Crónica de una marcha anunciada

Crónica de una marcha anunciada
Jessica Willians en la marcha de enero de 2017

Aquí empieza todo….

El 8 de noviembre del 2016, el mundo entero presenciaba ojiplático como Donald Trump se convertía en el 45 presidente electo de los Estados Unidos. El hombre que unos meses atrás había proclamado a gritos que “una estrella” podía hacer con una mujer lo que le diera la gana, en poco tiempo iba a ocupar la silla más poderosa del planeta, iba a dirigir el imperio. Y si, en primera persona puedo afirmar que vi derramar muchas lágrimas durante los días siguientes. Amigos y amigas de distintas razas y nivel cultural, colegas de trabajo y hasta mis estudiantes lloraron los últimos resultados electorales de su país. Hace un dos año y medio que vivo en los Estados Unidos, y a pesar de ser una persona bastante desencantada con la política debido, en gran parte, a la situación vivida en España los últimos años, estuve bastante atenta a las intervenciones ejecutadas desde ambas partidos durante sus respectivas campañas. Y aunque, según mi opinión, Hillary no era la candidata perfecta, si es que algo así pudiera existir (¿dónde quedó el bueno de Bernie?) para millones de votantes, a la vista está que siguen sin medirse con el mismo rasero los errores cometidos por una mujer que las equivocaciones de un hombre, aunque ella lleve a sus espaldas décadas de carrera política y él no sepa ni hacer la o con un canuto, un canuto de oro, eso sí.

La gestación y el parto…

Semanas más tarde, Donald Trump tomó posesión de su cargo deleitándonos con un discurso de investidura vacío, retrogrado, cargado de prepotencia y de corte fascista. Si no hubiera visto con mis propios ojos como el mapa de este inmenso país se teñía de rojo durante el recuento de votos tras las elecciones generales, habría pensado que me encontraba frente al último capítulo del tv show de humor de moda, pero no, era real, el nuevo inquilino de la Casa Blanca estaba soltando por su boca un sin fin de clichés y frases hechas de carente valor constitucional y con el Biblia como elemento central de su charlatanería. Llegué  a dudar muy en serio de si aquello realmente era un discurso de investidura o una misa populista.

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Toma e posesión de Donald Trump. Desde entonces las malas perspectivas se han cumplido con creces.

Pero mientras todo esto ocurría, algo se estaba gestando fuera, en todo el planeta. Grupos de ciudadanas y ciudadanos se preparaban para salir a las calles de manera organizada y pacífica para gritarle al mundo que mi coño lo coge quien a mí me salga del coño “keep your hands away from my pussy”. Y el sábado 21 de enero de 2017 se produjo la marcha más multitudinaria en la historia de los Estados Unidos desde las protestas contra la Guerra de Vietnam llevadas a cabo en los años 60 y 70. Se estima que más de dos millones de personas se manifestaron en las principales ciudades del país y otras tantas alrededor del mundo. La marcha central convocada en Washington D.C contó con la presencia de medio millón de personas.

Mi propia vivencia de la movida…

Como mujer feminista, negra, latina e inmigrante en la ciudad de los rascacielos, acudí a la convocatoria de este evento con cierto escepticismo y una elevada necesitad de análisis. Sin embargo, tener el privilegio de poder asistir me aportó nuevas visiones y una muy aprovechada amplitud de miras. El encuentro comenzó a las 11 de la mañana del 21 de enero del 2017 en la impronunciable One Dag Hammarskjold Plaza de la calle 42 y realizó un recorrido a lo largo de la Quinta Avenida hasta la denominada Torre Trump que el magnate posee en dicha avenida a la altura de la calle 55. Más de 200.000 personas, hombres, mujeres, niños y niñas, familias enteras se encontraron en el centro del mundo con el fin único de alzar sus voces en contra del odio, el racismo, la desigualdad y la misoginia. Las calles de Manhattan se tintaron de rosa fucsia, color de los gorros que muchas de las mujeres manifestantes llevaron puestos durante la marcha y que fueron utilizados como símbolo del movimiento por la semejanza de las esquinas de la parte superior de los gorros con las orejas de los gatos, y en un intento de desestigmatizar y recuperar el correcto uso de la palabra “pussy” (coño) que el propio Trump había utilizado de manera  despectiva tras afirmar que “you can grab them (the women) by the pussy” (puedes cogerlas por el coño), según material audiovisual recuperado del año 2005 y que salió a la luz durante las últimas semanas de su campaña electoral.

