Lo que aprendí del campo

Imagen: Kaloian Santos Cabrera

A riesgo de que este relato se perciba como una romantización de un problema muy serio, voy a atreverme a contarlo solo porque creo que el punto de vista migrante, por su propia naturaleza descontextualizada, siempre puede ser un nuevo punto de partida, otra forma de ver las cosas. A eso le llamo privilegio migrante.

Hace unos años vi por la tele, un programa muy interesante en el que se explicaba en forma de reportaje qué se hacía en países de Europa, como Finlandia con temas como el alquiler social, la despoblación, etc. Y voila, resulta que en uno de los episodios que trataba sobre el abandono del campo, vi que estaban aplicando un método que me sonaba mucho. Al viejo modelo cubano de «la escuela al campo» se le estaba haciendo ojitos aquí en la Europa del siglo XXI. Cosa que me sorprendió.



¿Qué era la escuela al campo en la Cuba de los 80′? Pues se trataba de que durante el curso escolar, a partir de la secundaria, se escogía un mes y nos llevaban a trabajar al campo. Pero eso sí, he de aclarar que no íbamos a pasear al campo, íbamos a trabajar. Teníamos que levantarnos temprano junto con nuestros profes, desayunar con mucho frío e irnos con agricultores de la zona. Dormíamos en albergues.

Yo recuerdo que recogí naranjas, patatas y hasta fresas. Se establecía como una especie de competición (emulación) que algunxs ganábamos siempre. A unxs nos encantaba estar allí pero a la mayoría no. La inmensa mayoría rechazaba todo aquello; otros percibían a los campesinos como gente tonta y realmente la gente se esforzaba en buscar justificaciones para nunca asistir a estas «vacaciones».

De regreso a la ciudad, esas patatas y esas naranjas eran las que probablemente escontrábamos en el mercado más cercano a nuestras casas. En los 80′ incluso las patatas las dejaban fuera del establecimiento y nadie se las llevaba. Ahora en la Cuba de hoy no hay patatas, no hay escuelas al campo, no hay agricultura, no hay comida sana. No hay nada, sólo una ruptura absoluta entre el campo y la ciudad. Y aquí me veo obligada a pedir a los super fan del «bloqueo» que se abstengan por favor. No puedes meterte más de 60 años con una sola respuesta. Hay más soluciones, pero la corrupción política en «Cubita la bella» es la fuente de todos los problemas.

Volviendo al campo y a aquel modelo educativo de la Cuba de los 80′ y 90′ recuerdo que habían otras formas de aplicarlo. Uno de ellos, digamos el más extendido, eran los institutos en el campo. Ahí se conjugaban las clases, el trabajo en el campo y la educación física. No se lograba fijar población porque no era el objetivo, pero sí se conseguía tener a muchos jóvenes estudiando en esas escuelas vinculadas al trabajo agrario de cultivo. Y aquí, como era de esperar, los estudiantes y los profesores tampoco estaban a gusto.

Lo que quiero decir es que pese a que la idea era muy buena, su manera de ser comunicada y su manera de aplicarse no eran las adecuadas. Esta es la razón por la que a día de hoy a pesar del buen tiempo que hay en la Habana a nadie se le ocurre hacer un huerto urbano, nadie quiere saber nada sobre esto porque en su momento se politizó, se ideologizó y por lo tanto cuando se habla de campo la gente lo asocia con hechos similares a la mili, por ejemplo, y para nada era eso.

Hoy, en España, es impensable hacer estas cosas. Y no lo digo por el típico argumento de «la juventud está perdida». Cuando yo era una niña esa frase también se decía. Lo digo porque aunque queramos mirar para otro lado, la falta de compromiso de la ciudad con el campo es una realidad. No sólo los niños no saben de dónde salen las frutas, sus padres tampoco lo sabemos. Y lo cierto es que jugábamos a trabajar en el campo en el cole con el huerto o yendo a pasear a respirar aire puro. En fin.. no sé exactamente cómo se le puede poner «el cascabel al gato», no sabría decir cómo se puede solucionar la cada vez más distante relación entre el campo y la ciudad pero probablemente tenga mucho que ver con nuestras comodidades de primer mundo y el olvido (casi borrado) de lo comunitario.

Cómo mujer negra y migrante que ha vivido en dos sistemas diferentes, dos formas diferentes de repartir la riqueza y el derecho a la oportunidad y que ahora habla además desde ciertos privilegios, tengo que decir que si un país tan pequeño logró aplicar políticas que rompieron con la meritocracia y con tantísimas desigualdades y duele decirlo porque nada de eso ya existe; cómo es posible entonces que un país tan rico y tan eficiente como es España, no apueste seriamente por la innovación en política social, agraria y cultural?

Las personas migrantes no somos lo que dice VOX: negritud y delincuencia no es lo mismo y no tiene ningún sentido continuar alimentando ese bulo. Representamos exactamente lo mismo que aquellos gallegos y asturianos que emigraron a las Américas en busca de una mejor vida. Ni más ni menos.

Muchas de nosotras venimos con una mochila de historias leídas, pero sobre todo de experiencias vividas y si esta te resulta útil para repensar la política social o comunitaria, pues aquí la tienes, es toda tuya.

Afroféminas


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