Lo peligroso no es la regularización, es normalizar el odio
Juré bandera a los 14 años. Cual militar en misión de guerra, con una mano sobre la tela y la otra en el corazón, ante la atenta mirada de mis padres clavada en mí, prometí que siempre sería fiel y leal a la nación que me vio nacer pero que en ese momento, no me reconocía como ciudadana. No lo hice por patriotismo, ni porque quisiera servir al país, ni por un arrebato de fervor nacional. Lo hice porque sino no podría ir al viaje de fin de curso a Andorra tras la EGB, porque simplemente, no era española.
Nacida en Valencia en 1978, mi vida transcurría entre el colegio, los deberes, la familia, los amiguitos y la más absoluta normalidad. Nunca había salido de mi ciudad, hablaba castellano y valenciano, y si me permiten el cliché comía paella todos los domingos. España era el único p...