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Me cuesta mucho expresar la sensación que se experimenta cuando observas ríos de personas unidas por una misma causa, cuando te unes a ellas y eres otra pieza más del puzle, tan insignificante y tan importante a la vez, con tus propios deseos de que las desigualdades latentes, sutiles y agresivas desaparezcan de una vez por todas. En el momento de unirme a la marcha sentí un nudo en la garganta. Era imposible visualizar el final de la avenida debido a las miles de cabezas pensantes que abarrotaban el asfalto, dejando la majestuosidad de los edificios neoyorkinos a la altura del betún. Era algo real, estaba ocurriendo, quizás las cosas no cambien en un tiempo, pero no estamos muertas, no está todo perdido. Aquí estamos, en pie, despiertas, sanas o enfermas pero con nuestros corazones y nuestras consciencias en unidad, en busca de una apresurada fabricación de cambios. En la primera persona que pensé al llegar a la concentración fue mi hija de siete años, que en el último momento no pudo acompañarme por una infección en el oído que le había provocado una subida de fiebre, en su futuro, en su presente. Después pensé en mi hijo. En el papel y la responsabilidad que la sociedad, madres, padres, educadorxs, y todxs lxs demás tenemos con las generaciones venideras, en guiarles, acompañarles y ayudarles a construir un futuro igualitario y feliz más allá de la herencia incorpórea, casi fantasmal del patriarcado como orden social todavía tan presente y esclavizador. Pero también tuve presentes a todas las figuras femeninas que han marcado mi vida, mi madre, mis abuelas, mi hermana, tías, amigas, cuñadas, compañeras de trabajo y de vida, en sus realidades, sus miedos, sus batallas e ilusiones y en todas las barreras que nuestras ancestras tuvieron que superar para que nosotras llegáramos, al menos, a tener la opción de petar una marcha. Pensé en mis estudiantes con necesidades educativas especiales, en su sensibilidad, su esfuerzo diario, su positivismo y su derecho a vivir en un mundo justo. Recordé a nuestros compañeros, a todos esos hombres buenos y conscientes que están a nuestro lado, en especial al que viaja por la vida conmigo. También pensé en mi padre y como tuvo que hacerse valer en la sociedad española post franquista por ser negro e inmigrante y en como mi madre cuidó de él hasta su último respiro después de 44 años de un amor criticado y en el que muy poca gente creyó. Pensé todos los insultos que mi madre tuvo que enfrentar por enamorarse de un hombre negro. Mi padre murió este año y no puedo agradecerle más todo lo que hizo por nosotras… Me acordé de mis años de activista, de trabajadora involucrada con los derechos de las personas LGTB, de las trabajadoras sexuales, de las mujeres inmigrantes en mi país. Me di cuenta que los papeles se pueden intercambiar tan rápido como una pluma desaparece de tu mano, y que en este momento la inmigrante soy yo. Recordé a todas las personas valientes con las que me crucé durante aquellos años, muchas de las cuales permanecen en mi vida de un modo u otro. Me acordé de las veces en las que he vivido distintos niveles de discriminación por el mero hecho de ser mujer, en ocasiones tan sutiles que apenas resultan perceptibles pero están ahí; otras evidentes y rotundas, como perder mi puesto de trabajo tras quedarme embarazada por segunda vez. Pensé en las innumerables ocasiones que he sentido un miembro masculino restregarse con mi culo o con mi pierna yendo en un transporte público notablemente atestado. Pensé las veces que he tenido que escuchar la palabra zorra referida a mi propia persona o a la de algunas de mis amigas por decidir vivir nuestra sexualidad como, donde, cuando y con quien nos diera la real gana. Recordé sentir vergüenza porque a los 20 años decidí no seguir adelante con un embarazo no deseado y no encontrar valor para contarlo hasta 10 años después. Recordé como, por el hecho de ser negra, en el cole ningún niño quería ser mi compañero de baile y como, por esa misma razón, la llegar a la adolescencia, no me faltaban pretendientes (esas negras son unas facilonas…). Recordé que para sentirse mujer no hace falta tener coño y que tener dos cojones no te convierte en un verdadero hombre. Recordé la transversalidad de género, en el racismo, en el acoso, en la ablación, en la cosificación, en el techo de cristal, en la violencia, en la homofobia, en la transfobia, en el VIH, en la conciliación, en la democracia paritaria, en la discriminación positiva, en los micromachismos, en la división sexual del trabajo, en la brecha salarial, en la segregación y los estereotipos… lloré, de emoción y por la injusticia…… pero sobretodo pensé en el empoderamiento individual y colectivo. Volví a mis orígenes, a mi feminismo de base y a la importancia de promover un proceso de cambio que nos permita crear puentes de acceso a mecanismos de poder a todos los niveles, comenzando claramente por tomar, recuperar o no perder el control de nuestras propias vidas.  

