, por lo tanto, estar comprometido, es tener algo que decir.

Ser escritor afro y esperar que se publique tu obra por tu talento es como esperar a que un árbitro de fútbol suspenda un partido porque hay gritos racistas desde la grada, o como esperar a que en clase de historia digan que en España hubo reyes afros, y no solo godos y borbones, aún sabiendo que los moros estuvieron en la península más de ochocientos años (Más años, de hecho, que los que vinieron después). 

Para ser escritor afro, primero hay que ser lector afro, y ser lector afro en España es más difícil aún que lo primero. Ser lector afro en España es ser un héroe. Es tomar conciencia primero de quién se es, es escrutar todos y cada uno de los mensajes que se reciben y asumir que no estamos, que no somos, que nos han borrado. Ser lector afro es armarse de valor y buscar, estudiar, investigar sobre algo que a los demás se les entrega construido, elaborado, tergiversado, edulcorado y masticado. Ser lector afro es, en definitiva, no verse representado como debiera ser, no encontrarse en los libros, no verse en los personajes principales ni en las historias. 

Ser lector afro es verse representado, ahora sí, como seres inferiores, pobres o enfermos necesitados de la mano blanca salvadora, como bufones, como deportistas con únicamente capacidades físicas, caricaturizados en blackfaces, como inmigrantes sin nombre, como el antagonismo del prototipo de belleza, como intelectualmente limitados, como agresivos y holgazanes, hipersexualizados y, en el caso de las mujeres negras, como prostitutas o promiscuas. Por eso el lector afro es un héroe, un activista, porque toma conciencia de su situación, de las causas y, lejos de conformarse, sigue buscando y, a pesar de todo, construyendo su autoestima. 

Todo lector afro tiene una pequeña biblioteca. Yo tengo una. Bastantes títulos de escritores afros anglófonos, francófonos o lusófonos traducidos y no traducidos. Digo bastantes porque son muchos años ya acumulando. En realidad basta ir a una librería o biblioteca para salir de esa pequeña burbuja casera y regresar la realidad. Además, hace tiempo que reduje al máximo libros de “no afros” hablando de “lo afro”. Así pues mi biblioteca afro-española es muy reducida, tanto que uno de los libros que hay en ella está escrito por mí.


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Escritor afro, lector afro. Ser afro. Ser afrodescendiente en España (o Portugal, donde resido desde hace años) y reconocerse como tal. Mi caso es complicado, porque contradice la narrativa, el discurso, porque arremete contra la falsa imagen que se ha construido de España. He leído frases como: “Ya hay en España afrodescendientes de segunda y tercera generación…” o “La nueva España diversa…”, como si acabásemos de llegar. Y siempre que leo cosas así mi mente viaja al pasado y me veo siendo un niño de siete u ocho años, sentado junto a mi abuelo, nacido en Galicia, mientras él veía en la televisión como a un tal Kunta le daban latigazos por insistir en que ese era su nombre. Y recuerdo pensar en que si le daban los latigazos por su color de piel, también podían dárselos a mi abuelo si estuviese allí donde estaba Kunta. ¿Fue ese momento en el que tomé conciencia de mi afrodescendencia? No lo sé. Mi color de piel nunca me lo dejó claro. Fueron los otros los que disiparon mis dudas, pues había ciertos rasgos en mí que se salían de ese canon español establecido y que me exotizaban. Y fue una constante.

Con quince años, en plena búsqueda identitaria, confundido al máximo por una piel tan clara que no parecía encajar con unos rasgos tan… “exóticos”, con una madre “blanca” y un padre tan… “exótico” como yo, con un abuelo de piel oscura pero aparentemente más gallego que nadie, conocí a la que hoy es mi pareja. Ella sí, no tenía dudas. Afro, negra, y nacida en Galicia de padres negros inmigrantes. Vivía ella con su madre y sus dos hermanas mayores. Y así me introduje yo en la vida de cuatro mujeres negras en España. Desde ese momento he vivido de todo, desde todos los puntos de vista. Tomé conciencia del privilegio de mi piel clara, y de ser hombre. Pero también seguí sintiendo en mis carnes lo que unos rasgos diferentes implican; al lado de ellas, todavía más, pues ahora hasta podía ser el otro hijo, el hermano de padre blanco, etc. Mis vivencias, el racismo, la exotización, las burlas, todo, se convertían en insignificancias comparadas con lo soportado por ellas. En su caso no había lugar a dudas, no había que ser un fisonomista, eran negras, por tanto no eran de aquí, de ninguna manera, aún naciendo aquí. Dos de ellas, mi suegra y la mayor de mis cuñadas, fallecieron recientemente, con menos de dos años de diferencia, sin DNI, aún con sus permisos de residencia. No eran españolas. Si lo hubiesen sido, hoy seguirían vivas.

Terminados mis estudios me fui a vivir al Reino Unido. Ya había pasado muchos veranos en EEUU (mi abuelo materno es de allí) y ya tenía claro que en el mundo anglosajón yo soy «de color», period! En Londres compartí piso con una pareja de ghaneses y su bebé. Fue una inmersión total en su cultura y en su vida. A raíz de una fiesta a la que asistimos y supe de la situación, para mí inverosímil, de una chica de más o menos mi edad, sentí que tenía que escribir una historia, sería parte de la trama de “El aroma de los mangos”. Hasta ese momento siempre había escrito poesía, rap y relatos. Una novela me parecía algo grande, que escribiría cuando estuviese preparado. Mi madre siempre me decía que «un escritor antes debe ser lector», y yo siempre me lo tomé al pie de la letra. Nunca leía lo suficiente como para sentirme preparado. Pero tampoco leía casi nunca algo que quería leer, esto es, una historia en la que me viese representado, una historia que pusiese lo afro en el centro, que lo tratase con delicadeza, desde dentro y desde la diáspora, con amor. Y si había amor, tenía que haber una mujer afro y tenía que ser un canon de mujer afro. Tenía que ser la historia que yo quería leer y vivir. Nada idílico, algo real y crudo, que enfrentase los problemas que nos toca vivir, que los narrase, que permitiese que lectores afro se viesen representados en la historia y que los no afro aprendiesen algo de ella. Por aquel entonces eran todavía sueños. Tuvieron que pasar varios años y tuvimos que vivir en Cabo Verde, Madrid, Malabo y Bata para que yo me sentase y retomase esos sueños y los vertiese en papel.

Así pues, espero que estas pinceladas de lo que envolvió la génesis de mi novela sirvan para hacerse una idea de lo que es el libro. A menudo se cataloga como novela romántica, y si bien la historia de Emanuel y Shanice Appiah es realmente romántica, y es el motor del relato, no puede reducirse solo a eso, pues el escritor afro, como decía Ken Saro-Wiwa, “no puede ser un simple contador de historias, debe involucrarse”, y debe hacerlo, sobre todo, porque existe ese lector afro. “El aroma de los mangos” es el fruto del robusto árbol que, a pesar de todo, medra en nuestro lado de la historia. 


Paulo Akam

Autor de la novela «El aroma de los mangos»

Lisboa


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