La tribu quiere entregarme en matrimonio

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Mi madre quiere que me case. Mi padre exige recibir la dote pero no ha decidido la cantidad. Ayer, en la Casa de la Palabra, escuché a los hombres de la tribu discutiendo mi probable precio. «Tres mil quinientos euros no estarían mal», insinuó Obama, el hombre más viejo del linaje tribal. Sus opiniones son decisivas y casi inamovibles. Las mujeres de la tribu exigen que produzca dinero. «Ya ha menstruado, ¿qué más espera para traer riquezas a casa?», me echan en cara cada vez que nos encontramos. Los varones no dicen nada abiertamente: las hembras son el canal de información que me llega puntualmente.

Del matrimonio, ni hablar. Así manda mi infante corazón. No quiero ser esclava. En mi país las esposas reciben el billete de la represión desde el «sí quiero». Desde entonces, se recluyen en el hogar. Los esposos siempre están en la calle. Ellas permanecen en casa contemplando el hogar y garantizando su brillantez. «Mi esposo ha salido». Así responden aparentando mejor vida y felicidad. Si responden así no conocen su paradero. No importan las noches de soledad, las lágrimas provocadas, las veces que se meten en la cama sin saber a qué hora  y qué día de la semana llegarán sus imperativos compañeros sentimentales.

Me gusta el amor. Y Guinea es un desierto de sentimientos. Las cuatro paredes de la casa, ya de por sí impenetrables y  mudas, son la compañía de las mujeres. En mi país toda las instituciones están corrompidas, inclusive las parejas.  No me gusta el matrimonio fang. No quiero ser esclava, mamá. La soledad es muy mala, sin embargo, la prefiero antes que la descendencia molesta, las paredes mudas y las salidas inexplicables de un esposo fang. Prefiero la soledad antes que las amenazas de «te voy a pegar». Así contestan los hombres guineanos a la demanda de las mujeres para que cumplan sus obligaciones maritales.  Quiero a un hombre conmigo, no importa que se llame esposo, marido, amante, solo quiero que me quiera, que me mime, que  no me deje sola. Quiero un hombre que me anime a regresar a casa porque le voy a ver y besar, mamá. Los hombres que frecuento por acá, no saben escuchar, desprecian las preocupaciones y los problemas de sus esposas por su condición de género.

No quiero un denigrante  matrimonio como el tuyo con papá. Ayer, tras recordar lo traumático que fue vuestro prematuro y destructivo enlace para toda la familia, me personé en los deteriorados juzgados de Guinea para renunciar a mi derecho al matrimonio. Encontré a varias mujeres en la antesala, todas preparadas para casarse. De repente entró el juez y preguntó si la institución que dirigía se había convertido en una cocina. «Lo digo porque en Guinea las féminas se reúnen  solo para cocinar. Por lo tanto, la aglomeración de mujeres implica encuentro culinario», manifestó entre sonrisas cínicas, y se adentró en su pocilga de despacho, rodeado de telarañas en el tejado y documentos antiguos empapados de polvo y encolados.

Mi madre teme la soltería. Nunca ha sido soltera pero conoce a la perfección la receta de las mujeres que no han dicho sí al matrimonio; al compromiso que, sin conocer las razones, se declaró de por vida en la Casa de la Palabra, al menos para las mujeres. Y es que la mujer fang porque vive sin vivir, es esclava siendo soltera y casada.

Lo que recuerdo de la soltera tía Josefa. Trabajadora incansable y encargada de trabajar la dote para que sus ingratos hermanos se casaran. Ella, la tía Josefa de voz ronca, resucitó mi familia, sepultada por mi abuelo preocupado sobre todo por copular con todas las hembras de mi pueblo. Al fallecer dejó una incalculable herencia: descendencia por doquier, viudas de la tribu, deudas de juego, trampas que ya no producían más que serpientes, herencias de carne humana en la brujería. La peor herencia que dejó mi abuelo a la tía Josefa fue mi abuela. Esta mujer mema, sin iniciativa, incapaz de decir no a los designios de la tribu, y especialmente dotada para el arte del llanto. Cuando ella murió  dejaba una familia despierta, jóvenes trabajadores y trabajadoras, viviendas sólidas, ejemplo de mujer fuerte, lesbiana encerrada en su armario, y hombres, junto a mi abuela, dispuestos a disipar su orientación sexual.

Mamá, no quiero ser entregada en matrimonio. No me gusta el matrimonio fang, es una institución suicida para la mujer. Tampoco quiero ser soltera como la tía Josefa porque hoy, todo el trabajo que realizó está olvidado; se atribuye a mi padre que en toda su vida ha vivido del trabajo de sus hermanas. Y es que la mujer fang vive en la inexistencia. La tía Josefa no puede caer en el olvido. Quien debe olvidarse del matrimonio soy yo, del matrimonio fang. Que se entere la tribu y sobre todo, el patriarca Obama, el hombre más viejo del linaje tribal, cuyas opiniones son decisivas y, casi, inamovibles.

Melibea_Obono_AfroféminasAutora: Melibea Obono Ntutumu

Escritora ecuatoguineana. Forma parte del grupo Afrohispánicos (UNED)

Empezando su tesis en España sobre el matrimonio consuetudinario en Guinea Ecuatorial dando un enfoque de género.

Fuente:  tiemposcanallas.com

3 comentarios

  1. Juer, qué artículo más crudo! Me encanta éste blog porque me mantiene alerta (entre otros) y eso desde la burbuja de hombre blanco en España, es mucho decir.

    Una duda, ¿Fang es el nombre de la tribu?

    Un saludo y ánimo!

  2. No todas las personas fang, hombres o mujeres, son así. Hay viejos que no son como Obama y padres que quieren que sus hijas sean felices, independientemente de su situación civil.
    Ahora bien, es cierto que existe una obsesión por el matrimonio que provoca que algunas mujeres luchen entre ellas para conseguir estar con un hombre que, tras los meses de cortejo, dejará de respetarlas a todos los niveles.
    En la corrompidísima Guinea, creen que todo puede comprarse, incluso a las mujeres. Lo malo es que, en demasiadas ocasiones, aciertan con este pensamiento.
    Y, a pesar de todo, en esa Guinea también estás tú, Melibea, y habrá más gente como tú, seguro, que contribuirá a que esa sociedad cambie.
    Fuerza ✊🏿

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