Pensé en el presente, en el pasado y en el futuro, y sonreí porque me di cuenta que nunca nos vamos a rendir. Andamos por la misma senda.

El legado.

Hoy sábado 20 de enero, se va a llevar a cabo la segunda Marcha Mundial de las Mujeres. Este año, y tras los sucesos sacados a la luz desde la monstruosa industria del cine americano, esta marcha tiene, si cabe, todavía un mayor peso y sentido… Que un elevado número de actrices de Hollywood, hayan reunido el valor para hacerse visibles y hablar acerca del acoso sexual que durante años han tenido que sufrir por parte de representantes de la industria del tamaño de Harvey Weisntein, Louis C.K o James Franco, entre otros, ha puesto en el candelero el tema, favoreciendo movimientos como “Time’s up” o “Me too” en las redes sociales y eventos culturales en todo el mundo. Sigue siendo evidente que más allá de la raza y la posición social, la capacidad intelectual de las mujeres sigue siendo ignorada y los cuerpos femeninos utilizados como instrumentos de placer y empoderamiento de los hombres depredadores, lo cual juega un papel importante en la desigualdad entre los sexos en casi todos los ambientes profesionales, públicos y privados. Esto también evidencia que no son solo unas pocas desfavorecidas quienes sufren en silencio los efectos de la devastadora intimidación y coerción del hombre acosador.  

Este año volveremos a recorrer las calles de Manhattan por la igualdad, por los derechos y la justicia. Esta vez lo haré con mi hija y con mi hijo y con mi pareja, el hombre que me acompaña en el camino. Nos juntaremos con las minorías, con las personas menos visibles, con esas voces que continúan silenciadas pero que tanto tienen que decir y que ahora tienen la oportunidad de gritar “TIME’S UP!!!!!!”. Gritaremos más fuerte, más alto, con más rabia y con mucha esperanza por la reconstrucción de las jerarquías y por que en un futuro cercano ya no haya NI UNA MENOS!!!

 

Sandra McCleanSandra McClean Montoya
Psicóloga-sexóloga. Máster en Género y Desarrollo en la UB de Barcelona.
Máster en Educación en la Universidad de Valencia. Experta Universitaria en Sexualidad Humana.
Presidenta de la Asociación Pro Derechos Sexuales.
Trabajó durante 13 años como psicóloga coordinadora de proyectos sociales y educativos con mujeres y colectivo LGTBI en la Comunidad Valenciana y Cataluña.
Actualmente trabaja como profesora de español con estudiantes con diversidad funcional e intelectual en una escuela de educación especial en Manhattan, NY.

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